Ojalá nuestros Lamines ganen en todos los campos

Tenemos que entender qué significan todos esos movimientos para así propiciar que argelinos, marroquíes, turcos o ghaneses no tengan solo abierta la puerta grande del deporte

El País, Elvira Lindo, 19-07-2026

“Jesse Owens, el atleta que derrotó al nazismo”, este es, más o menos, el engañoso título con el que todavía hoy algunas páginas prestigiosas glosan los triunfos de Owens en las Olimpiadas de 1936, las de Berlín, las del Führer. Si alguien se adueñó de ese relato, como ahora se diría, fue la inagotable narrativa épica estadounidense que, siempre barriendo para casa, se cuidó mucho de omitir la segunda parte. Por un lado, lo mejor de Hitler estaba por llegar; por otro, el atleta americano volvió a sufrir en sus carnes la segregación racial de Estados Unidos, con linchamientos incluidos y una violencia que todavía hoy sigue sin resolverse. Owens, con sus medallas olímpicas, accedió a su propio homenaje en el Waldorf Astoria subiendo en el montacargas. Pero así se cuenta la historia peliculera y así se fosiliza en nuestra memoria, que cuenta que el deporte y la música derrotaron el racismo. Como dice Ta-Nehisi Coates, ensayista afroamericano menos optimista, todo lo que soy se esfumaría si la policía me detuviera una noche en Central Park.

En 1998, Francia inauguró toda una época con una selección de fútbol de origen diverso que reflejaba la realidad multiétnica de su población trabajadora. Aun con las críticas de racistas desacomplejados de la extrema derecha que ponían en duda la francesidad de los jugadores, la tendencia no ha parado de crecer y de extenderse hasta este presente en el que un país tan atrasado en materia migratoria como ha sido España, en el que mi generación creció sin compartir pupitre con un niño negro o magrebí, llega a la final con españoles de orígenes diversos. Lo que estaba por llamarse el Mundial de la globalización ha pasado a denominarse de la diáspora dado que los movimientos entre unos países y otros muestran curiosidades que nos hacen reflexionar sobre la identificación que se tiene con el país que acogió a tu familia. Eso tan resbaladizo que se llama el arraigo no solo depende de la voluntad del recién llegado, también de nuestra actitud hacia quien llega. Volvamos a Ta-Nehisi Coates, ¿qué pasaría con un Lamine Yamal, esos ojos penetrantes, esa mirada inteligente en el campo, ese pelo teñido y peinado de mil maneras, qué sería de él si la policía se lo encontrara rondando por un parque de su ciudad en la noche? ¿Le pediría la documentación? Tal vez usted o yo también desconfiáramos del muchacho porque es muy distinto observar a un joven con rasgos asociados a la inmigración en el terreno del éxito que merodeando por la ciudad sin destino aparente. Lo que las palabras de Rajoy denotaban no era solo el racismo inconsciente que escondemos los blancos por cuanto somos la raza (digo raza con todas las comillas) privilegiada, sino el clasismo de quien solo se relaciona con inmigrantes cuando actúan de servidores en nuestra vida diaria.

Siendo la nuestra una sociedad cada vez más segregada, en ciudades como Madrid o Barcelona, hay gente que vive sin advertir que los bancos de la periferia están llenos de muchachos como Lamine, que si no se hacen estrellas del fútbol tendrán difícil acceder a una vida mejor. Francia, que no ha resuelto la integración de los inmigrantes pobres que habitan las banlieues y comprende que es un asunto muy sensible, alberga hoy una extrema derecha que ha corregido y esconde el racismo agresivo de los noventa, permitiéndose reprobar el chusco comentario de nuestro expresidente. Algunos lo disculpan tildándolo de sarcástico, pero es un asunto delicado que nos concierne a todos. Debiera considerarse una buena señal que el descendiente de un inmigrante quiera jugar en la selección de acogida y también conviene preguntarse porqué un jugador ya arraigado en un país europeo desea representar al país de sus padres ante el mundo. Puede que sea un signo de amor hacia ellos, hacia los abuelos que se quedaron atrás, o pueda que sea el resultado de una identidad rencorosa, de quien se resiente porque los suyos no llegan a ser del todo aceptados en el nuevo país.

Lamine Yamal celebra la victoria en octavos de final del Mundial 2026 contra Portugal.
Koji Watanabe (Getty Images)
Yo deseo que los muchachos como Lamine o como Nico Williams se sientan en su casa, porque esta es su casa. Creo que al contrario que Jesse Owens ellos van a ganar una importante cantidad de dinero que les abrirá todas las puertas. Es una ventaja, a veces también un peligro. Pero hay quien no pierde la cabeza. Ha sido reconfortante presenciar cómo Kylian Mbappé se ha peleado con los directivos de su selección por no estar de acuerdo con que su imagen se utilice para anunciar comida basura o promocionar casas de apuestas deportivas: “Somos la selección francesa, somos un ejemplo a seguir. Algunos de nosotros venimos de barrios donde eso destruye a un sinfín de personas, ha destruido a gente que conozco”. Esas palabras marcan la diferencia. No todos querrán enfrentarse a la inercia comercial de un club o exponer sus ideas políticas, pero siempre será un signo de integración que opinen y participen en los asuntos del país que representan. Cuando Lamine Yamal ondeó la bandera palestina en la rúa del Barça o cuando protestó por los cantos racistas en Cornellà durante el España-Egipto (¡Musulmán el que no bote!) recibió críticas hirientes de aquellos que preferirían que los deportistas estuvieran callados y, más todavía, de aquellos que creen que una manera de estar agradecido al país de acogida es pagar con el silencio.

Habría que estudiar cada caso de esta diáspora. Las historias, como ya se vio en el documental de los Williams, son edificantes. Detrás de ellos encontramos la huida de sus padres, el tesón de las madres, el recuerdo de los abuelos, el desarraigo, la bondad siempre de algunos desconocidos en el país al que llegan, el racismo latente y el evidente. Tenemos que entender qué significan todos esos movimientos para así propiciar que argelinos, marroquíes, turcos o ghaneses no tengan solo abierta la puerta grande del deporte; que sean habituales más jóvenes como ellos en los medios, en los partidos, en las alcaldías, en los hospitales, para que estén a la vista de personas que, ignorando su presencia en la vida diaria, piensan que son una excepción cuando salen al campo de juego. Ojalá que en un futuro nuestros Lamines accedan al fin a todos los campos.

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