Siete inmigrantes explican su amor por La Roja: “Me siento súper español y súper colombiano”
Las celebraciones por el triunfo en el Mundial de fútbol han mostrado la cara y el acento de una España cada vez más diversa
El País, , 22-07-2026Muchos inmigrantes en España se han sumado a la fiesta de La Roja, en bastantes casos con tanto o más entusiasmo que la población de origen local. Se han enfundado la camiseta de la selección, han saltado de alegría en las plazas y han celebrado la victoria como propia. “¡Hemos ganado el Mundial!”, es una frase que se ha oído estos días, con acento extranjero y en la primera persona del plural.
La victoria en el Mundial de Fútbol ha sido una experiencia que les ha unido sentimentalmente a la comunidad. Llegaron en busca de una vida mejor o huyendo de la inseguridad, sin necesidad de demostrar patriotismo alguno y sin compartir un pasado común con el resto de españoles. Sin embargo, a partir de ahora todos recordarán dónde estaban y a quién abrazaron el día en que Ferrán Torres marcó su histórico gol. Un recuerdo compartido que, más allá del fútbol, contribuye a tejer un sentimiento de pertenencia colectiva en esta España donde uno de cada cinco habitantes ha nacido en el extranjero. Siete inmigrantes con distintos orígenes y experiencias nos han contado por qué se han emocionado con esta victoria deportiva.
“Muchísima gente de Marruecos celebramos la victoria”
Nada Azakhmam posa este martes con la camiseta de la segunda equipación de la selección española, en una imagen cedida por ella.
La noche del domingo Nada Azakhmam tenía día libre en su restaurante de Parla, esa ciudad de las 120 nacionalidades en el sur obrero de Madrid. Fue a encontrarse con sus amigos en una de las muchas cafeterías “moras” donde había visto los partidos de Marruecos y le sorprendió lo que encontró: “No había mesas libres. Todos estaban animando a España”.
“Cuando ganamos, fuimos a la zona de la Casa de la Cultura y me encontré a todos los que conozco gritando y tirando petardos”, cuenta esta adolescente de 19 años que ha pasado cuatro años en España. “Muchísima gente de Marruecos celebramos la victoria y me acuerdo bien de un tío que llevaba tres banderas atadas, las del Real Madrid, Marruecos y España”. Otros hacían videollamadas a Marruecos, donde también había gente celebrando en las calles de ciudades como Tánger.
Su madre iba felicitando a todo el mundo, incluso a los polis. Ellos le respondieron con un “¡Viva España!”, cuenta Nada en un español impecable que ha aprendido a base de juntarse con españoles, ver películas y escuchar música. “Ha sido un poco de magia. Había que aprender sí o sí”.
“Quiero mucho a mi España”
Gloria Manjarrez se siente tan española que si un día La Roja jugara contra su país de origen, Colombia, apoyaría al combinado español. “¡Tío, aquí estoy yendo a Cibeles para apoyar a los campeones! ¿Tú dónde estás?“, decía el lunes por la tarde al teléfono. Iba ataviada con su camiseta roja y una bandera nacional y no entendía que alguien autóctono estuviera en otra punta de Madrid, perdiéndose los festejos en los que según la Delegación del Gobierno había casi dos millones de personas. ”Quiero mucho a mi España. ¡La madre patria!"
Gloria tiene 53 años y es una mujer muy alegre que llegó a este país en 2001. Desde entonces ha encadenado empleos habituales entre la población inmigrante: recoger fresas, servir mesas o cuidar de personas mayores. Atribuye su patriotismo a que se ha integrado con éxito en la vida española. “Nunca he sentido que mi condición de inmigrante me impidiera participar en un colectivo”, explica. Ha participado en los plenos del distrito madrileño de Retiro para defender el respeto a la población inmigrante: “No todos son ladrones, los buenos somos más”.
“Final perfecto”
De izqda, a dcha., Clara Yoshinaga, Amanda Bachal y Diogo Yoshinaga, en una imagen cedida por la familia.
El arraigo de la brasileña Amanda Bachal es literal: ella y su familia se ha comprado un piso alrededor del parque del Retiro, donde vive con su esposo y su hija de 5 años desde hace un año. La familia llegó en 2025 desde Bogotá, donde vivieron por un lustro. Fueron felices en Colombia, eso no lo pueden negar pero nunca sintieron que era su casa. Sin embargo, en España han encontrado algo que sí ha encajado con ellos. “Nos queremos quedar aquí, que nuestra hija crezca como española. Estamos muy felices, nos sentimos muy identificados. En solo un año hemos hecho muchos amigos”, cuenta Bachal, periodista de profesión y amante del Crossfitt.
Desde que empezó el Mundial iban con España y lo han vivido como el resto de su nuevo país: nerviosos al televisor, con la roja enfundada y banderas en la mano. Para ella fue clave que su hija, al volver del colegio una tarde, le dijera que España debía ganar el campeonato. Así ocurrió. “Lo vivimos de una forma muy intensa. Frente al televisor, en un bar de toda la vida del barrio. La alegría de todo el mundo fue contagiosa”, dice.
Su familia ha acabado arrastrando a la familia extensa, tíos, abuelos, primos, que, sobre todo después de la eliminación de Brasil, pusieron toda su esperanza en que fuese España la que finalmente levantara la copa más hermosa que existe. Hay que reconocer, no nos engañemos, que derrotar a los argentinos, los enemigos históricos de los brasileños en el fútbol, fue una doble alegría. “Final perfecto”, sonríe Bachal.
“Como estudiar en Harvard”
Paulo Noronha, de 16 años, un futbolista de la cantera del Atlético de Madrid nacido en Venezuela, posa este lunes con su padre Paulo, de 48, en la sede de EL PAÍS.
Claudio Álvarez
El venezolano Paulo Noronha, jugador de la cantera del Atlético de Madrid, hace una parada rápida en la redacción de EL PAÍS después de tres horas de entrenamiento individual y antes de dirigirse a las celebraciones de Cibeles. Este chico que cumplió 16 años en marzo no baja los brazos ni en julio, cuando se detienen las sesiones de preparación del equipo. Lo acompaña su padre, que habla con orgullo de un chico que ya ha llamado la atención de los entendidos.
La final la siguieron en familia en su casa de Majadahonda. Vieron los fuegos desde la terraza. Paulo se quedó en casa. Nada de celebrarlo en la calle. Su padre dice que es un chico maduro que se toma muy en serio sus aspiraciones futbolísticas. Explica que ha terminado cuarto de la ESO y esta en esa etapa tonta en que las promesas futbolísticas se pueden echar a perder por las malas compañías. “En el fútbol base influyen mucho los padres y un ambiente sano”, dice.
Paulo nació en Mérida, Venezuela, y llegó a España hace nueve años gracias al pasaporte portugués de su padre. Tiene tres nacionalidades: venezolana, portuguesa y española. ¿Con cuál se quedaría si tuviera que elegir el día de mañana? “Depende”, responde el chico. “Le tengo cariño a Venezuela pero ya llevo desde los siete años aquí”, dice. Su padre, un ingeniero de 48 años, interviene para recalcar que la admiración que ha despertado el juego de España “realza el currículum” de Paulo y de todos los futbolistas de la cantera española: “Esto es como estudiar en Harvard. Te da renombre”.
“He crecido con referencias y costumbres de ambos países”
Raúl Cabrera, hispanocolombiano de 28 años residente en Madrid, en una imagen cedida por él mismo.
La de Raúl Cabrera es la historia de dos identidades, la española y la colombiana. No es un hombre partido, no son dos verdades al cincuenta por ciento, sino que las dos ocupan por igual el mismo espacio, un todo: no son la mitad de nada: “Me siento súper español y súper colombiano. No me tengo que dividir en dos. Son dos identidades completas, idénticas. He crecido con referencias y costumbres de ambos países”, explica.
Hijo de un colombiano y una española de Málaga, prácticamente ha vivido los mismos años en uno y otro sitio y trabaja como asesor comercial en una entidad pública colombiana que incentiva la inversión española y el turismo en Colombia. Mayor mezcla resulta imposible en una sola persona.
Está radiante por la victoria de España, como no puede ser de otra forma. Ha llegado al trabajo feliz, pese a ser un caluroso día de agosto más propicio para estar en la playa. La vida y los orígenes de Cabrera resumen la historia de los dos países en el último siglo, y no se trata de ninguna exageración. Es hijo de Sergio Cabrera, un cineasta autor de una película colombiana de culto, La estrategia del Caracol. En ella actúa su abuelo, un actor republicano que acabó exiliado en Colombia después de la Guerra Civil española. El abuelo no se apartó de la lucha y envió a su hijo Sergio a formarse de niño a Pekín durante la época de la revolución cultural, donde acabó siendo guardia rojo de Mao. De ahí se fue a la selva colombiana como miembro de una guerrilla: era un tiempo de ideales. Esa historia está recogida en Volver la vista atrás, un fantástico libro escrito por Juan Gabriel Vásquez. Raúl no ha terminado de leerlo porque cada párrafo es plomo candente para él. Ese periplo paterno, esa herencia familiar, ha marcado su existencia y eso no puede olvidarse cuando se pone delante del televisor y Lamine Yamal corre por la banda con la pelota pegada al pie.
Su opción clara era España. ¿Y si en la final en vez de Argentina hubiera estado Colombia? “No tendría que escoger. Lo vería como algo beneficioso: al sentir ambos países como propio uno de los dos ganaría seguro. Emocionalmente yo acabaría en empate”, dice al otro lado del teléfono.
“Yo también lo gané”
Nicole Rosenberg, estadounidense residente en Madrid, en una imagen cedida por ella.
A Nicole Rosenberg le “mola” el parque del Retiro y practicar el español de España. “Me parece muy guay”, dice mientras envía por teléfono una foto suya del domingo bandera de España en mano. Rosenberg, estadounidense de 34 años, siente que ella también es campeona del mundo, como todos los españoles. Vive en Carabanchel y dirige Wanderful Abroad, una empresa que se encarga de ayudar a gente de su país de origen a instalarse en España.
Ella nació en Chicago, su padre es polaco, un polaco nacido en la misma ciudad que el futbolista Robert Lewandoski no es un dato menor. La filosofía de su empresa es que los estadounidenses se tienen que integrar y eso pasa por hablar el idioma, cosa que ella cree que a veces no hacen “por ego”. “Es una mierda no hablar español”, sentencia, “He apoyado a España durante todo el Mundial. Siento que yo también lo gané. España puso energía, carácter. Estaba emocionada. Me compré la camiseta blanca en el Corte Inglés”, continúa. Se declara una “enamorada de Madrid” porque acá se cruza con gente de la India, Pakistán, Centroamérica y Sudamérica. “Pero hay que hablar español. Eso le digo a los estadounidienses: vengan aquí y hablen español. Entonces sí mola”.
(Puede haber caducado)