Y la empatía también se transformó en trinchera
La derecha radical, con el apoyo de los tecnooligarcas, dice que ser justos, compasivos y solidarios es de débiles
El País, , 06-07-2026Gaza es uno de los cementerios infantiles más grandes del mundo. Según datos de Unicef, al menos 21.000 pequeños han muerto desde el 7 de octubre de 2023, fecha del horrible atentado de Hamás que animó a Benjamin Netanyahu a emplearse a fondo en firmar un genocidio moderno. Hace algunos días veinte de los niños palestinos que han logrado sobrevivir aterrizaron en Madrid acompañados de sus familias para ser tratados de distintas patologías en hospitales de Madrid, Santander, Oviedo, Murcia, Vitoria y Toledo. La ministra de Sanidad, Mónica García, documentó con algunas fotos la llegada del avión desde su cuenta personal de X. “Dejan atrás la barbarie para recibir la atención que necesitan en nuestros hospitales. Llegan con miedo, pero también con esperanza. Orgullo de país”.
Rápidamente el tuit de la ministra se llenó de comentarios. Muchos se congratularon por la sexta operación de evacuación de niños palestinos organizada por España, pero otros muchos no estaban de acuerdo de acuerdo. “Estáis llenando España de morralla porque sabéis que os queda poco, ¿verdad?”, opina Miguel Ángel López Muñoz; “Espero que no acaben en servicios tutelados” indica Mariló. “Que a esos terroristas os los metáis en vuestras putas casas, España es de los españoles naturales. Sois basura”, se indigna @Mgai543.
El hilo de comentarios al tuit de Mónica García ilustra cómo, silenciosa e inexorablemente, la empatía se está transformando en un terreno de disputa. Hasta hace no tanto la imagen de un menor herido o evacuado de una guerra habría activado el reflejo de la compasión. Podía haber discusión sobre la política exterior, sobre el papel de los gobiernos o sobre la responsabilidad de Hamás y de Israel. Pero el niño, en sí mismo, quedaba fuera del debate. Era el límite moral. Ahora estos límites parecen saltar por los aires.
El periodista francés Marc Olivier Bherel dedicó recientemente un análisis a esta cuestión y alerta de cómo en Estados Unidos la empatía ha pasado de ser una virtud pública a convertirse en un campo de batalla ideológico. Recuerda Bherel cómo una parte de la derecha radical pugna por sustituir la justicia, la solidaridad o la compasión por una visión más dura, jerárquica y darwinista de la sociedad, donde las desigualdades se consideran “naturales” y donde ayudar al vulnerable se presenta como una amenaza. El magnate y propietario de la red social X, Elon Musk, se ha convertido uno de los más firmes defensores de lo que Gad Saad, profesor de márketing en la universidad Concordia de Montreal (Canadá), ha denominado “empatía suicida”, una forma de compasión “mal orientada” que, a su juicio, lleva a las sociedades occidentales a proteger o favorecer a personas ajenas a su propia comunidad, incluso cuando eso perjudica a sus propios ciudadanos o debilita a Occidente.
En la era de la empatía selectiva sólo merece ayuda quien forma parte del “nosotros”. La empatía, sostiene Saad, es una virtud necesaria, pero se vuelve “suicida” cuando se aplica en exceso o sin exigir reciprocidad. Bajo esa etiqueta incluye políticas de inmigración abiertas, programas de diversidad, derechos trans, políticas contra el racismo, sistemas públicos de bienestar o ayuda internacional. El pensamiento de Saad representa un giro profundamente corrosivo para las democracias, porque rompe la idea de igualdad moral entre seres humanos y convierte los derechos en privilegios condicionados por el origen, la religión, el género o la nacionalidad. En este contexto no podemos afirmar que las redes sociales favorezcan la degradación del valor de la empatía, pero sí que hacen más visibles las emociones que favorecen este proceso, como la ira, el miedo, el desprecio y el odio.
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