¿Qué coste tiene la comida que llega cada día a nuestra mesa?
En el fotolibro ‘Hasta que la tierra aguante’, Santi Donaire plasma su trabajo periodístico en torno al impacto social y ambiental del sistema de producción de alimentos
El País, , 09-07-2026¿Qué coste tiene la comida que llega cada día a nuestra mesa? Esa es la pregunta que guía Hasta que la tierra aguante, el proyecto del fotógrafo Santi Donaire, fruto de una investigación sobre los impactos ambientales, económicos y humanos del actual modelo de producción de alimentos en España.
En 2019, según los datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, España se situó como el primer proveedor de frutas y hortalizas de la Unión Europea y el tercer exportador mundial. A Santi Donaire (Jaén, 1988) aquella cifra le resultó tan sorprendente como inquietante. Si un país relativamente pequeño ocupaba esa posición, ¿qué precio ambiental y social estaba pagando para sostener ese modelo?
De esa inquietud nació Hasta que la tierra aguante, un fotolibro fruto de una investigación periodística sobre el coste oculto del agronegocio español. La III Beca Joana Biarnes permitió a Donaire convertir aquella intuición inicial en un ambicioso proyecto documental. Pero, antes de coger la cámara, entrevistó a científicos, investigadores, organizaciones ecologistas, asociaciones locales y expertos nacionales e internacionales para comprender el funcionamiento de este modelo de producción. Solo después comenzó un trabajo de campo que le llevó a recorrer más de 20.000 kilómetros por 22 provincias españolas con un objetivo claro: comprobar sobre el terreno si las hipótesis de partida se correspondían con la realidad. “Esta superó con creces las expectativas que tenía antes de comenzar el trabajo de campo”.
Estructurado en tres capítulos —La ruta de la soja, Rojos frutos y Muerte por envenenamiento—, la publicación ahonda en algunos de los conflictos más visibles de la agricultura industrial, como las macrogranjas o la contaminación de acuíferos por nitratos, pero también en otros mucho menos conocidos, relacionados con las condiciones laborales de miles de trabajadores migrantes o el impacto silencioso del uso intensivo de productos químicos.
Hace 50 años que Ana y Pepe viven en la casa familiar, con sus hijos y Melchora, la madre de Ana, en el municipio de Lorca, Murcia. Desde el 2018 conviven con una granja industrial de cerdos, a menos de 20 metros de su vivienda, sufriendo un fortísimo olor a amoniaco y una plaga de moscas que inunda todo el entorno impidiendo hacer vida en el exterior de la vivienda, lo que les ha provocado serios problemas de salud.
Santi Donaire
El primer capítulo denuncia el impacto ambiental y social de la industria porcina española, una de las más importantes de Europa. España es el primer productor de porcino de la Unión Europea y el tercer productor mundial, solo por detrás de China y Estados Unidos. Explica cómo la producción de carne depende de una cadena global que comienza con la importación de soja desde Sudamérica —vinculada a la deforestación del Amazonas— y termina con la exportación de gran parte de la carne a mercados asiáticos. Su objetivo es visibilizar esta realidad para que la sociedad conozca las consecuencias de este modelo de producción y pueda reflexionar sobre él. “Estamos hablando de un negocio mundial con unas implicaciones enormes que rara vez llegan al debate público”, advierte el fotógrafo.
Sin embargo, quizá los testimonios que más marcaron al fotógrafo fueron los relacionados con los derechos humanos. En enclaves agrícolas como Almería o Huelva recogió relatos de trabajadores migrantes que denunciaban salarios muy inferiores a los establecidos en los convenios, falta de protección frente a productos químicos o condiciones laborales extremadamente precarias. “Hay muy poca estadística oficial sobre esta realidad, pero cuando hablas con la gente descubres un drama humano enorme”, explica. “Lo que más me sorprendió fue la necesidad que tenían de contar lo que estaban viviendo. Tanto un trabajador senegalés bajo un invernadero como un vecino de Murcia que convive con una macrogranja sentían que nadie los estaba escuchando”.
La falta de transparencia fue otro de los obstáculos del proyecto. Aunque consiguió acceder a algunas explotaciones ganaderas, muchas empresas rechazaron abrir sus puertas. Tampoco pudo entrar en grandes mataderos ni en instalaciones de compañías químicas, pese a meses de negociaciones.
Traducir la investigación en imágenes fue uno de los grandes desafíos del proyecto. Desde el principio, Donaire estableció una especie de tríptico visual formado por territorio, personas y producto. Esos tres elementos funcionan como la brújula narrativa del libro. A ellos añadió un concepto más abstracto: la codicia. “Intentaba fotografiar aquello que transmitía esa lógica extractiva que explota los recursos, ignora a las personas y abandona el territorio cuando deja de ser rentable”.
Amina (nombre ficticio), nacida en Marruecos, tiene 33 años. Llegó a España en 2008, cuando solo tenía 18 años, y acababa de divorciarse de su marido. En ese momento, su hijo tenía 11 meses, ahora tiene 16 años. Amina asegura que vino a España para darle una vida mejor a su hijo. “Aunque mi pasaporte dice que soy joven, mi salud es de una anciana. Este trabajo destruye mi cuerpo”.
Santi Donaire
Lejos del impacto fácil, Donaire decidió evitar las imágenes más explícitas o duras. Su intención no era provocar una reacción inmediata, sino invitar a la reflexión. “No he querido publicar las fotografías más impactantes, sino aquellas que ayuden a pensar”. Esa decisión provoca una interesante contradicción estética. Muchas fotografías muestran paisajes aparentemente bellos que esconden conflictos invisibles. “Hay imágenes que parecen tranquilas o incluso hermosas, pero necesitan el texto para revelar lo que realmente está ocurriendo”.
La estructura del volumen también rompe con el formato habitual del fotolibro. Concebido como un proyecto en curso, Hasta que la tierra aguante está organizado en capítulos independientes que funcionan casi como informes de investigación. El diseño recuerda deliberadamente a una carpeta de documentación científica y recupera el formato de los antiguos coleccionables, una elección que responde a la voluntad de construir una obra en permanente crecimiento. Donaire continúa trabajando en nuevas entregas porque, como él mismo señala, “la industria cambia constantemente y los intereses de hoy no serán los mismos dentro de diez años”.
Pese a la contundencia de las denuncias que aparecen en el libro, el autor insiste en que no pretende ofrecer respuestas cerradas ni señalar culpables únicos. Su objetivo es aportar información y poner rostro a una realidad que permanece fuera del foco mediático. “Quería que la próxima vez que alguien compre un alimento en el supermercado se pregunte de dónde viene y en qué condiciones se ha producido”.
Quizá la motivación más profunda del proyecto no sea, sin embargo, periodística, sino personal. Donaire recuerda los paseos de su infancia entre los olivares de Jaén junto a su abuela. Uno de sus juegos consistía en identificar insectos, plantas aromáticas, aves y pequeños mamíferos. Hoy, asegura, ese paisaje ha cambiado radicalmente. “Tengo menos de cuarenta años y ese mundo prácticamente ha desaparecido. Ya no están los insectos ni muchas de las especies que antes eran habituales”. Esa transformación acelerada del territorio fue, en el fondo, el impulso definitivo para emprender una investigación que busca responder a una pregunta incómoda: ¿cuánto puede soportar la tierra antes de que el precio del progreso resulte demasiado alto?
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