De qué sirve el Mundial
Canarias 7, , 19-07-2026Francia tiene una plantilla «de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses», escribió Mariano Rajoy. Después, el PP explicó que lo había hecho «sin intención» y que solo pretendía ensalzar a España. Pero cuesta entender qué elogio a la selección española exige negar la condición de franceses a los jugadores de un rival. Una se pregunta qué les falta para serlo: si es el color de la piel, el origen de sus padres o la religión. Francia acudió al Mundial con una selección en la que predominan los futbolistas de ascendencia africana, magrebí o afrocaribeña y en la que varios jugadores se declaran musulmanes. Ninguno de esos datos los convierte en menos franceses.
España tampoco resistiría semejante examen de pureza. Tiene jugadores de ascendencia marroquí, ecuatoguineana o ghanesa, algún musulmán y una nutrida representación de catalanes, vascos y navarros. Aplicando la terminología que durante años ha utilizado la derecha española, podríamos empezar a descontar separatistas, independentistas y, quién sabe, hasta amigos de los etarras. Todo sin mala intención, naturalmente, y solo para ensalzar a España. El absurdo aparece con claridad cuando el prejuicio que lanza sobre Francia se vuelve contra la propia selección.
Porque ni Francia es ya Francia ni España es ya España en el sentido étnico, religioso o sexual que parecen añorar algunos. Las democracias europeas son sociedades mestizas, construidas por migraciones, mezclas, familias de distintos orígenes y ciudadanía que no necesita compartir antepasados, apellidos ni color de piel para pertenecer al mismo país. Gracias a las libertades, las fantasías de pureza nacional han terminado en el desagüe. Un país no es una raza, una religión ni una genealogía: es una comunidad política formada por quienes viven en ella y se reconocen como parte de ella.
Yo tampoco tengo mala intención cuando digo que Mariano Rajoy está ya para poco más que tomar sopas o natillas. No lo llamo viejo, porque la edad no es el problema. Sencillamente, parece que retrocedió su reloj a otra época, aquella en la que la nacionalidad se medía por los rasgos de la cara y no por la ciudadanía, donde unos eran los vasallos y otros los nobles. Quizá para esto sirva también el Mundial: para mostrar que las selecciones se parecen cada vez más a los países reales y bastante menos a la idea que algunos intentan imponer metiendo de tapadillo la conspinaroia del reemplazo.
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