Quince años de Utoya: la masacre que anticipó la nueva era del odio racista en Europa

“Para muchos de nosotros, la lucha contra el extremismo se transformó en una cuestión de supervivencia”, sostiene Astrid Hoem, quien se escondió en una cueva durante la matanza que conmocionó a Noruega

El País, Carlos Torralba, 22-07-2026

La tarde del 22 de julio de 2011, una bomba de casi una tonelada sacudió el centro de Oslo. Mientras el caos y el pánico se apoderaban de la capital noruega, Anders Breivik, disfrazado de policía, se dirigía a la diminuta isla de Utoya, donde asesinó a decenas de adolescentes que participaban en un campamento de verano organizado por las Juventudes Laboristas. En total, 77 personas murieron en el peor ataque en Noruega desde la Segunda Guerra Mundial. Algunas heridas permanecen abiertas, pero el trauma y el duelo han dado paso, en buena medida, al recuerdo y la reflexión. Varios de los supervivientes ocupan hoy puestos de responsabilidad en la política noruega. Y aunque las ideas extremistas que Breivik plasmó en un manifiesto nunca calaron en el país escandinavo, algunos de los asuntos que le obsesionaban —la inmigración y la convivencia en sociedades cada vez más diversas— han ganado relevancia en el debate público europeo desde entonces.

Breivik se definió a sí mismo como un “moderno caballero templario” embarcado en una cruzada “contra las élites” que, según él, promovían la islamización de Europa. El terrorista no dirigió sus ataques contra la población musulmana de Noruega. Sus objetivos fueron quienes, a su juicio, favorecían su llegada: el barrio gubernamental de Oslo, donde murieron ocho personas, y los militantes más jóvenes del Partido Laborista, al que acusaba de haber traicionado a “los noruegos étnicos”. El islamófobo y ultranacionalista, que entonces tenía 32 años, no pretendía asesinar a ninguna persona en concreto; quería golpear el futuro, a la próxima generación de la socialdemocracia noruega. Para él, las víctimas de Utoya eran enemigos políticos. “No eran niños inocentes, sino activistas del multiculturalismo dirigidos por los comunistas más extremistas de Noruega”, declaró Breivik durante su juicio.

Tonje Brenna tenía 23 años cuando consiguió sobrevivir a la matanza escondiéndose durante horas mientras otros jóvenes escapaban a nado y eran rescatados por vecinos que acudieron con sus embarcaciones. Convertida en una de las figuras más destacadas de la socialdemocracia noruega, Brenna aún regresa con frecuencia a Utoya. “Representa tanto lo más luminoso de mi vida como lo más oscuro”, sostiene la actual líder parlamentaria del Partido Laborista. En la isla pasó buena parte de los veranos de su juventud y, lejos de romper con aquel lugar, sigue visitándola varias veces al año, a menudo acompañada de sus hijos, para participar en talleres y debates.

El legado político del 22 de julio aún es un asunto incómodo en Noruega. Breivik militó durante un tiempo en el Partido del Progreso, una formación populista de extrema derecha a la que abandonó años antes de la matanza y que siempre condenó de forma inequívoca la masacre. En las elecciones del pasado septiembre, impulsado por un discurso marcadamente antiinmigración, el partido ultraderechista se convirtió en la segunda fuerza parlamentaria (24% de los votos) y estuvo muy cerca de arrebatarle el poder a los socialdemócratas. Menos de un año después, lidera con claridad los sondeos, con cerca del 30% de intención de voto, casi diez puntos más que el Partido Laborista.

La socialdemocracia noruega evitó desde el primer momento señalar como responsable indirecto de la masacre al Partido del Progreso. Aunque la formación comparte con otras fuerzas de la derecha populista europea posiciones muy restrictivas en materia migratoria, su discurso se ha mantenido tradicionalmente alejado de los planteamientos identitarios más radicales defendidos por el líder de Reconquista, el francés Éric Zemmour, o por algunos sectores de Alternativa para Alemania (AfD). El entonces primer ministro, Jens Stoltenberg, apeló a la unidad nacional e insistió en que se trataba de un ataque contra la democracia noruega en su conjunto y no contra una fuerza política concreta.

Ni Brenna ni otros supervivientes establecen una equivalencia entre la derecha populista noruega y el extremismo que inspiró la matanza. Para la líder laborista, el reto consiste en distinguir entre la discrepancia política legítima y los discursos que señalan a una parte de la sociedad como una amenaza. “Debatir sobre inmigración, integración e identidad nacional es algo bueno y necesario, pero debemos mantener una línea clara frente al odio, las teorías conspirativas y los discursos que alimentan la hostilidad o la ira contra determinados grupos de personas. Eso no es debate político; es peligroso”, advierte Brenna, exministra de Educación y de Trabajo.

La ‘generación Utoya’
Astrid Hoem, secretaria de Estado de Clima y Medio Ambiente, tenía 16 años cuando se escondió en una cueva mientras Breivik asesinaba a varios de sus amigos. Considera que el mayor logro de los supervivientes —la llamada generación Utoya— fue negarse a abandonar la isla. “Se trataba de demostrar que el terrorista no había ganado”, explica. Utoya, donde las Juventudes Laboristas han vuelto a celebrar sus campamentos de verano, se ha transformado en un espacio de memoria y educación democrática por el que cada año pasan miles de jóvenes.

Hoem sostiene que la matanza de Utoya marcó para siempre a una generación de jóvenes laboristas. “No fue solo un ataque contra Noruega, sino también contra la socialdemocracia”, subraya. “El terrorista creía que tenía derecho a matarnos porque discrepaba de nuestras ideas políticas. Para muchos de nosotros, la lucha contra el extremismo se transformó en una cuestión de supervivencia”, añade.

Cómo recordar el 22 de julio se convirtió durante años en un asunto casi tan complejo como sobreponerse a los atentados. Los proyectos impulsados para honrar a las víctimas tardaron años en hacerse realidad y estuvieron rodeados de controversias, recursos judiciales y desacuerdos sobre el modo en que debía preservarse la memoria de la tragedia.

Tampoco las instituciones quedaron al margen del escrutinio. Una comisión oficial fue especialmente crítica con la actuación de las fuerzas de seguridad y concluyó que la respuesta policial a los atentados estuvo plagada de errores y retrasos. Breivik, condenado en 2012 a 21 años de prisión prorrogables indefinidamente, permanece encarcelado y sigue reivindicando la ideología que inspiró la matanza.

La tragedia dejó una cicatriz profunda, pero no logró alterar el rumbo de Noruega. El país sigue figurando entre las democracias más estables, prósperas y avanzadas del mundo. Sin embargo, los debates sobre inmigración, identidad nacional o multiculturalismo ocupan un espacio mucho más central en la conversación pública y política —en Noruega y en toda Europa— que en 2011. La principal lección de aquella jornada, sostiene Brenna, conserva toda su vigencia: “Antes de los actos vienen las palabras. Y las palabras son peligrosas cuando se utilizan para legitimar la violencia”.

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