Trump, the Warrior
Deia, , 25-07-2026El título de este artículo deriva de una de las persistentes declaraciones de Trump afirmando que si tuviera que elegir un alias sería el de Warrior, famoso luchador de la UFC a la que tan aficionado es el presidente de Estados Unidos.
Con el perfil personal indicado no es extraño que haya reanudado su guerra en Irán vulnerando el frágil Memorándum que todo el mundo intuía que iba a ser de duración limitada, por Trump y por el gobierno de Irán, ambos mantienen un pulso que está desequilibrando la estabilidad económica del mundo y pulverizando cualquier prospección geoestratégica que se pueda realizar.
El caso de Trump es singular porque la guerra, la lucha en su caso, constituye una manifestación de su nerviosismo en las próximas elecciones de medio término.
En una entrevista concedida a Fox News, el presidente estadounidense ofreció mensajes contradictorios sobre el estrecho de Ormuz, elevó nuevamente el tono contra Irán y anunció un inminente discurso centrado en el sistema electoral estadounidense. Sus declaraciones han reavivado el debate sobre su estrategia de comunicación y sobre el impacto que este tipo de mensajes puede tener tanto en la política interior como en la estabilidad internacional.
Las últimas encuestas revelan que el índice de aprobación de Donald Trump está a la baja en muchos estados, a 17 meses del inicio de su segundo mandato, en enero de 2025. A nivel nacional, recibe un 37% de apoyo y un 58% de rechazo. El análisis estado por estado muestra una situación similar. Es obvio que la inflación no está controlada, supera ya en dos puntos a la última medida de su predecesor; el precio de la gasolina se acerca a 5 dólares por galón; el empleo total se ha reducido en 507.000 trabajadores y la agresividad del ICE contra los emigrantes no solo es inhumana, en muchas ocasiones criminal, sino que está también haciendo perder una fuerza de trabajo imprescindible.
Lo que ocurre con Donald Trump es que no defiende simplemente políticas discutibles, gobierna contra los principios en los que se fundó su país. Los vacía de contenido al tiempo que apela constantemente al patriotismo y a los símbolos nacionales. Doscientos cincuenta años después de aquella declaración, la principal amenaza para el proyecto que definió a Estados Unidos procede hoy de su propia presidencia.
Trump, the Warrior
Estados Unidos se construyó sobre la separación de poderes y el respeto a los tribunales, la idea de que el poder se ejerce dentro de límites y de que la pertenencia a la comunidad política no depende de la discrecionalidad del gobernante. Sus fundadores, fervientes opositores de la tiranía característica de buena parte de las monarquías europeas de su tiempo, quisieron un Ejecutivo sometido a la ley y unos tribunales con capacidad para controlarlo. Y, bajo todo esto, subyacía la convicción de que todos los hombres son creados iguales y de que la pertenencia a la nación no se hereda por sangre ni por linaje, sino que se adquiere por el hecho de sumarse a un proyecto común.
250 años después, Estados Unidos no se parece en nada
El 4 de julio de 1776, las trece colonias que se habían levantado contra el Imperio británico firmaban conjuntamente la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. Aquella nueva nación, con la voluntad de ser más libre, más igualitaria y más justa, se desprendía de la subordinación a Londres para emprender un camino propio que pretendía ser ejemplar. La Constitución adoptada pocos años después quiso dar forma jurídica a esa promesa, estableciendo un gobierno sujeto a normas y controles.
Doscientos cincuenta años después, Estados Unidos no se parece en nada a aquello que prometieron sus fundadores. Basta con observar el momento en el que llega el aniversario, en medio de la celebración de un Mundial de fútbol condicionado por los vetos migratorios, de una persecución sistemática de inmigrantes a los que se criminaliza y se deporta sin garantías, del despliegue de militares en ciudades gobernadas por la oposición y contra la voluntad de sus autoridades, de un frágil memorando con Irán que apenas prorroga un alto el fuego y se hace pasar por un beneficioso acuerdo de paz, y el intento presidencial, frenado en el último momento por el Tribunal Supremo, de abolir la nacionalidad por nacimiento.
Se observan ciertas similitudes entre el trumpismo y la teocracia iraní. En primer lugar vemos cómo a Trump le apoyan de forma amplia las Iglesias Evangelistas Norteamericanas, los que tienen una concepción presbiteriana de la vida y proclaman que los pobres y en general las personas vulnerables lo son porque no han hecho lo suficiente para evitar su situación.
Rodeado de un grupo de aduladores
Por otra parte Trump está rodeado de un grupo de aduladores que llegan al extremo cuasireligioso que la congresista republicana ultraconservadora Marjorie Taylor Greene afirmó que Trump se une a algunas de las personas más increíbles de la historia que han sido arrestadas. Realizó una comparación curiosa uniendo el procesamiento de Trump al que sufrieron Nelson Mandela o Jesucristo. Afirmó: “Nelson Mandela fue arrestado, cumplió condena en prisión. ¡Jesús! Jesús fue arrestado y asesinado”. Esta congresista le ha retirado su apoyo a Trump desde el momento en que se ha enterado que un rumano apellidado Tate, acusado de cinco delitos de violación, se ha convertido en uno de sus asesores en políticas relativas a los derechos de la mujer. Es el que afirmó, cuando ganó Trump las últimas elecciones, que ha vuelto el patriarcado.
Las declaraciones de Trump reflejan la nostalgia de las esencias de la América WASP (white, anglo – saxon, protestant) supuestamente perdida. Entre las esencias que Trump pretendía reivindicar nos encontramos con una oposición militante contra la globalización. La globalización no es un problema, es una circunstancia incrustada en la sociedad actual en la que las economías son interdependientes, las distancias físicas no existen y la red mantiene la comunicación entre los ciudadanos de forma permanente.
La antiglobalización trumpista parece representarla Jake Angeli, el personaje que tomó el Capitolio con un traje de castor como Davy Crockett y unos cuernos (en el sentido más físico del término) que en declaraciones a una televisión se autodefinió como militante de la antiglobalización, sin poder explicar en qué consistía semejante ideología.
Lo malo de la antiglobalización de Trump es que no se refiere a un concepto político, se refiere a la hegemonía absoluta de Estados Unidos.
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