«Las expresiones juveniles son códigos que intentan preservar una identidad auténtica y libre»
El otrora integrante de combos como Bonzos o The Painkillers, ahora despliega una carrera literaria que busca analizar las realidades surgidas en los márgenes, un último capítulo, ‘Bilbao secreto’ (Ediciones Sirimiri), que fotografía las huellas de diversas formas de expresión alternativas.
Gara, , 20-07-2026Dado que no hay mayor experto sobre un fenómeno que quien ha habitado en sus entrañas, que Álvaro Heras-Gröh (Bilbo, 1972) formara parte de bandas ligadas al rock y al punk, y por lo tanto fuera protagonista de un movimiento juvenil, le otorga un docto saber sobre un ecosistema que, años después, analiza con clarividencia esta vez situado en el ámbito literario.
Obras que desde su iniciática ‘Lluvia, hierro y rock & roll’ hasta su más reciente creación, ‘Bilbao secreto. Subcultura y expresión juvenil bajo el asfalto del Gran Bilbao’, han condensado, deteniéndose en el auge de la heroína o la delincuencia juvenil, un retrato de la periferia sociocultural. Itinerario que en estas páginas prescinde de la palabra para ceder todo el poder a unas fotografías que observan las calles, los bares y cualquier rincón que contenga vocablos de ese joven idioma que busca su propia identidad al margen de relatos heredados o uniformadores.
Su bibliografía actúa casi como rastreadora de diversas formas de expresión dadas en Bizkaia al margen del canon establecido, ¿por qué esta vez decidió no usar las palabras y solo mostrar fotografías?
Desde que siendo adolescente mi madre me enseñó varios libros de Brassaï y Eugène Anget, la fotografía urbana siempre me ha fascinado. Más tarde descubrí a gigantes como Meryl Meisler, Raymond Depardon, Meyerowitz, Juantxu Rodríguez o García-Alix. Pero es la obra de Jamel Shabazz la que más me ha inspirado para este libro. Concretamente su obra ‘Back in the days’. La verdad es que después de publicar cuatro libros que requirieron varios años de trabajo muy intenso (entrevistas, hemeroteca, investigación…) me apetecía mucho hacer algo más ligero e inmediato, algo puramente visual. Un libro que te entre directamente por la retina, que te ‘golpee’ al ojearlo. Me marqué un plazo de seis meses y este es el resultado.
La primera fotografía que nos encontramos es una pintada que pone ‘Welcome to Mordor’. ¿Estamos ante un homenaje a aquellos que resisten a la homogeneización de las ciudades?
Más que rendir homenaje he querido capturar y dejar constancia de un momento concreto en la evolución histórica de las subculturas juveniles locales.
Entre pintadas, pegatinas y carteles que predican contra temas atemporales, como la guerra, la represión o el racismo, existen otras que hablan de gentrificación, Airbnb, turismo… ¿Los problemas actuales acaban por tomar el lenguaje de las calles?
Junto a los temas tristemente atemporales que mencionas, vivimos tiempos marcados por otros como la excesiva homogenización urbana, la gentrificación especulativa, la turistificación y un acceso a la vivienda cada vez más complicado, especialmente para la gente joven. La denuncia de estas problemáticas y la resistencia activa frente a ellas están muy presentes en el libro a través de las pintadas callejeras y las pegatinas en los baños de los bares y espacios autogestionados.
‘Ser como todos es no ser nadie’ es otra muy ilustrativa pintada que aparece en el libro, y que esconde ese orgullo de pertenencia, de idioma compartido, que pretenden las expresiones juveniles o alternativas. ¿Cree que precisamente esa necesidad se alienta más en contextos como los actuales donde se pretende imponer un relato único?
Yo diría que la imposición de un relato único en sentido estricto es más propia de las dictaduras y los regímenes autoritarios. Lo que ocurre en las sociedades del capitalismo tardío occidental es que una persona de veinte años puede verse sepultada por una avalancha de narrativas enfrentadas que compiten entre sí por la hegemonía mediante una lucha descarnada en la que, a la vista está, todo vale.
«He querido mostrar el grafiti que se mueve en los márgenes, que es el que más me interesa y también el que más controversia genera»
La tecnología y los medios han democratizado la difusión de ideas a una escala sin precedentes, es verdad, pero este avance también puede ser un arma de doble filo. Por un lado, se amplifican discursos reaccionarios que hasta hace nada dábamos por superados y que ahora regresan a través de algoritmos diseñados por corporaciones que actúan a favor de unos intereses muy concretos. Por otro, esta misma arquitectura digital fomenta una fragmentación enorme: nos separa en burbujas de afinidad, y muchas veces las alternativas de cambio real acaban diluidas en un mar de sobreinformación mal digerida, bulos interesados, polarización y ruido constante. Y claro, en semejante clima es muy difícil que las ideas se debatan más allá de la pura confrontación ideológica. Quizás peque de inocente, pero yo quiero pensar que las expresiones juveniles que aparecen reflejadas en el libro son, en realidad, trincheras simbólicas frente a todo esto. Son códigos que intentan preservar una identidad auténtica y libre frente a una marea de posverdad, odio y relatos manipulados que responden a unos intereses al servicio de determinadas agendas políticas y corporativas.
Comenta en la introducción del libro que su realización también ha supuesto para usted atravesar un muro generacional. ¿Somos demasiado insensibles a las nuevas realidades y expresiones que no son contemporáneas a nosotros?
Sí, pero mucho menos que cuando las madres y abuelas de las chicas y chicos que aparecen en el libro fueron jóvenes. En ese sentido la sociedad se ha abierto y la brecha generacional es más estrecha. Veremos a dónde nos lleva al actual auge de las ideas reaccionarias entre la juventud. Otra cosa son las diferencias vitales propias de la edad, que siempre han existido y siempre van a estar ahí como parte inherente de nuestra condición humana. Yo, a estas alturas de la vida, apenas frecuento determinados ambientes en los que antes me movía habitualmente, y mis inquietudes vitales no son las mismas que cuando tenía 20 años. Es algo lógico y natural. Y claro, cuando empecé a trabajar en el libro pensé que esta circunstancia podía ser un obstáculo a la hora de conectar con las chicas y chicos que aparecen retratados y explicarles mi propósito. Afortunadamente, tal y como cuento en el prólogo, estaba muy confundido.
Hay mucho espacio en este libro para los grafitis, un arte que parece el más consistente e inagotable en su capacidad para resistir desde el underground…
Yo incluso diría que, a diferencia de otras expresiones artísticas juveniles, el grafiti aún no ha sido del todo asimilado por el mercado o las instituciones. En el libro he querido mostrar su vertiente más subterránea y transgresora en oposición al muralismo decorativo; el grafiti que se mueve en los márgenes, que es el que más me interesa y también el que más controversia genera. Algunos lo consideran vandalismo o directamente delito; para otros es una forma de expresión artística legítima. Yo creo que es precisamente en esa dualidad donde encuentra su fuerza. Pero también te diré que entiendo muy bien a quienes les genera rechazo. Además, se da la paradoja de que la proliferación de grafiti también contribuye a la homogeneización y la monotonía visual en todas las metrópolis occidentales.
¿Tanto la estética, muy identificativa en las muchas personas retratadas, como la música, incluyendo una banda sonora al final del libro, siguen ejerciendo como factores principales en la búsqueda de esa identidad colectiva de pertenencia?
Claro. En el plano musical el rock, el rap, el tecno y otros estilos más actuales como el drill o el trap no son únicamente sonidos, sino que pueden convertirse en un lenguaje simbólico que permite a los jóvenes diferenciarse del mundo adulto, conectar con sus iguales y rebelarse frente a lo que consideran injusto. Exactamente igual que la vestimenta y el aspecto físico. Esto ha sido así desde el surgimiento de las primeras subculturas juveniles en los EEUU y Gran Bretaña durante la década de 1950. Al articular valores, estéticas y discursos comunes, la música y la ropa dotan a las chicas y chicos de un sentimiento de pertenencia y se convierten en una manera de expresar y canalizar su rebeldía y sus inquietudes, además de forjar una identidad compartida.
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