«Fue al verme la cara cuando empezaron a llamarme puto moro»

La Justicia condena a dos hombres por agredir en Lazkao a un conductor de Lurraldebus que vincula lo ocurrido a un episodio racista

Diario Vasco, Jorge Napal, 21-07-2026

Todo comienza con una maniobra del autobús, de esas que cualquier conductor de un vehículo de grandes dimensiones realiza decenas de veces cada jornada. Ocurrió en una calle de Lazkao, estrecha y con vehículos aparcados a ambos lados. El vehículo que conduce Ahmed Zaidani pisa ligeramente la línea continua, una maniobra prácticamente inevitable cuando apenas queda margen para circular. Son las 16.25 horas del 28 de diciembre de 2024 y en ese instante dos vehículos aparecen de frente circulando a gran velocidad en una vía limitada a 30 kilómetros por hora. Hasta ahora, nada que no suceda de manera habitual en la red viaria.

De hecho, todo podría haber quedado en un simple reproche, pero acabó convirtiéndose, en cuestión de minutos, en una agresión física y verbal que terminaría dos años después en los tribunales. «Uno de los coches que venía de frente pasó a gran velocidad y el conductor me empezó a levantar la mano desde lejos porque, al parecer, yo había pisado un poco la línea continua. Es algo que resulta casi inevitable cuando maniobras en espacios estrechos», expone el conductor. Recuerda que primero llegaron los gestos. Después los gritos. «¿No ves que nos vas a matar? ¿No ves que vas por el centro de la carretera?», le llamaron la atención de forma airada.

Con todo, hubo un momento en el que la discusión, según recuerda el marroquí, cambió de naturaleza para adentrarse de lleno en el terreno del prejuicio y la animadversión. «Fue cuando vieron mi cara, algo cambió a partir del momento en el que comprobaron que era de fuera. A partir de ahí empezaron a llamarme todo el rato ‘puto moro, hijo de puta’. ¿Pero por qué? No tengo por qué aguantar que nadie me llame puto moro», se indigna el hombre.

Ahmed Zaidani nació en Tánger y lleva casi 27 años viviendo en Euskadi. Durante dos décadas ha trabajado en el transporte de viajeros sin haber sufrido, hasta aquel momento, una situación semejante. «Llevo casi veinte años en este sector y nunca me había pasado nada similar. Antes podían darse situaciones aisladas, pero en los dos últimos años la verdad es que las agresiones verbales y físicas se han convertido casi en el pan de cada día», asegura este veterano conductor, que trabajaba en Lurraldebus cuando ocurrieron los hechos.

La Federación de Asociaciones de SOS Racismo observa en ese sentido una «preocupante» tendencia. La xenofobia, según viene constatando, «se cocina en las redes sociales, se valida en ciertas tribunas políticas, medios de difusión –que no podemos catalogar como de comunicación–, y agitadores de extrema derecha y, finalmente, estalla en la ventanilla de un banco, en una entrevista de trabajo o en una calle a plena luz del día». Fue en este último escenario donde tuvo lugar la desagradable experiencia vivida por Zaidani. Su testimonio figura en el informe anual de la Federación de Asociaciones de SOS Racismo, un extenso documento de 91 páginas que recoge 528 denuncias registradas durante el año pasado. Quejas no son más que «la punta del iceberg de una realidad mucho más vasta y sombría». Este periódico se pone en contacto con Zaidani, que por aquel entonces trabajaba en Lurraldebus, para conocer más de cerca lo ocurrido. «El caso es que uno de los vehículos que venía de frente dio marcha atrás hasta colocarse junto al autobús», y los ocupantes de ambos coches comenzaron a golpear el vehículo. «A pesar de que estábamos ocupando los dos carriles de circulación, nadie se acercó para preocuparse por lo que estaba pasando. No sabía muy bien qué hacer y ante los golpes decidí bajar para fotografiar las matrículas de los coches. No tenía tiempo para pensar y fue lo primero que se me ocurrió. Cuando bajé, escuché a uno de ellos que decía: ‘Quítale el móvil, quítale el móvil’».

Zaidani lo guardó en el bolsillo de la chaqueta para protegerlo y fue entonces cuando comenzó la agresión. «Mientras uno me sujetaba para tirarme al suelo, el otro me golpeaba por detrás con toda su fuerza». En ese momento, explica, una mujer que también viajaba en uno de los vehículos –a la que identifica como familiar de los agresores– intentó detener la situación.

«La mujer les decía: ‘¿Pero qué estáis haciendo? ¿Estáis locos?’. Incluso a ella empezaron a empujarla, y fue cuando aproveché para subir otra vez al autobús y llamar al 112», rememora el marroquí. La Ertzaintza acudió al lugar y Ahmed fue trasladado posteriormente a un centro sanitario, donde le atendieron de las lesiones sufridas antes de presentar la correspondiente denuncia.

El Juzgado de Primera Instancia e Instrucción Nº 1 de Tolosa ha considerado probado que, tras aquella discusión relacionada con la circulación, los dos acusados participaron en un forcejeo que causó lesiones al conductor. La sentencia, dictada el 14 de abril de 2026, condena a ambos como autores de un delito leve de lesiones, imponiéndoles una multa de dos meses, una indemnización de 259,42 euros y el pago de las costas. La jueza otorgó plena credibilidad al relato de Ahmed, destacando que su declaración fue persistente, coherente y quedó corroborada por el parte médico, que recogía un hematoma frontal, escoriaciones, dolor cervical y lumbar y una lesión superficial en la rodilla.

Aunque la resolución judicial condena a los acusados por las lesiones, Ahmed insiste en que la dimensión del episodio va mucho más allá de los golpes. «Lo que más se me quedó grabado fue escuchar una y otra vez ‘puto moro’. Pensaba que esas cosas ya eran historia, pero parece que todavía queda mucho por hacer», reflexiona el conductor, quien asegura que el episodio no terminó cuando abandonó el lugar de la agresión.

A su juicio, la respuesta de la empresa para la que trabajaba entonces resultó especialmente dolorosa. «El gerente me llamó, pero no para preguntarme cómo estaba, sino para saber si iba a poder trabajar». Ahmed afirma que pidió a la empresa que se personara en el procedimiento o interpusiera una denuncia propia por los hechos ocurridos durante un servicio público. «Me respondió: ‘Ya veremos’. Fueron pasando los días y nunca hicieron nada», asegura el chófer, para quien esa falta de respaldo agravó el impacto emocional de lo sucedido. Él, pese a todo, no dudó en denunciar los hechos, y reconoce que la sentencia supone un espaldarazo. «Estas cosas hay que denunciarlas. Casos tan claros de racismo no se pueden tapar. Hay que sacarlos a la luz para que se solucionen», sostiene, convencido de que la resolución envía un mensaje a quienes sufren situaciones similares.

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