“¡Detenedlos a todos!” Cuando Churchill mandó internar a los refugiados antinazis que huían de Hitler
Lejos de ser recibidos como aliados, muchos exiliados que habían llegado a Inglaterra huyendo del nazismo acabaron internados en la isla de Man, ante el temor a constituir una Quinta Columna alemana
La Vanguardia, , 06-07-2026Inglaterra ha conocido diversas olas de inmigración. En el siglo XIX, fueron los irlandeses los que desembarcaron huyendo de la hambruna que asolaba su país. Entre 1881 y 1914, llegaron 150.000 judíos rusos que buscaban protección frente a la hostilidad del gobierno zarista. Desde mediados del siglo XX, caribeños, indios y paquistaníes han cubierto miles de puestos de trabajo en aquellos sectores donde urgía mano de obra, desde la industria hasta la restauración.
Lo cierto es que desde el referéndum del Brexit, con independencia del color político de los sucesivos gobiernos, el Reino Unido ha ido reforzando los controles fronterizos y endureciendo las condiciones de asilo. Medidas como el pago de más de once mil euros exigido a los refugiados que aspiran a optar al estatus de residente se inscriben en esa trayectoria de crecientes restricciones.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, las personas que recalaron en Inglaterra huyendo de los nazis no generaron ningún debate sobre seguridad, vivienda, mercado de trabajo o servicios sociales.
Entre 1938 y 1939 arribaron unos diez mil niños judíos en los llamados Kindertransports. Las familias más caritativas se ofrecieron a mantenerlos, y, de hecho, la mayoría vivieron el resto de sus vidas en Inglaterra, tras perder a sus padres a manos de los nazis. Igualmente, según diversos cálculos, Inglaterra admitió a unos setenta mil adultos antinazis, principalmente de Alemania y Austria.
Así, en los últimos diez o quince años, no ha sido raro leer en la prensa necrológicas de personas que disfrutaron de carreras distinguidas en el ámbito académico, científico o de los negocios después de haber llegado a Inglaterra en los Kindertransports o como adultos.
En el verano de 1940, muchas de esas personas fueron internadas en la isla de Man, situada entre Inglaterra e Irlanda, en casas vacías, pensiones, hoteles y otros edificios requisados por las autoridades.
Tras la rápida derrota de las fuerzas inglesas en Francia, en junio de 1940, Inglaterra se enfrentó a la posibilidad de una invasión alemana. Se temía que, entre los alemanes y austríacos huidos de los nazis, a los que había que sumar a los miles de italianos que, en realidad, no guardaban simpatía por el fascismo, se escondiera una Quinta Columna. Esa expresión se había puesto de moda en Inglaterra desde que la empleara el general franquista Mola para referirse a los simpatizantes de Franco que vivían en el Madrid republicano.
Así, cuando en mayo de 1940 Winston Churchill ocupó el cargo de primer ministro, dio la orden de “collar the lot”, es decir, de detenerlos a todos. Como es lógico, no se trataba de recluir a todos los ciudadanos de países enemigos que se encontraran en Inglaterra, pero se calcula que unos 24.500 refugiados fueron detenidos en la isla de Man durante la Segunda Guerra Mundial.
De todos, los más desafortunados fueron los italianos. Unos centenares de ellos fueron embarcados en el barco Arandora Star y despachados a Canadá, con tan mala fortuna que, el 2 de julio de 1940, un submarino alemán torpedeó el transatlántico, pereciendo centenares de evacuados.
Los diversos campamentos de la isla de Man no eran “de concentración”, por lo que no cabe compararlos con los infiernos nazis de Dachau, Bergen – Belsen o Auschwitz. Sin embargo, sí es cierto que los internados carecían de las comodidades más básicas.
En muchos casos, los matrimonios tuvieron que vivir separados, hasta que se estableció un campamento dedicado a las parejas casadas. Antinazis en su mayoría, no se les permitió demostrar su adhesión a la causa democrática, por lo que se vieron obligaron a convivir con los alemanes pronazis radicados en Inglaterra antes de la llegada de Hitler al poder.
Pasó mucho tiempo antes de que los refugiados consiguieran convencer a las autoridades de que no solo odiaban al régimen alemán, sino que deseaban sinceramente contribuir a la victoria de Inglaterra. Una vez salvado ese obstáculo, a los jóvenes se les ofreció servir voluntariamente en las fuerzas militares británicas.
Empezaban su servicio militar en regimientos dedicados a obras de construcción, sin disponer de armas de fuego, pero, más adelante, se les empleó como intérpretes de prisioneros. De este modo, tradujeron las famosas conversaciones, grabadas en secreto, de los jefes alemanes prisioneros de guerra. En los últimos días de la guerra, algunos ya ostentaban incluso estrellas de oficial.
En uno de los centros, el campamento Hutchinson, el día a día fue diferente debido a la personalidad del mando inglés, el comandante Hubert Owen Daniel. Los internados crearon una “universidad”, dedicada a ofrecer conferencias y clases de alto nivel, con científicos, abogados, filósofos, escritores, artistas y otros exiliados.
Desde septiembre de 1940, el citado campamento editaba su propio periódico en inglés, The Camp, con cuentos, reseñas, debates, artículos, editoriales y las noticias que se podían obtener de la radio y la prensa inglesas, a las que los internados tenían acceso.
Hubo artistas que crearon esculturas, arte gráfico, grabados y obras de diversos estilos, como el expresionismo o el dadaísmo, que en la Alemania nazi se consideraban ejemplos de “arte degenerado”. De hecho, durante el primer mes de existencia del campamento, se inauguró una exposición de cuadros.
Además, el comandante Daniel se esforzó por obtener materiales para los artistas e instrumentos de música. No en vano, la presencia de músicos en el campo, que ofrecían conciertos y clases particulares, alentó la puesta en marcha de una orquesta.
En otros centros de la isla, por el contrario, la vida de los internos, custodiados por centinelas con la bayoneta calada, era, cuando menos, difícil. Los había antinazis, pero no faltaban quienes simpatizaban con la ideología del Reich.
Para diciembre de 1940, se habían dispuesto tribunales especiales con el fin de establecer las diversas lealtades de los internados. Entre ellos había también partidarios del fascismo inglés, si bien el jefe de ese movimiento, Oswald Mosley, permaneció encarcelado con su mujer en Londres. Se sospechaba que, en caso de una invasión alemana, Mosley habría servido a los alemanes como jefe de un gobierno títere, como había pasado en la Francia de Vichy.
Más tarde, con la ayuda del gobierno neutral de Suiza, las autoridades inglesas pusieron en libertad a unos 500 internos alemanes a cambio de unos 1.600 ingleses recluidos en Alemania. Al final de la guerra, en mayo de 1945, solo quedaban en la isla de Man 269 personas.
En cuanto a la opinión pública, esta pasó del histerismo, ante la amenaza de la Quinta Columna, a un sentimiento de compasión a medida que la situación se iba calmando. Hoy en día, algunas obras critican la reacción del gobierno inglés, sin tener en cuenta la tensión, la incertidumbre y hasta el pánico que sufrió la nación en los meses dramáticos de 1940.
Desde luego, si los servicios secretos alemanes hubieran sido más eficaces, infiltrar a sus agentes entre los refugiados habría constituido una táctica bastante útil. Ante ese peligro, no hubo más remedio que internarlos a todos.
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