Vivero, ejemplo de integración y amistad

Bodas de oro. La sociedad de Sanjuandegi cumple 50 años. Varios socios fundadores recuerdan aquellos comienzos hace ya cinco décadas

Diario Vasco, Eli Aizpuru, 11-07-2026

La sociedad nos unió y nos ayudó a integrarnos», son palabras de uno de los socios fundadores de la sociedad Vivero de Sanjuandegi, Felipe Murillo Martín. Al lado, sus compañeros, Antonio Merchán Arellano y Jesús Mateos González, asienten con la cabeza. Los tres son inmigrantes, llegaron con muy poca edad desde el Valle de La Serena, en Badajoz. Jesús es de Salamanca. En la mesa se encuentra también Anjel Etxabe, actual presidente de la Junta.

El motivo de la reunión es nada menos que el 50 aniversario de la fundación de la sociedad Vivero. Algo que celebran este fin de semana por todo lo alto. Apenas necesitan mirarse para reconstruir una historia que comenzaron a escribir hace ya cinco décadas. Las fechas pueden variar, algún detalle se mezcla con otro y las anécdotas provocan risas y pequeñas discusiones, pero todos coinciden en lo esencial: la Sociedad Vivero nació de la amistad.

El día de la inauguración – el 15 de mayo de 1976 – eran 34 socios (hoy en día son 40). «Éramos dos cuadrillas, generalmente extremeños y andaluces», recuerda Murillo. «Aquí había muchas sociedades. Nos juntamos varias cuadrillas. Entre ellos estaba José Luis Arias, que fue el que impulsó la creación de Vivero», dice Murillo. «Más tarde, el hombre regresó a Córdoba. Él fue el promotor de la sociedad – añade también Antonio – junto a Reyes Hidalgo, fallecido».

Poner en marcha la sociedad no fue sencillo. Solicitaron un préstamo de «600.000 pesetas de entonces» para comprar el local y fueron los propios socios quienes realizaron prácticamente todas las obras. «Entre todos trabajamos a destajo. Había carpinteros, albañiles… Éramos veinteañeros, sin un duro en el bolsillo, y conseguimos hacer esto. Cada uno echaba las horas que podía. Todo estaba apuntado para que el trabajo estuviera repartido», dicen.

Aseguran que nadie apostaba por ellos. «No nos daban un duro. Había quien decía que aquello no iba a durar ni un día», dice Murillo, pero «teníamos ilusión», apunta Merchán.

Precisamente por eso consideran que haber mantenido viva la sociedad durante medio siglo es su mayor satisfacción. Mucho más que un lugar para comer, los fundadores insisten en que la sociedad fue clave para integrarse en el pueblo. «Nos ayudó a juntarnos entre nosotros y también a integrarnos en Azpeitia», continúa Murillo. «Para nosotros, que veníamos de fuera, fue un orgullo», coinciden tanto Felipe como Antonio y José.

Explican que la sociedad les permitió conservar los vínculos con la gente de su tierra y crear otros nuevos con el paso de los años. «Nos ha hecho mejores personas».

El nombre de la sociedad no fue casual. «Le pusimos Vivero por el campo de fútbol del Badajoz». Aficionados como eran, formaron un equipo de fútbol «además, federado», matiza Murillo, que también fue el entrenador del equipo infantil.

Prueba de ello son las copas que conservan en la sociedad, todas ellas de diferentes logros obtenidos por el equipo de fútbol. «Sacamos tres copas y todas las que hay aquí son del fútbol», dice José.

Uno de los cambios más importantes que se ha dado en Vivero ha sido el relevo generacional. Al principio todos los socios eran inmigrantes extremeños. Hoy la mayoría son hijos o nietos nacidos en Azpeitia. «Nuestros hijos ya son de aquí. La sociedad ha ido pasando de padres a hijos».

Los fundadores consideran que esa continuidad garantiza el futuro. «Ahora está mejor que antes porque ha entrado gente joven».

El recuerdo más emotivo de la entrevista es el accidente sufrido por uno de los socios fundadores el mismo día en que iba a inaugurarse la sociedad. La mujer y la hija de uno de los socios fallecieron en un accidente de tráfico cuando regresaban desde Barcelona. «Suspendimos la inauguración y fuimos todos al funeral. Eso forma parte de nuestra historia», recuerda Murillo.

Reconocen que, como ocurría en muchas sociedades gastronómicas de la época, al principio las mujeres no podían ser socias ni acceder a determinados espacios. «No podían entrar en la cocina, solo acompañadas de socios», explica Felipe. «Hoy en día también. Sea hombre o mujer, si no está el socio no puede entrar en la cocina», matiza Anjel.

Con el paso de los años esa situación fue cambiando hasta la incorporación de las primeras socias, un proceso que recuerdan como «natural» dentro de la evolución de la entidad.

Además de ser un espacio de convivencia, Vivero ha participado durante décadas en la vida del barrio y del pueblo. Recuerdan su implicación en las fiestas, campeonatos deportivos y, más recientemente, en la Tamborrada.

Este 2026, en su 50 aniversario, la sociedad Vivero ha participado por vez primera en la Tamborrada azpeitiarra. «Participamos en actividades todos los años. Maratones, en la Azpeitia Cup, dando de comer a los chavales de diferentes equipos que competían en el torneo, etc.», recuerdan entre todos.

Todos coinciden en una misma idea: más allá del local o de las actividades organizadas, el verdadero patrimonio de Vivero es la convivencia creada durante cinco décadas. «Sigue habiendo ambiente, bien para ver partidos de fútbol, etc.», dice Anjel.

Incluso cincuenta años después, los fundadores siguen reuniéndose los viernes a cenar y a jugar la partida. Eso lo dice todo. «La sociedad es para disfrutar, no para pelear», aseguran, subrayando también la importancia de contar con un parque infantil justo enfrente. «Aquí se han criado nuestros hijos». «Es la joya que tenemos», finalizan.

A por otros 50 años.

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