La inmigración, parche y cohete del Estado del bienestar
Que la llegada de trabajadores del exterior esté solventando los problemas de mano de obra no exime de un debate serio sobre su impacto
El País, , 10-07-2026Las personas migrantes merecen dignidad y respeto, pero analizar el impacto de la inmigración como fenómeno no debería ser un tabú en democracia. Se ha instaurado la idea en España de que atraer extranjeros servirá para solucionar todos los males de nuestro Estado del bienestar. Sin embargo, existen motivos para creer que ello solo nos permitirá ganar tiempo o, incluso, que nuestra clase política ha encontrado en el factor migratorio la forma de ir parcheando aquellos retos demográficos y económicos que eran previos.
Decía Pedro Sánchez que sin la llegada de inmigración habría 90.000 bares que cerrarían de aquí a 2050 y que una de cada tres explotaciones agrícolas desaparecería en España. Es decir: vino a confesar que la reciente regularización —que ahora excede por más del doble las previsiones del Gobierno— no solo fue por humanismo, sino que la patronal también necesitaba inmigración “como el aire para respirar”, según dijo el presidente de Foment del Treball y seguramente piense la CEOE. Eso explicaría por qué nuestro país ha abierto la mano a la recepción de unos dos millones de trabajadores en los últimos cuatro años. El milagro económico de Sánchez, pues, tiene letra pequeña: si el PIB no se hace notar en el bolsillo de los ciudadanos es porque hemos crecido más por volumen de trabajadores que por incrementos de la productividad. El Gobierno logra así titulares triunfalistas, pero no ha hecho que los salarios ganen poder adquisitivo de forma decisiva, menos aún con la inflación: los sueldos llevan tres décadas estancados en España, según la OCDE.
Sin embargo, los inmigrantes no son culpables de que la economía española sea low cost, sino al contrario: vienen a ganarse la vida legítimamente. Según Funcas, accedieron al 40% de los nuevos empleos que se crearon en 2024; en hostelería, comercio y construcción ese dato subió hasta el 45-60% y, en agricultura, hasta el 80%. La realidad es que el tipo de inmigración que atraemos solo es un reflejo de la economía que somos. Si fuéramos Silicon Valley, atraeríamos ingenieros indios o paquistaníes.
Hemos ahí la gran paradoja: España da síntomas de expulsar a ciudadanos muy formados, entre ellos nuestra juventud, mientras recibe fácilmente trabajadores de fuera. La llamada “fuga de cerebros” repuntó entre 2019 y 2022 en un 40%, superando la cifra de 400.000 personas, de las cuales un 30% tenía estudios superiores. Es revelador cómo muchos médicos españoles se marchan a otros lares a ganarse mejor la vida, mientras atraemos doctores de otras latitudes.
Asimismo, nos conformamos pensando que las pensiones se pagarán simplemente con más mano de obra. Ahora bien, los actuales migrantes cobran un 29,3% menos que el trabajador medio nativo, por el tipo de labores que desempeñan, según un estudio publicado en Nature. A su vez, su techo de crecimiento se ve limitado como el del resto: más de la mitad de los extranjeros con estudios superiores ocupa puestos por debajo de su cualificación, frente al 35% en el caso del conjunto en España en 2024, según Eurostat. Es grotesco que se hayan extendido coletillas como que “alguien tendrá que limpiar el culo a los abuelos”, que no solo destilan supremacismo, sino que instauran una mentalidad por la cual los inmigrantes solo están para servirnos, y no para que les ayudemos, si lo necesitan, también con prestaciones sociales. Supone además asumir que son un parche para cubrir aquellas profesiones que no quieren los autóctonos, en vez de hablar de la inmigración como un activo a futuro, mediante más formación e integración entre las segundas y terceras generaciones. Ese debate sería menos polarizante que el de la “prioridad nacional” de la ultraderecha, pero más constructivo.
Nuestro crecimiento también se podría ver lastrado por el problema de la vivienda. De los 15 millones de migrantes que llegaron entre 2002 y 2024 a nuestro país, la mitad no se quedaron por la cuestión económica. Cuando la izquierda habla de humanismo, es llamativo que nunca denuncie hasta que haya también migrantes padeciendo chabolismo vertical, probablemente: familias enteras viviendo en un solo cuarto porque no pueden lograr algo mejor.
A la postre, el problema demográfico tampoco se solucionará si no nos tomamos en serio las políticas de conciliación y natalidad. Aunque entre 2022 y 2024 la inmigración había aportado el 84% de nuestro crecimiento poblacional, entre 2007-2009 y 2021-2023 la tasa de fecundidad de las mujeres nacidas en el extranjero cayó de 1,71 a 1,24, según la Estadística Continua de Población y la Estadística de Nacimientos del INE. Además, su edad media para tener el primer hijo ha aumentado, pasando de 26,61 años en 2007-2009 a 29,08 años en 2021-2023. Entre los factores plausibles está el cambio cultural en origen y, que la precariedad les afecte tanto como a los autóctonos.
En definitiva, la migración aporta y es necesaria para nuestra sociedad, pero al mismo tiempo actúa como espejo de los retos pendientes como nuestro Estado del bienestar. Ganar tiempo solo posterga los problemas hacia el futuro. Que nadie culpe al migrante, sino que exija más soluciones a nuestra clase política, a izquierda y derecha.
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