Vacaciones en Paz: Dos meses que cambian una vida
Familias madrileñas acogen durante los meses de verano a niños saharauis procedentes de los campos de refugiados de Tinduf (Argelia)
La Razón, , 26-07-2026En Alcorcón, 14 menores procedentes de los campamentos de refugiados de Tinduf pasan el verano con familias de acogida gracias al
programa “Vacaciones en Paz”. Para ellos supone escapar del calor extremo, recibir atención médica y vivir una infancia diferente. Para quienes les reciben, la experiencia acaba transformando también su propia forma de entender el mundo.
Cada verano, mientras miles de madrileños preparan las vacaciones, hay familias que hacen sitio en casa para alguien a quien todavía no conocen. No llega con maletas llenas ni con planes turísticos, llega desde los campamentos de
refugiados saharauis de Tinduf
, en el desierto argelino, donde las temperaturas superan con facilidad los 50 grados y donde miles de personas llevan casi medio siglo viviendo en el exilio.
Este año niños y niñas pasarán julio y agosto en distintos barrios de Madrid gracias al programa “Vacaciones en Paz”, una iniciativa solidaria que desde hace más de tres décadas permite a menores saharauis convivir con familias españolas durante los meses de verano. Durante ese tiempo reciben revisiones médicas, mejoran su alimentación y disfrutan de una rutina imposible en los campamentos: parques, piscinas, excursiones y, sobre todo, la tranquilidad de sentirse uno más en una familia. Pero quienes participan en el programa insisten en que la experiencia no tiene una única dirección. No se trata únicamente de ofrecer ayuda, también transforma a quienes la prestan.
Julie
lo sabe bien. Este verano es la primera vez que su familia acoge a Wafa: “Para nosotros, Vacaciones en Paz es un proyecto de toda la familia. Desde el principio quisimos que nuestras hijas también vivieran esta experiencia con nosotros”, explica.
La decisión no fue improvisada, ya que detrás había meses de reflexión y la convicción de que podían aportar algo más que un techo durante dos meses. “Nos sentimos muy afortunados de poder hacer algo concreto desde el privilegio de vivir en España y profundamente agradecidos por la confianza que la familia de Wafa deposita en nosotros al permitirnos cuidar de su hija durante estos dos meses”, afirma. En pocas semanas, las diferencias culturales han dejado paso a una convivencia marcada por la naturalidad.“Está siendo un intercambio cultural precioso para todos y una experiencia que nos enriquecerá como familia”. Y, cuando alguien le pregunta si merece la pena participar, la respuesta es que “si alguna vez os habéis planteado participar en ‘Vacaciones en Paz’, solo podemos animaros a dar el paso. Es una experiencia única, tanto para los niños como para las familias de acogida”.
Historias como la de Julie empiezan a repetirse en numerosos hogares de la capital. Por ejemplo, el
Ayuntamiento de Alcorcón impulsó el programa en 1994 y, tres años después, tomó el relevo la Asociación Alcorcón por el Pueblo Saharaui
, que desde entonces coordina la llegada de los menores junto con las instituciones y las familias de acogida. Para la alcaldesa, Candelaria Testa, el balance de estas tres décadas trasciende las cifras. “Desde su inicio en 1994 por el Ayuntamiento de Alcorcón, el programa Vacaciones en Paz ha sido un faro de esperanza y solidaridad”, afirma, recordando que durante todos estos años “cientos de familias alcorconeras han abierto sus puertas y corazones para recibir a estos pequeños visitantes, creando lazos de amistad y comprensión que trascienden fronteras”.
El programa ha ido creciendo al mismo ritmo que esas relaciones personales. Algunos de aquellos niños que llegaron siendo pequeños hace décadas viven hoy en la ciudad junto a sus propias familias. “Muchos de estos niños y niñas que hace treinta años visitaron la ciudad por primera vez gracias a este programa, hoy viven y desarrollan su vida personal y familiar en Alcorcón”, destaca la alcaldesa. Es una consecuencia inesperada de un proyecto concebido inicialmente para ofrecer un respiro estival, pero que ha terminado creando vínculos permanentes entre dos pueblos separados por miles de kilómetros.
Reportaje sobre familias que acogen a niños saharauis que participan en el programa ‘Vacaciones en Paz’. © Alb
Alberto R. Roldán
Fotógrafos
Aunque el nombre del programa invite a pensar en un simple verano diferente, el objetivo es mucho más amplio. Durante los dos meses de estancia, los menores pasan revisiones médicas completas, controles oftalmológicos, revisiones bucodentales y reciben tratamientos que en muchas ocasiones serían difíciles de obtener en los campamentos de refugiados. También disfrutan de una alimentación variada y equilibrada y participan en actividades culturales y deportivas organizadas por el Ayuntamiento y las asociaciones.
Según informa a LA RAZÓN
Jalil Mohamed Abdelaziz, delegado saharaui para la Comunidad de Madrid
, esa atención sanitaria constituye uno de los pilares del proyecto. “Para los menores es una experiencia vital en su fase de desarrollo. Siendo una oportunidad para acceder a una atención sanitaria de calidad, fortalecer el español como segundo idioma de la República Saharaui o dar a conocer la historia de su pueblo”. Pero insiste en que el impacto también alcanza a las familias. “Supone una experiencia enriquecedora para las familias de acogida, que de alguna forma contribuyen desde sus posibilidades a mantener la causa saharaui viva, conocen de primera mano la realidad de este pueblo y se sienten partícipes en una de las mayores obras solidarias impulsadas por la ciudadanía en los últimos cincuenta años”.
Una realidad desconocida
Los niños que llegan a España nacieron en los campamentos de refugiados de Tinduf, donde decenas de miles de saharauis permanecen desplazados desde hace casi cincuenta años tras el conflicto del Sáhara Occidental. Para la Delegación Saharaui, uno de los grandes desafíos actuales no es solo mantener la ayuda humanitaria, sino evitar que esa realidad desaparezca del debate público. “Las nuevas generaciones españolas desconocen el conflicto y, sobre todo, desconocen la responsabilidad directa de su país en el drama e injusticia que vive el pueblo saharaui”, lamenta Abdelaziz.
Reportaje sobre familias que acogen a niños saharauis que participan en el programa ‘Vacaciones en Paz’. © Alb
Alberto R. Roldán
Fotógrafos
En ese contexto, Vacaciones en Paz funciona también como una herramienta de sensibilización. Las familias descubren que detrás de cada niño hay una historia, una familia que permanece en el desierto y una comunidad que continúa esperando una solución política. La propia alcaldesa de Alcorcón considera que el programa permite precisamente mantener viva esa conciencia social:: “Este programa lleva años visibilizando la realidad diaria de estos niños y niñas y, también, la hermosa hermandad existente entre nuestros pueblos”.
Aunque el programa sigue despertando solidaridad, también atraviesa dificultades. En muchos municipios españoles resulta cada vez más complicado encontrar familias dispuestas a participar. Según explica Candelaria Testa, el número de menores acogidos en toda España ha descendido de forma considerable en los últimos años. “Hemos pasado de diez mil niños a menos de tres mil”, recuerda, aunque destaca que Alcorcón constituye una excepción. La ciudad ha conseguido duplicar el número de menores acogidos respecto al año anterior gracias al trabajo de difusión desarrollado por la asociación local y el Ayuntamiento. También Jalil Mohamed Abdelaziz confirma esa tendencia. “Este año tenemos buena sensación al ver cómo vamos aumentando el número, ejemplo de ello es el municipio de Alcorcón, donde hemos pasado de siete a catorce”.
Detrás de cada nueva acogida hay meses de preparación. La Delegación Saharaui coordina durante todo el año el proceso junto con las asociaciones y las administraciones públicas, desde la selección de los menores hasta las campañas para captar nuevas familias y el seguimiento durante el verano. Para muchas familias, la acogida representa además una oportunidad educativa para sus propios hijos porque es una forma de enseñar solidaridad sin discursos. En el caso de Julie, esa fue una de las razones que les llevaron a participar, pues quería que sus hijas crecieran comprendiendo que existen otras realidades muy distintas a la suya y que la solidaridad puede ejercerse desde gestos cotidianos. Una idea que también comparte Pilar, otra de las madres de acogida, quien decidió sumarse al programa convencida de que podía ofrecer a un niño saharaui “un verano diferente”, protegido del calor extremo, y que la convivencia serviría para enriquecer también la educación de su propio hijo, Juan, acercándole desde pequeño a otras formas de vivir y entender el mundo.
Asimismo, los niños españoles descubren nuevas costumbres, otras comidas, otro idioma y otra historia. Y los niños saharauis conocen otra forma de vida, fortalecen el español y crean vínculos afectivos que en muchos casos se prolongan durante años.
Reportaje sobre familias que acogen a niños saharauis que participan en el programa ‘Vacaciones en Paz’. © Alb
Alberto R. Roldán
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Cuando termina agosto, llega el momento más difícil y los menores regresan a los campamentos con sus familias biológicas, mientras las familias españolas vuelven a quedarse con una habitación vacía y la sensación de haber despedido a un hijo más. Sin embargo, la distancia rara vez rompe esos lazos porque las llamadas, los mensajes y las videollamadas mantienen viva una relación que continúa verano tras verano. De hecho, muchos niños vuelven con la misma familia hasta alcanzar la adolescencia; algunos, incluso, mantienen el contacto durante toda la vida. Quizá por eso quienes participan en “Vacaciones en Paz” suelen repetir una misma idea: el programa comienza siendo un acto solidario, pero termina convirtiéndose en una historia familiar. La alcaldesa de Alcorcón lo resume como una experiencia de crecimiento colectivo. “Participar en este programa permite enriquecernos a nivel personal, familiar y como ciudad, sin ninguna duda. Las familias son las que más crecen vitalmente gracias a esta experiencia”. Y Julie coincide plenamente porque cuando habla de Wafa no utiliza el lenguaje de quien presta ayuda, sino el de quien comparte vida. Y quizá esa sea la verdadera explicación del éxito de un programa que, tres décadas después, sigue encontrando hogares dispuestos a abrir la puerta de casa a un niño desconocido.
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