«Peñascal me ha salvado, siempre va a quedar en mi memoria»

Alaeddine Dehar recuerda su travesía de seis años de integración social hasta conseguir trabajo como mecánico, en la que la ayuda de la cooperativa fue tan esencial como su tesón

Diario Vasco, Kevin Iglesias, 18-07-2026

Todas las historias de superación como la de Alaeddine Dehar, argelino de 29 años, comienzan de la misma manera. Desgraciadamente, pocas de ellas son las que tienen un final justo. Su vida en Gipuzkoa, tras seis años de muchas batallas en silencio, está marcada por la asistencia en su integración por la cooperativa sin ánimo de lucro Peñascal, en particular a su sede en Tolosa, que agradece y habla como si de un familiar se tratara. Hoy, afirma con orgullo que aquello que le llevó a dejar su tierra está cumplido, a pesar de que el camino por recorrer todavía sea largo. Trabaja como mecánico para una empresa de maquinaria de Elgoibar, profesión que ha perseguido incansablemente, evitando problemas y malas compañías que le habrían negado cumplir sus aspiraciones.

Su llegada a España fue «de manera ilegal, en patera». Un riesgo a correr para «mejorar mi vida, seguir con mis estudios y buscar trabajo». Atrás dejó a una familia en la que la educación, además de dar de comer, cimienta sus valores. Cuando se subió al bote en enero de 2020, había dejado su carrera de Derecho en la universidad. Ya había hecho unos primeros estudios sobre programación de centralitas de vehículos y, sumado a su gusto por los coches y la mecánica, dio el paso.

Pasaron días hasta que fue trasladado a Euskadi. Tras alcanzar tierra en Cartagena, pasó a Granada y Madrid, hasta establecerse en una vivienda okupada en Martutene «sin luz ni agua». En situación de sinhogarismo, nada hizo que se saliera de su objetivo de mejorar su vida. «Me despertaba a las siete de la mañana, cogía el tren a Ategorrieta e iba al CEPA Donostia, para aprender castellano», recuerda, además de la ayuda aportada por Cáritas. La primera piedra paró su vida, igual que la de todos: el coronavirus obligó a la sociedad a encerrarse en sus casas. En su caso, al albergue de Txurruka, en Orio, que la Diputación dedicó a personas en su misma situación. Que previamente hubiese acudido regularmente al Servicio Municipal de Urgencias Sociales (SMUS) y empadronarse le abrió esa vía. Medio año de estancia después, comenzó su contacto con Tolosa y Peñascal.

«Allí empecé a estudiar. He aprendido incluso a cocinar. Nos formaban en la profesión que quisiéramos. Se encargaron de todo: de la vivienda, de la comida, de apuntarnos en Lanbide, de los trámites de documentación, de empadronarnos, la homologación de los estudios… Incluso teníamos abogado», enumera Dehar, añadiendo que «no nos ha faltado de nada, nos han cubierto de todas las formas». Una vez terminada su formación y con un trabajo al que acudir cada día, fue el momento de abandonar la cooperativa y emprender su viaje solo, aunque contó con apoyo dentro del programa Trapezistak del Gobierno Vasco.

Para él es muy importante resaltar la «oportunidad» brindada durante esos tres años. «Lo que hemos tenido nosotros no lo han tenido otros, que han vivido en la calle o como okupas. Te quitas de preocupaciones, con un techo, una ducha, comida caliente. Si estás enfermo, te llevan al médico. Nos han dado tranquilidad y concentración, que durmiendo en un cartón, donde si tengo hambre me tengo que buscar la vida, no tengo», indica. La diferencia reside en que fue parte del programa Trapezistak del Gobierno Vasco, ayudando en la transición a la vida adulta, hacia su independencia, de jóvenes migrantes sin referentes familiares y en desventaja social. «En vez de echarnos a la calle y buscarnos la vida, nos han protegido con ayudas para el alquiler y comida», indica.

Posteriormente, ha seguido ampliando sus conocimientos, algo que quiere seguir haciendo, además de trabajar para diferentes compañías en Arrasate, Lasarte – Oria y finalmente Elgoibar, donde acaba de empezar. «El Gobierno Vasco y las asociaciones que me han dado una oportunidad que en Francia o Alemania no se da. Las formaciones se pagan. Aquí he podido formarme en mi sector, he aprovechado mi tiempo», asegura Alaeddine Dehar.

Salir de la calle implica mucho esfuerzo, que las administraciones y diferentes asociaciones alivian, solo a quien quiere aprovechar la mano tendida. La vida en esta situación es «muy complicada». «Desde que te levantas hasta que vuelves de madrugada, estás mojado, sin comida… pasas el día en riesgo. Que si peleas en la calle, te roban tus cosas, controles de documentación… La calle es muy difícil y hay mucha gente que ha perdido su vida y quiere que tú también pierdas la tuya. Tienes que ser listo y no mezclarte con esa gente. Hay que acercarse a las bibliotecas, a la EPA, a Cruz Roja o al SMUS, aprender la lengua…», comenta.

Por ello, manda un mensaje a los jóvenes para «que se acerquen a los colegios donde se dan ayudas». «Veo vídeos en Instagram de chicos que provocan problemas en Donostia. Peleas, robos, violencia… Eso nos da mala fama a nosotros y me da rabia. Me duele en el corazón cuando veo algo así. No tienen por qué seguir como estaban en Marsella, París o Argelia o de donde vengan. Esto es el País Vasco; aquí se forma a la gente. Si tú eres bueno y quieres cambiar tu vida, tienes una oportunidad. No tienen que olvidar para qué han venido». Dehar añade que «han cruzado el Mediterráneo, han arriesgado su vida, han dejado a sus familias y casi mueren en el mar. Y vienen aquí para robar una cartera, un móvil o una mochila. No puede ser. Así no van a llegar nunca a tener un buen futuro».

Por todo ello, les anima a apuntarse a la EPA en septiembre y estudiar castellano, porque «no es solo tener el empadronamiento y buscar los papeles. Si no sabes el idioma, no puedes discutir, no puedes pedir un trabajo, no puedes hacer una formación. Nadie que tenga una empresa va a contratar a alguien que no esté formado, dejando que juegue con una máquina que vale 300.000 euros. Es imposible. Solo el hecho de estar apuntado en un centro de enseñanza para formarte te va a cambiar la vida». Ir cumpliendo las etapas propias del aprendizaje es esencial para «que se quiten la idea de que aquí no hay vida». Es decir, para prosperar. «Cuando empiezas a hacer el curso, aparece la luz. Esto no es como donde han estado. Todo esto se lo repito a los chicos de la calle que se me acercan a pedir algo; es el consejo que les doy».

Para un futuro le gustaría seguir aprendiendo porque «los estudios nunca acaban» en un sector en constante renovación, pero lo que más ilusión le haría es que sus padres, cuando se jubilen, puedan residir junto a él. «No pido más. Estoy haciendo lo que quería».

Es la voluntad y el tesón lo que le ha empujado a esta situación, gracias a la asistencia de los diversos recursos sociales existentes. Siempre ha tenido claro cuál era su objetivo y lo que quería hacer. «Por eso le doy las gracias a Peñascal, y en especial a Guillermo Malkorra y todo el personal. Nos han salvado, han tenido un rol muy importante. Han sido como una familia. He tenido mi espacio, comida y dinero para el curso, me orientan, están pendientes de mí… Parece que estás en casa. Si hubiera estado suelto, sin la protección de nadie, en la calle, igual no saco los títulos que tengo hoy en día. Me han dejado cumplir lo que he querido hacer, gracias a ellos».

El cariño que guarda de aquellos años y personas se ha convertido en una «cicatriz», que «siempre va a quedar en mi memoria porque he tenido mucha relación con ellos. Son parte de mi familia». Alaeddine Dehar quiere ser el ejemplo de que, igual que muchos otros antes que él, tomando la senda correcta, se puede vivir mejor y cumplir con aquello que te hizo emigrar.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)