“Nosotros vivimos el nivel más alto de sufrimiento de los inmigrantes”
El bosque entre Getxo y Berango se ha convertido en un hogar provisional para muchos jóvenes que esperan encontrar trabajo, conseguir papeles o acceder a una vivienda
Deia, , 25-07-2026Más allá de las tiendas de campaña y las chabolas, el asentamiento entre Getxo y Berango reúne a jóvenes migrantes con historias muy distintas, pero con un mismo objetivo: encontrar trabajo, conseguir los papeles y acceder a una vivienda. Entre los árboles conviven historias de trabajo, espera y supervivencia de quienes intentan dejar atrás una realidad que se prolonga desde hace meses o incluso años.
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“Mi jefe no sabe que vivo aquí” cuenta uno de los residentes, que trabaja a media jornada y cada noche vuelve al bosque para dormir. Oculto entre la vegetación de un bosque cercano al polideportivo de Fadura conviven desde hace años decenas de jóvenes que no han encontrado otra alternativa habitacional.
Su historia no es un caso aislado. Moha, con 18 años de edad, lleva en el asentamiento 15 días, estaba en un centro de menores y al cumplir la mayoría de edad se quedo en “la calle” y se fue al bosque a vivir. Otros muchos, llevan años allí. “Llevo un año y tres meses durmiendo en el bosque”, cuenta Brahim, uno de los residentes veteranos. Todos comparten un mismo bosque, aunque detrás de cada tienda de campaña se esconde una historia diferente. “Son nuestros vecinos del bosque” concluye Brahim.
“Nosotros vivimos el nivel más alto de sufrimiento de los inmigrantes”, afirma Abdul tras explicar que siente que está viviendo la situación más dura que podría vivir alguien que llega de otro país. Aunque sus historias son muy diferentes, todos coinciden en un mismo obstáculo: abandonar el bosque resulta mucho más difícil de lo que imaginaron cuando llegaron a Bizkaia.
Asentamiento bosque GetxoPankra Nieto
Encontrar un empleo es el primer paso para salir del asentamiento, pero también uno de los más difíciles. Algunos recorren cada día empresas y polígonos industriales en busca de una oportunidad, mientras otros encadenan trabajos esporádicos que no les permiten abandonar el bosque.
El joven marroquí que lleva cinco meses viviendo en el asentamiento resume así su rutina: "Buscar, buscar, buscar dinero". Llegó al Estado hace dos años con la intención de trabajar y regularizar su situación. Mientras espera esa oportunidad, piensa en sus dos hijos, que permanecen en Marruecos, y sueña con poder reunirlos algún día.
La distancia también pesa para Brahim. Parte de su familia reside en Castellón, pero reconoce que algunos de sus sobrinos solo los conoce por fotografías y videollamadas. "Solo los he visto por WhatsApp", cuenta.
“Yo soy un trabajador”, insiste Brahim. Sin embargo, asegura que la falta de residencia le impide acceder a un empleo estable. "Sin residencia no puedes trabajar", lamenta. Explica que el año pasado consiguió un empleo durante 33 días, pero nunca llegó a cobrar. “Si trabajas y luego no te pagan…”, resume su precaria situación.
Historias distintas que desembocan en un mismo punto. Tener un empleo no siempre garantiza abandonar el bosque y no tener documentación convierte cualquier oportunidad laboral en un camino lleno de trabas. Brahim lleva catorce años en el Estado y continúa pendiente de que se resuelva su expediente. Hace apenas unos dias habló con su abogado: “Me dijo que tuviera paciencia, que ahora esta todo frenado, pero que me van a contestar”, explica.
Mientras unos esperan una llamada y otros una resolución administrativa, el tiempo sigue pasando entre los árboles.
‘Hay que morir para llegar a Europa’
Con 22 años y un sueldo de apenas ocho euros al día, Brahim tomó la decisión de abandonar Marruecos. “Pagas el alquiler, mandas algo a tu madre y te quedas a cero”, recuerda. Convencido de que en Europa encontraría más oportunidades, emprendió un viaje que todavía hoy recuerda con detalle.
No viajó solo. Lo hizo junto a otros dos jóvenes, uno de ellos amigo y vecino de su pueblo. Los tres se escondieron en los bajos de un autobús que embarcó en un ferry con destino a Almería. Brahim tomó el mando y les dio las instrucciones antes de partir: "Les dije: sin hablar ni fumar hasta que lleguemos. Si fumamos, van a oler el tabaco".
El escondite estaba junto al depósito de combustible. Permanecieron inmóviles durante horas mientras el autobús cruzaba el mar. Pero el mayor peligro no era que los descubrieran. Bajo el vehículo giraba el cardán, el eje de transmisión que conecta el motor con las ruedas. “Ha matado a muchas personas. Hay chicos que no sabían dónde se metían y luego solo salía sangre”, relata. Un movimiento en falso podía resultar mortal.
En estos años ha pasado por distintos puntos del Estado. “Solo me queda Galicia”, dice entre risas. Sin embargo, ese recorrido ha terminado, por ahora, en un bosque de Getxo donde espera la llamada de su abogado con una respuesta que, confía, le permita empezar una nueva etapa.
Asentamiento bosque GetxoPankra Nieto
Nunca imaginó que, tras jugarse la vida para llegar a Europa, acabaría durmiendo en un bosque mientras espera una oportunidad para trabajar con normalidad. “Hay que morir para llegar a Europa”, concluye.
El bosque
A simple vista apenas se distinguen entre la vegetación, pero el bosque esconde un pequeño entramado de senderos que conduce a decenas de parcelas repartidas por la ladera. Algunas albergan una única tienda de campaña; otras reúnen varias chabolas construidas con maderas, lonas y plásticos. Hay refugios situados en la parte alta del monte y otros más abajo, ocultos entre la vegetación y separados por caminos, lo que dificulta hacerse una idea de cuántas personas viven realmente allí.
Junto a las tiendas se acumulan mochilas, bicicletas, tendederos con ropa secándose al aire y todo tipo de objetos. Algunos están deteriorados o se confunden con residuos esparcidos entre la vegetación; otros forman parte de la rutina diaria de quienes han convertido ese rincón del bosque en un refugio provisional.
Pese a las condiciones en las que viven, quienes residen allí aseguran que la convivencia suele ser tranquila. "Aquí los que están son nuestros vecinos del bosque. Ni roces, ni peleas, nos ayudamos entre nosotros", explica Brahim. Muchos dedican el día a buscar empleo o realizar gestiones para regularizar su situación. Otros también acuden a clases de castellano. "Yo tengo ganas de aprender. Aprender cómo hablas con la gente, para no estorbar a nadie y para que no te eche nadie la culpa", resume.
El asentamiento carece de servicios básicos. Muchos comen en comedores sociales o gracias a la ayuda de asociaciones, por lo que apenas se cocina en las parcelas. El agua hay que transportarla hasta el bosque y los teléfonos móviles, indispensables para recibir llamadas de posibles empleadores, del abogado o de la familia, se cargan en la iglesia o en entidades como Pertsonalde.
No todos los residentes están desempleados. Algunos consiguen empleos puntuales o trabajan como repartidores. Brahim cuenta que uno de sus vecinos sale en bicicleta para repartir pedidos de Glovo y, al terminar la jornada, regresa al bosque para dormir. Tener un empleo tampoco le ha permitido acceder todavía a una vivienda.
Te puede interesar:GentePertsonalde, voluntariado para crear vínculos y apoyar a personas migrantesBizkaiaGetxo se adentra en el verano por el mar y la naturalezaLa tranquilidad solo se rompe cuando aparecen personas ajenas al asentamiento. Brahim recuerda que en alguna ocasión han sorprendido a individuos intentando llevarse zapatillas u otras pertenencias de los residentes. La pasada semana, un chico se acercó a la tienda de uno de sus amigos y vecinos. “Aquí no está lo que buscas”, recuerda haberle dicho a uno de ellos antes de echarlo junto a otros compañeros. Insiste en que los conflictos entre quienes viven en el bosque son poco frecuentes y que, cuando surge algún problema, tratan de proteger a quienes consideran sus vecinos, y en situaciones extremas, la policía interviene para desalojar a las personas que estén causando problemas.
Cuando cae la noche, cada uno regresa a su tienda de campaña o a su chabola. Al día siguiente la rutina vuelve a empezar: buscar trabajo, llamar al abogado, acudir a una entrevista, aprender castellano o esperar una respuesta que cambie su situación. Todos llegaron al bosque por motivos distintos, pero comparten el mismo deseo: que algún día deje de ser su hogar.
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