El buen samaritano en la ONU
«Somos capaces de llevar a cabo admirables acciones para ayudar a otras personas»
La Razón, , 11-07-2026Ni somos lobos (como pensaba Hobbes), ni corderos (como quería Rousseau). Es bien sabido que nuestra especie se caracteriza, como el resto de los primates, por un notable impulso prosocial, que nos lleva a establecer vínculos de todo tipo con nuestros congéneres y a organizarnos socialmente de forma muy compleja. Somos capaces además de llevar a cabo, de manera desinteresada, admirables acciones para ayudar a otras personas, incluso a extraños, como saltar a las frías aguas de un lago para salvar a alguien que está ahogándose, o desprendernos de parte de nuestras posesiones para auxiliar a quien se halla en dificultades económicas. Claro que también usamos nuestra posición dentro de los grupos a los que pertenecemos en beneficio propio, haciendo que otros trabajen para nosotros, medrando a su costa o denigrándolos, incluso, para reforzar nuestro ego. Y desde luego, nos embarcamos recurrentemente en conflictos de todo tipo, desde breves peleas al acabar un partido de fútbol, hasta prolongadas guerras de alcance mundial. En líneas generales, nuestra tendencia a comportarnos de forma gregaria, ayudar a nuestros semejantes y colaborar con ellos en empresas colectivas es mayor cuando
se trata de personas que forman parte de nuestro entorno más próximo
; tendemos, en cambio, a ser hostiles con extraños o desconocidos, mostrándonos menos proclives a auxiliarlos o a trabajar juntamente con ellos en un empeño común.
Un extenso trabajo de revisión sobre el comportamiento cooperativo humano, aparecido recientemente en la revista Nature Human Behavior, trata de explicar estas tendencias contradictorias, lo que debería ayudar a reducir los comportamientos que cabe considerar disfuncionales, o directamente indeseables, en las interacciones humanas y a reforzar aquellos otros que facilitan el entendimiento entre las personas, especialmente con quienes son diferentes a nosotros. Los autores del artículo se han basado fundamentalmente en investigaciones realizadas en el laboratorio. En general, se trata de experimentos en los que se pide a los sujetos que tomen decisiones ante dilemas ficticios que tienen implicaciones sociales. Por ejemplo, que acuerden cómo repartir una determinada cantidad de dinero con otra persona, a sabiendas de que si el otro no acepta nuestra propuesta, ambos se quedarán sin dinero (si le doy casi todo, se mostrará conforme, pero yo saldré perjudicado; si le doy poco, yo saldré beneficiado a priori, pero como seguramente rechazará mi decisión, me quedaré a la postre sin dinero). En ciencia, situaciones idealizadas como la anterior permiten estudiar de forma simplificada (y, sobre todo, controlada) fenómenos complejos de interés, reduciendo el número de las posibles variables que los explican, lo que permite identificar con más precisión aquellas que contribuyen en mayor medida a lo observado, en este caso el comportamiento real de las personas en cualquiera de nuestras sociedades. Lo que estos estudios han puesto de manifiesto es que los humanos cooperamos por dos razones principales: porque buscamos ser retribuidos en la misma medida en que contribuimos a algo (esto es, siguiendo un principio de reciprocidad) o por un impulso natural a ayudar a los demás (es decir, atendiendo a un principio de empatía). Tales tendencias igualitaristas y empáticas parecen tener un fundamento biológico, porque aparecen espontáneamente en niños muy pequeños. Con el tiempo, aprendemos, ciertamente, a socializar de una manera más racional, invirtiendo tiempo en analizar las causas y las consecuencias de nuestro comportamiento, lo cual no implica que nos volvamos necesariamente menos solidarios, pero sí más conscientes de los sutiles equilibrios que subyacen a la cooperación entre las personas, constantemente amenazada por los impulsos egoístas (en contra del principio de reciprocidad) o la falta de interés en la colaboración (en contra del princpio de empatía). Los investigadores advirtieron algo más: somos más proclives a cooperar con personas concretas que con grupos de personas. Las razones son fáciles de entender: en las interacciones entre dos personas la inmediatez es mayor y la variabilidad, menor. En cambio, la colaboración entre muchas personas suele implicar tener que poner de acuerdo a individuos con caracteres y motivaciones dispares, y a menudo, que la recompensa que motiva la cooperación se posponga en el tiempo. Además,
los grupos suelen generar dinámicas de exclusión de algunos de sus miembros
o fragmentarse en subgrupos enfrentados, lo que nos provoca inseguridad, la cual reduce, a su vez, nuestra proclividad a colaborar con otros. Finalmente, los autores del artículo discuten lo frágil que resultan los acuerdos para cooperar establecidos entre grupos humanos de diferente procedencia. Y es que, si preferimos colaborar con personas concretas a hacerlo con un grupo de ellas, nos atrae aún menos cooperar con grupos diferentes a aquel al que pertenecemos. En todas las culturas, y desde edades muy tempranas, las personas tienden a categorizar a los individuos con los que interactúan como «de los míos» o «de los otros», lo que sugiere que dicha tendencia cuenta, asimismo, con un fundamento biológico. La preferencia a cooperar con quienes percibimos como «de los míos» se traduce inevitablemente en un trato privilegiado a los miembros del grupo propio, lo que reduce, a su vez, las posibilidades de colaboración con quienes pertenecen a otros grupos, por sentir estos últimos conculcado el principio de reciprocidad y por percibir una menor empatía hacia ellos. En último término, si los otros consideran que tal comportamiento endogámico supone una amenaza para su bienestar, pueden acabar produciéndose respuestas hostiles, que con frecuencia escalan hasta convertirse en agresiones directas (como cuando se pasa de una guerra arancelaria, pensada para proteger los intereses propios, a una lucha real en el campo de batalla).
Las conclusiones de estos trabajos realizados en los laboratorios de psicología nos permiten entender mejor las dinámicas reales seguidas por nuestras sociedades y deberían ayudarnos a promover políticas más eficaces para tratar de minimizar los conflictos inherentes a un mundo crecientemente individualista, cada vez más heterogéneo socialmente y extremadamente globalizado. Y es que, a pequeña escala, asistimos a lo que podríamos denominar una «monetización de la solidaridad». La mera empatía, como la mostrada por el buen samaritano evangélico, está siendo desplazada por la reciprocidad en las interacciones, con el añadido de que ya no intercambiamos favores, sino dinero a cambio de tales favores. Todo acto cooperativo tiene hoy un precio, desde cuidar a nuestros mayores hasta cambiar la rueda de un coche. A una escala mayor, hemos creado sociedades multiculturales sin borrar antes las fronteras culturales entre los grupos que las forman (de hecho, hacemos justo lo contrario: promover a ultranza la preservación de la idiosincrasia cultural). Así, por ejemplo, en España vamos a regularizar a centenares de miles de inmigrantes
sin exigir antes una integración cultural real
, lo cual solo cabe esperar que potencie nuestra innata reluctancia a cooperar con quienes vienen de fuera, sentando las bases para conflictos ulteriores de mayor calado. Como siempre, la política trabaja al dictado de la ideología y en contra de la evidencia científica. Necesitamos más samaritanos y menos alianzas de civilizaciones.
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