Dos formas de ver un partido
En unas pocas horas he viajado de la España que más emigra a la que más inmigración recibe
El País, , 16-07-2026El martes me desperté en el diminuto pueblo de donde procede mi familia materna, en las Tierras Altas de Soria. Había pasado allí solo unas horas, las necesarias para dormir por fin una noche al fresco y comprobar que los rumores que me llegaban eran ciertos: la primera cadena de la Televisión Española no se podía sintonizar bien y, por tanto, los vecinos no estaban pudiendo ver el Mundial. En mi televisor, unas rayas partían aleatoriamente la mitad de la pantalla, algo que, al parecer, no es lo ideal cuando se sigue el lanzamiento de un penalti. Ustedes se preguntarán por qué existen lugares en España donde no se puede ver La 1 y cómo es posible que, en caso de una necesidad tan extrema como una final, esos pacientes ciudadanos no hayan sacado ya las guillotinas. Pues ocurre por los mismos motivos por los que en los últimos veranos ha faltado suministro de agua potable, el acceso a internet nunca ha sido fiable y con cada tormenta falla la conexión telefónica. ¿Recuerdan que cuando los protagonistas de la serie El pueblo querían usar sus móviles tenían que subir a una torre en ruinas para pillar un poco de cobertura? Se grabó por allí.
Al mediodía recogí mis cosas, cerré la casa y me subí al coche. En la radio local, Ángel Ceña, un político de la oposición, respondía a las políticas de “prioridad nacional” presentadas por el vicepresidente primero de la Junta, que pertenece a Vox. Le decía que el 53% de las personas nacidas en Soria vivía fuera de la provincia, así que sin inmigración no tenían ningún futuro. Comprobé los datos: es la provincia española de la que más gente se va. Hay más sorianos fuera que dentro. El pico exacto del abandono se sitúa en los 27 años, “el momento en que se busca el primer empleo estable, se forma pareja o se decide dónde asentarse”, escribe la periodista Esther Guerrero en el diario Soria Noticias. La capital de Soria ha conseguido en los últimos años revertir una bajada de población que parecía inevitable gracias a sus nuevos vecinos extranjeros.
A media tarde llego a mi barrio de Madrid. Aquí todo es distinto: hay muchos seres humanos, mucho calor y muchas pantallas. He quedado para ver el partido en un bar. Nos gusta este local porque los sofás son cómodos, hay luces de neón, juegos de mesa, un billar, una mesa de mahjong, monitores enormes sin interferencias horizontales y un montón de gente joven. Los chicos y las chicas que nos rodean llevan unos looks muy trabajados en los que integran con gracia las camisetas de la selección. Gritan y saltan con cada gol. Buena parte de ellos son hijos de inmigrantes asiáticos o latinos, ya nacidos en España o que llegaron muy jóvenes. En nuestra mesa, una amiga comenta que la composición del bar, por lo joven y diversa, se parece a la de la selección española, y tiene toda la razón, aunque no haya chicas en el campo. No me interesa mucho el deporte, pero mis acompañantes me explican que cada uno es de su padre y de su madre y que esa es parte de la gracia de esta generación de futbolistas. Hacen un chiste sobre que incluso hay un jugador del Real Madrid y tienen la delicadeza de explicármelo. Nos acordamos, claro, de Rajoy y sus comentarios sobre una selección francesa “sin franceses”.
Ya acabado el partido y celebrada la victoria, repaso mentalmente mi martes. En unas pocas horas he viajado de la España que más emigra a la que más inmigración recibe. Ni una es cosa del pasado ni la otra es un reto del futuro; he estado en ambas en el mismo día.
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