La odisea migrante hacia EE UU a través de los ojos de la infancia
Román Parrado estrena ‘Andy’, una película que mezcla ficción con recursos documentales, y que sigue el camino por México de un par de menores no acompañados
El País, , 10-07-2026Todos levantan la mano. El director de un hostal para migrantes en México acaba de describir ante un grupo de unas cincuenta personas de todas las edades los riesgos del viaje que se empeñan en hacer: secuestros, violaciones, aplastamientos por el tren, hambre… “Sabiendo todo esto, que levante la mano quien quiera seguir con su camino”, clama. Nadie lo duda. La secuencia es la esencia de la película a la que pertenece: Andy, que llega hoy viernes a las salas, dirigida por el cineasta español Román Parrado (Barcelona, 49 años) y que retrata, a través de los ojos de una niña mexicana de 12 años y de su amigo Fernando, un compañero de ruta más joven e inexperto, el largo y hostil camino por México que cerca de 1,5 millones de migrantes recorren al año —según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM)— para llegar a Estados Unidos.
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Lo hace, además, con énfasis en una realidad especialmente cruda, la de los niños no acompañados, unos 100.000 al año, que se embarcan en esa travesía. “Yo lo que quería”, explica el director, “es que tú de repente estuvieras con un niño y con una niña que tienen unos objetivos y unas dificultades e hicieras el viaje con ellos. Y así podrías derribar los prejuicios y descubrir a dos personas con las que puedes identificarte y con las que estás haciendo este viaje”.
El germen del proyecto es en realidad un trabajo de no ficción, impulsado por el alma periodística y documentalista de Parrado, que fue durante tres años jefe de realización de Salvados, y ha firmado documentales como El rey del cachopo, Pioneras o El asesino de la baraja. “Tengo mucha experiencia haciendo muchos programas sobre migración”, recuerda. “La que llega a España a través de la ruta africana, el Mediterráneo y las pateras. También me tocó trabajar en zonas como Irán o Afganistán. Allí las rutas son otras, pero en esencia es lo mismo. Tras hablar con muchos expertos, te das cuenta de que siempre se repiten las mismas dinámicas”.
Un momento de ‘Andy’.
El director se interesó en la historia gracias al impacto que causó en él un documental sobre La Bestia —los trenes de mercancías a los que se aferran miles de migrantes para atravesar el país norteamericano— que mostraba la crueldad a la que se enfrentaban los niños y que encontró cuando empezaba a ser padre. “Además”, cuenta, “justo en esa época [en los últimos años de presidencia de Joe Biden] había mucha presión migratoria y caravanas gigantescas que se estaban organizando hacia el norte”. Decidió viajar a México para recorrer durante un mes y medio, junto a un pequeño equipo, el mismo trayecto que afrontaría cualquier migrante: desde Tecún Umán y el río Suchiate, en la frontera sur con Guatemala, hasta Nogales, en la linde norte con Arizona. A lo largo de esa ruta atravesaron Tapachula, San Carlos, Empalme o Hermosillo, visitando albergues, estaciones de tren y pasos fronterizos improvisados. Recopiló testimonios y rodó un abundante material que después insufló en el guion de la ficción.
“Necesitaba la textura de la realidad. Lo que quería contar tenía que ser muy de verdad. Quería captar los matices, la dimensión y la poesía que muchas veces tienen estos momentos. La poesía que habita en el día a día, incluso en situaciones tan complicadas”, defiende. Pero pronto entendió que limitarse a la no ficción no era del todo factible. Primero, por una cuestión logística: “Porque era muy difícil seguir a unos niños por todo México; el riesgo de perderlos durante el camino era enorme”. Y segundo, porque reconoció que la ficción podía permitirle “canalizar un mensaje y hacerlo a través de la empatía y no de un discurso puramente intelectual”.
Condensó la historia de muchos niños en una sola, “con todos los golpes dramáticos para que el espectador se identificara por completo con los protagonistas”, y regresó al país, meses después, a rodar con actores en los mismos sitios en los que ya había estado como observador.
Por eso la película, aunque también muestra gestos de solidaridad y los esfuerzos de mucha gente por dignificar un trayecto repleto de situaciones inhumanas, no escatima en mostrar, casi sin tregua y con mucha crudeza, las miserias del viaje: desde encuentros con el crimen organizado, los famosos coyotes —traficantes que llegan a cobrar hasta 15.000 euros por ayudar a cruzar, sin garantías, la frontera— hasta el tráfico de droga, la pobreza extrema, las enfermedades, los abusos o la indiferencia a la que estas personas se acostumbran. Lo hace combinando —un 20% de la película, asegura él— imágenes reales del primer viaje con la ficción del segundo.
Pero Parrado no quería olvidarse de “hacer una película de aventuras”, con un formato de road movie. Y en eso, la decisión de hacerlo a través de los ojos de unos niños, interpretados por Leslie Vázquez Gómez y Emiliano López Quintana, también lo ayudó. “Este viaje es una odisea, nunca mejor dicho, que tiene todos los ingredientes de un viaje heroico de aventuras. A nivel dramático narrativo es una historia increíble para ser contada. Y los niños lo ven realmente así mientras lo viven, como una aventura”, explica el cineasta.
El director de cine Román Parrado.
Samuel de Román
Esa mirada tierna e inconsciente de los menores, “que a veces están jugando y pasándoselo bien y viviendo una aventura hasta cinco minutos antes de caerse debajo del tren”, le parecía que reflejaba de forma metafórica la esencia misma de la migración: “Están viajando a un país de fantasía que no va a cumplir sus expectativas, desgraciadamente”.
En los últimos días de su rodaje, en la frontera norte con Estados Unidos, los sorprendió la victoria de Donald Trump. “Fue un cambio de mood total en el ambiente, porque, claro, toda la gente que estaba allí esperando para entrar, de repente se dio cuenta de que les había cambiado mucho su panorama y que todo el viaje que habían hecho iba a frustrarse. Que no lo iban a conseguir”, cuenta el director.
Nadie imaginaba, sin embargo, la magnitud del extremismo de la política migratoria del magnate y el contexto en el que hoy se estrena su película. “Intuíamos que la cosa se iba a endurecer mucho, pero los extremos a los que ha llegado la política migratoria estadounidense son aterradores”, reflexiona el cineasta. “La migración es un derecho humano y no se le pueden poner puertas al campo. Cortar las ayudas a la cooperación puede ser una medida muy populista a corto plazo, pero generará más presión en el futuro, seguro. Porque si la gente se muere de hambre en sus países de orígenes, pues van a querer evidentemente emigrar a otros sitios donde puedan comer. Y eso es lógico”.
El empeño de los millones de migrantes que recorren México al año, reflejado en el largometraje, nace de una desesperación profunda y de una esperanza imbatible. “Es que da igual lo que les expliques”, confirma Parrado, “todo el mundo siempre cree que a él le va a ir mejor. Y es muy humano eso”. Lo mismo da si la televisión enseña brutales redadas en contra de los migrantes. O si el director de cualquier hostal cuenta con esmero historias de horror que suceden durante los procesos migratorios. Es más, muchos de quienes escuchan las han protagonizado ya.
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