¿Nos cargan los argentinos?

La Vanguardia, Joaquín LunaJoaquín Luna, 09-07-2026

A nadie le gusta que Goliat, hecho unos zorros, eso sí, se levante, zurre a David, le rompa el tirachinas y lo deje en un rincón, lloroso tras acariciar la gesta bíblica. A malas, los filisteos son así. Goliat era la selección de Argentina, tres veces ganadora del Mundial. Y Egipto ese David al que nunca se le había presentado la oportunidad de pasar a cuartos de final.

Aún así, la victoria épica de la albiceleste fue acogida en mi entorno barcelonés con cierta frialdad y aún desagrado, mitigada por la gratitud eterna a Leo Messi. Hace cuatro años, en la misma situación, dicho entorno hubiese celebrado incondicionalmente la victoria de Argentina, quizás porque precisamente sus compatriotas habían hecho sufrir más de la cuenta a Messi. Hasta el éxito de Qatar, Messi parecía regresar más abatido que eufórico a la disciplina del Barça tras sus partidos con Argentina. Alcanzado el trofeo, liquidada la comparación absurda con Maradona, uno ya no detecta tanta ilusión por ver a Argentina ganando de nuevo un Mundial (y no es sólo porque implicaría la derrota de España).

La victoria sobre Egipto resucitó la vieja discusión, inofensiva, sobre la relación que mantenemos con los argentinos, una comunidad de 450.000 personas en España. ¿Es cordial? Mucho. ¿Es fructífera? Sin duda. ¿Equitativa? Sin el trigo argentino en los años 40 y la acogida a nuestros inmigrantes, las habríamos pasado peor (que ya es decir). ¿Nos cargan los argentinos? He aquí la cuestión.

El mundo ya se ha acostumbrado a un Mundial sin Italia pero no podría concebirlo sin Argentina por esa capacidad de dramatizar, exagerar y magnificar de los argentinos que tanta salsa aporta a la competición. Sobre el césped, Argentina tiene un gen competitivo que lo asemeja al Real Madrid: no hay que darles por liquidados hasta que el árbitro pita. Si las administraciones públicas fuesen como sus futbolistas, Argentina sería un edén.

Pese a lo anti futbolístico que puede resultar el VAR –ese gol anulado a Egipto por una falta en la prehistoria de la jugada–, el triunfo de Argentina constituyó una de las memorables remontadas de la historia de los Mundiales. A Messi le ronda ese final cantado, la jubilación con las botas puestas, pero mejor que llegue ante un rival laureado y no en octavos de final con el baldón de un penalti fallado. Por cierto, que Messi haya fallado dos penaltis en este Mundial es uno de los misterios más grandes. ¡Solo, a balón parado, a once metros del arco!

Los argentinos han inundado España de empanadas mazacotes, son cancheros ligando –capaces de robarte la suegra con su palique– y están convencidos de que Dios es argentino, pero sin ellos este Mundial sería más anodino.

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