El Mundial en el que Trump e Infantino jugaron con el fútbol
Terminó el Mundial en el que la FIFA de Infantino puso el torneo al servicio de los intereses de Donald Trump, mientras profundiza en un modelo de competición elitista y que pone en riesgo la afición por el fútbol.
Gara, , 22-07-2026La imagen de los jugadores de la selección española esperando a que Donald Trump se retirase del podium para alzar la copa, mientras Infantino trataba de apartarlo y el presidente de Estados Unidos se hacía el despistado, resistiéndose a abandonar la escena, es un buen resumen político de lo que ha sido este Mundial 2026. Una competición de fútbol que se disputa mientras el presidente del país organizador no respeta los protocolos más básicos y el máximo responsable de la organización no es capaz de controlarlo. Trump ha querido acaparar el protagonismo del torneo, dejando en un segundo plano a Claudia Sheinbaum y Mark Carney, máximos mandatarios de México y Canadá y que han sido en todo momento arrinconados por el presidente de Estados Unidos y Gianni Infantino.
«Es el mejor Mundial de la historia, pasado y presente, y también nos prepara para el futuro», declaraba el presidente de la FIFA antes de la final entre España y Argentina. Se mostraba eufórico ante el cierre de un torneo que ha generado ingresos récord y permite a Infantino seguir repartiendo dinero a las federaciones nacionales a través del programa FIFA Forward, al tiempo que le garantiza el apoyo necesario para su gestión. Sin embargo, este torneo abre también muchas grietas que Infantino tendrá que saber gestionar. El apoyo incondicional ofrecido a Donald Trump no tiene precedentes en la historia de la FIFA y deja muy dañado el prestigio del máximo órgano del fútbol mundial.
La FIFA nunca ha tenido problema en poner el torneo al servicio de la propaganda política del Gobierno de turno, se tratara de la Italia fascista o de la dictadura argentina. En esta edición, Infantino ha permitido llegar muy lejos a Trump
‘Sometimes it’s good as well to chill, relax’ (A veces es bueno relajarse también), declaraba Infantino al inicio del Mundial, queriendo quitar hierro al intervencionismo de Trump. Y lo cierto es que la FIFA nunca ha tenido problema en poner el torneo al servicio de la propaganda política del Gobierno de turno, se tratara de la Italia fascista o de la dictadura argentina. Pero, en esta edición, Infantino ha permitido llegar muy lejos a Trump.
Calma tensa
El presidente de la FIFA transigió con la negación de entrada a Estados Unidos a numerosos aficionados, incluyendo el congoleño Lumumba Vea, que imita al líder africano asesinado por las autoridades congoleñas en colaboración con el gobierno belga y la CIA. Transigió también con la expulsión del árbitro somalí Omar Artan, igual que aceptó que la selección de Irán debiera concentrarse durante el torneo en México y solo pudiera entrar en Estados Unidos para disputar los partidos. Infantino presentó esta solución como un éxito diplomático, pero lo cierto es que Trump obligó a la selección iraní a jugar en unas condiciones impropias de un Mundial, ante la pasividad de la FIFA.
Con el avance de la competición, el fútbol fue absorbiendo la atención mediática y el torneo transcurría en una calma tensa. Hasta que la selección de Estados Unidos debió enfrentarse a Bélgica sin su delantero Folarin Balogun, sancionado por una tarjeta roja recibida en el partido previo. Cuando Trump reconoció haber llamado a Infantino para que retiraran la sanción a Balogun, no solo evidenció un desconocimiento absoluto del reglamento del fútbol, también sobrepasó un límite sin precedentes en la historia de los Mundiales.
Y cuando el presidente de la FIFA confirmó haber recibido esa llamada y terminaron permitiendo la participación de Balogun, no hizo más que aumentar el bochorno para la institución, poniendo en riesgo la credibilidad de la competición que genera buena parte de los ingresos de la institución. Para cerrar el ridículo, la selección de Estados Unidos terminó perdiendo por 4-1 frente a Bélgica y llegó hasta la misma eliminatoria que había alcanzado en el Mundial 94, cuando el fútbol todavía era semiprofesional en el país y no contaba con una liga nacional.
Showtime
Para Infantino, volver a organizar un Mundial en Estados Unidos era también una oportunidad para ahondar en un modelo de torneo que busca maximizar los ingresos. «Los americanos quisieron hacer cuatro tiempos de 25 por la publicidad. ¿Se acuerda? ¡100 minutos teníamos que jugar!», le contaba Maradona a Víctor Hugo Morales en 2018, cuando supo que la FIFA había concedido el Mundial 2026 a Estados Unidos, México y Canadá. Se refería a los intentos por introducir pausas de hidratación durante los partidos del Mundial 94, que finalmente no aprobó la FIFA, presidida entonces por Joao Havelange.
Para esta edición, la FIFA de Infantino sí aprobó pausas de tres minutos, incluso en estadios que contaban con aire acondicionado o cuando las temperaturas no lo exigían. Una concesión a las televisiones que pagan los derechos de emisión del Mundial que ha sido muy criticada, fundamentalmente en aquellos países en los que el fútbol está más arraigado, precisamente porque choca con esa cultura que se ha generado alrededor de la pelota a lo largo de décadas y que la institución que debe cuidar este deporte no está queriendo preservar. Igual que ha ocurrido con el show del descanso de la final, directamente inspirado en la Super Bowl, que retrasó el comienzo de la segunda parte y recibió también innumerables críticas por su falta de interés artístico y el difícil acomodo en un deporte como el fútbol.
Antes de eso, Infantino ya había logrado que la FIFA aprobara la ampliación a 48 selecciones participantes. «Podemos ver que la calidad de los equipos es altísima, y sigue mejorando en todo el mundo. Si no se les da a los países más pequeños la oportunidad de participar en la Copa del Mundo, también pierden el incentivo para seguir mejorando», declaraba Infantino a la televisión suiza Blue Sport poco antes de la final.
Y sí, este Mundial ha conocido las actuaciones sorprendentes de Cabo Verde, Egipto o Noruega y sus aficionados han vibrado con el torneo, pero cuando Infantino habla de incentivos para seguir mejorando, lo que está promoviendo es la inversión de las federaciones en una élite de jugadores que lleve a su selección al Mundial. Mejorar el nivel del fútbol en un país exige un proyecto mucho más ambicioso y que empieza a dar sus frutos en un plazo mucho más largo.
¿64 selecciones en 2030?
Por el momento, la FIFA ha reconocido que estudia la ampliación a 64 participantes para la edición de 2030, lo que implicaría mayores costes en infraestructuras para el país organizador y evidencia el modelo de Mundial que busca Infantino. Más grande, más caro para los organizadores y los aficionados y que genere mayores ingresos para la FIFA.
La FIFA ha utilizado una estrategia que no fija los precios en función de los costes de producción, sino en lo que está dispuesto a pagar el aficionado, utilizando todo tipo de estrategias de venta dirigidas a aumentar el ansia por hacerse con una entrada
En esa labor ocupa un lugar importante la aplicación de precios dinámicos para la compra de entradas de los partidos del Mundial, incluyendo la reventa, legal en los Estados Unidos. «Nos encontramos en el mercado del entretenimiento más desarrollado del mundo. Por lo tanto, debemos aplicar precios de mercado», se justificaba Infantino para explicar precios en las entradas que en algunos casos han multiplicado por diez las cantidades de la edición de 2022.
La FIFA ha utilizado una estrategia que no fija los precios en función de los costes de producción, sino en lo que está dispuesto a pagar el aficionado, utilizando todo tipo de estrategias de venta dirigidas a aumentar el ansia por hacerse con una entrada. Se une así a una industria del espectáculo que alimenta una inflación que ha llevado a que, en un par de décadas, por el mismo precio que adquirías una entrada para un partido, te alcance para pagar la suscripción para verlo por televisión.
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