Se buscan negros, gordos y homosexuales para el cine
Al cine se iba, y se va, para ver a Brad Pitt, o a Zendaya, no a un gañán negro y gordo rascándose el calzoncillo, pero no es este el problema, sino la turra que dan estos pseudoexpertos que rellenan 120 páginas con una conclusión de astracanada buenista
El País, , 20-07-2026Lástima que el dios Berlanga ya no está entre nosotros, porque haría un buen guion con Azcona sobre el casting ideal que desea el Ministerio de Infancia y Juventud. El departamento que dirige no se sabe muy bien para qué; la señora Sira Rego encuentra que en las películas y series españolas faltan negros, homosexuales y gordos, o lo que tradicionalmente se llamaba gordo y ahora es persona obesa o con sobrepeso o, lo que incita a la locura, «cuerpo disidente», o sea, el que se sale de la norma por la que la mayoría de nosotros no rodaríamos un anuncio de Armani. Hay que joderse. Tanto tiempo creyéndome más bien bajito y resulta que era disidente. Si no hay un o una o une representante del univeso lgtbiqa+, un inmigrante y un obeso, la película no refleja la diversidad de la calle, concluyen. Pero para eso están Ken Loach y León de Aranoa y la mayoría del catálogo plumero de Netflix. A ver si van a teñir a Antonio Resines como en «El cantor de jazz».
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Los cenutrios que firman el informe sabrán de negros y de gordos, o de como se llamen, pero no tienen idea de lo que es el cine, el gran arte del engaño. Nos hace creer en cosas que no existen, como en hombres heterosexuales que vuelan o chicas que con sus patadas voladoras se liquidan a una docena. En cuanto a los cuerpos disidentes, veamos, Bette Davis hizo de guapa en alguna película y esos ojos saltones no eran precisamente normativos, solo que de tan buena actriz podía transformarse en seductora.
Al cine se iba, y se va, para ver a Brad Pitt, o a Zendaya, no a un gañán negro y gordo rascándose el calzoncillo, pero no es este el problema, sino la turra que dan estos pseudoexpertos que rellenan 120 páginas con una conclusión de astracanada buenista. Tampoco salen en las películas, menos en las primeras de Almodóvar, hasta que Pedro pasó de peluquero a estilista; señoras amas de casa con su batita, ni señores jubilados con la camisa de manga corta a cuadros y un pantalón de vestir que les queda grande. Cuánta ternura. Eso sí es la calle fetén. Me pregunto en qué momento y por qué mi padre empezó a llevar camisas de manga corta. Pero ese es otro asunto. Noto un sesgo de edadismo, si no gerontofobia, en ese informe sobre la chavalería española.
Esta corte de lo correcto emplea la técnica hipócrita y tan burguesa del «siente a un pobre en su mesa» que tan bien refleja Plácido, solo que los pobres se han transformado en «personas racializadas». Fundido en negro, pues.
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