León XIV: un profeta ante la política migratoria de la UE

El Papa viajó esta mañana a Lampedusa para redoblar el compromiso de Francisco

La Razón, José Beltrán, 04-07-2026

El silencio. Ese que se cuela por cada rincón de un cementerio. También el que hoy recorre a pie. Con unas lápidas anónimas. De aquellos que nadie pudo identificar después de ser rescatados de una patera o que llegaron arrastrados por la marea. Duelo ante las tumbas. Minutos después, ya a las afueras del camposanto le esperan una mujer y sus dos hijos. Le dan la mano. Por el terreno polvoriento dan unos pocos pasos hasta la llamada puerta de Europa. Una mole con un dintel y un ventanuco. El Papa se detiene y, tímidamente, la atraviesa. Contempla el horizonte. Quizá reza. O se lamenta. O simplemente piensa. Solo él lo sabe. Su mirada no alcanza a ver más allá del agua. Pero sabe que al otro lado está la costa africana. El lugar donde provenía la familia que le ha dado la bienvenida. El continente que huye de sí mismo y encuentra en el mar al que se lanza el futuro o la muerte. Unos metros más allá se detiene en el llamado Molo Favaloro para bendecir una placa que da nombre al muelle que pisa: Papa Francisco.

Así arrancó hoy por la mañana la visita de León XIV a Lampedusa, símbolo de la llamada ruta mediterránea. Hace trece años, su predecesor se plantó allí. Fue el primer viaje de su pontificado. Algo más que una declaración de intenciones. Desde allí, el Papa argentino se erigió en abanderado de los derechos de los migrantes, un rol del que no se desprendió en todo su pontificado, convirtiéndose en voz de denuncia frente a los muros y la estigmatización, desarrollando un magisterio eclesial basado en los verbos «acoger, proteger, promover e integrar» y priorizando en su agenda a las víctimas de las mafias migratorias y de la trata, lo mismo abrazando a la minoría musulmana de los rohingya en Myanmar que celebrando una misa en la frontera mexicana con Estados Unidos.

León XIV no se ha quedado atrás. Volver a Lampedusa es algo más que rendir homenaje a Jorge Mario Bergoglio. Sobre todo, después de su presencia en el archipiélago canario hace apenas tres semanas y de la defensa cerrada que hizo de los derechos de los migrantes en Las Cortes españolas. A lo largo de su primer año como líder de los católicos ha redoblado el compromiso de la Iglesia con los migrantes y su dignidad. «El Papa estuvo a su lado en este período tan difícil para ustedes», expuso el Papa, después de tocar con sus manos el monolito al Pontífice argentino: «Hoy estoy aquí para decirles que el Papa sigue acompañándolos, apoyándolos y animándolos».

Lo cierto es que hoy la presión migratoria ha descendido respecto a hace una década. Sin embargo, Lampedusa concentra el 60% de todos los desembarcos en Italia. Así pues, llegaron unas 5.100 personas de los 8.500 que se han cuantificado por mar en el país entre enero y abril de este año. En total, desde 2014 se han documentado más de 33.000 muertos o desaparecidos en todo el Mediterráneo, lo que convierte a esta frontera en la ruta migratoria más letal del planeta.

En la misa que presidió en el puerto, ante la imagen de la Virgen de Portosalvo, el Pontífice no rebajó un ápice a los poderes públicos, con la mirada puesta en la Unión Europea y en la aplicación del Pacto sobre Migración y Asilo de la Unión Europea. «Los muertos de este mar son víctimas tanto de decisiones tomadas como de decisiones omitidas», dejó caer el Obispo de Roma. A partir de ahí, enumeró con detalle cuáles son los factores que, a su juicio, están provocado esta crisis humanitaria con los que llegan de fuera, que van desde «el desinterés por el bien común y la corrupción en los lugares de origen», a «un sistema económico mundial que genera pobreza y exclusión», pasando por «el miedo que alimenta prejuicios y desprecio». A esto se suma, para el Papa, la idea de que «estos problemas no nos conciernen», así como «los cálculos criminales de quienes se enriquecen con el drama ajeno», sin olvidar «el lento y difícil paso de una mera gestión de las emergencias a la elaboración de políticas orgánicas y compartidas».

Este análisis le llevó a invitar a Europa a asumir «un potencial único, fruto de su historia y de su cultura, y, por ello mismo, una responsabilidad igualmente singular», para afrontar «esta crisis de manera orgánica, integrando el primer auxilio en un plan estratégico de largo alcance, capaz de acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes y, al mismo tiempo, de trabajar por el desarrollo para que nadie se vea obligado a emigrar». «Todo ello velando siempre por el respeto a la dignidad de cada persona», apostilló.

Pero su crítica no se quedó ahí. También apeló a los ciudadanos de a pie, con la vista puesta en las vacaciones, a no ver en el verano «únicamente distracción, ligereza y despreocupación». «Parece necesario levantar un muro invisible entre el mar de los náufragos y el mar de los veraneantes», señaló, apelando a la conciencia de los que le escuchaban. Para León XIV, «existe un descanso auténtico allí donde se redescubre el sentido de la vida; y hay un verdadero bienestar cuando la economía es justa y fraterna».

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