A la espera de un milagro
Al retirar el estatus de protección especial a 350.000 haitianos, EE UU los obliga a volver a un país en manos de bandas armadas y los pierde como trabajadores esenciales
Diario Vasco, , 03-07-2026En el prólogo de su gran novela sobre la Revolución haitiana, ‘El reino de este mundo’, el escritor cubano Alejo Carpentier preguntó: «¿Qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real maravilloso?». Al presentar los acontecimientos de 1791 a 1803, mediante los que Haití abolió la esclavitud y se proclamó independiente de Francia, como manifestaciones de lo real maravilloso, Carpentier interpreta la verídica historia del país caribeño a través del milagro y la magia. Así da forma el escritor al «nada mentido sortilegio de las tierras de Haití». La novela de Carpentier se publicó en 1949, cuando el país, sumido en una severa inestabilidad política, necesitaba un milagro. En 2026, más de 75 años después, ocurre lo mismo.
La situación actual, un Estado fallido, no refleja la historia maravillosa trazada por Carpentier en su novela. Su revolución fue una de las mayores rebeliones de personas esclavizadas desde el levantamiento de Espartaco contra la República romana en el año 73 a. c., y Haití fue el primer país latinoamericano en independizarse, en 1804. Pero las alegrías de la emancipación pronto se vieron truncadas por el auge de los conflictos políticos internos y la obligación de saldar una enorme deuda impuesta por Francia, sin contar las posteriores invasiones y ocupaciones de la República Dominicana y Estados Unidos.
Y EE UU es responsable del último revés sufrido por los haitianos. A finales de junio, el Supremo estadounidense falló a favor del presidente Trump, quien había recurrido a los tribunales para deportar a todos los inmigrantes amparados por el ‘temporary protected status’, o estatus de protección temporal, conocido como TPS por sus siglas en inglés. Desde su creación en 1990 bajo el presidente conservador George H. W. Bush, el TPS ha otorgado a migrantes de países en plena crisis el derecho a vivir y trabajar en territorio estadounidense durante un periodo determinado, que puede prorrogarse si las condiciones no mejoran en el país de origen. A finales de junio, había más de 1,3 millones de inmigrantes con este estatus especial y, entre ellos, más de 350.000 haitianos.
Según el propio Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, encargado de designar a los beneficiarios del TPS, el programa existe para facilitar la inmigración de ciudadanos extranjeros durante periodos de crisis extraordinaria. Y esa expresión, crisis extraordinaria, es quizá la que mejor describe las últimas décadas de la historia haitiana. El 12 de enero de 2010, uno de los terremotos más mortíferos de la historia devastó el país y mató a más de 316.000 personas. Esta catástrofe natural fue seguida en octubre del mismo año por otra, esta vez de origen humano: un brote de cólera, transmitido por algunos ‘cascos azules’ de la ONU, se cobró la vida de más de 9.000 haitianos.
Esta epidemia por fin había sido contenida cuando, a mediados de 2021, fue asesinado el entonces presidente haitiano, Jovenel Moïse. En agosto del mismo año se produjo otro gran seísmo letal, con más de 2.200 víctimas mortales. Desde entonces, el país, que aún carece de presidente, ha quedado bajo el control de pandillas armadas. Dado este panorama, en la actualidad el Gobierno estadounidense recomienda a sus ciudadanos no viajar a Haití bajo ninguna circunstancia, debido al altísimo riesgo de secuestro, violencia y robo, además de la falta de infraestructura básica. Si alguien se ve obligado a trasladarse allí, se le recomienda prepararse para un posible secuestro y, por increíble que parezca, redactar un testamento.
Ya que, al parecer, EE UU está al tanto de la situación en Haití, ¿cómo puede ser que ese mismo Gobierno obligue a todos los haitianos con TPS a volver a su país? Al retirarles las protecciones legales, los haitianos, junto con otro millón de inmigrantes, se encuentran entre la espada y la pared. Si vuelven voluntariamente a Haití, se les recomienda preparar su testamento. Si se quedan en EE UU, corren el riesgo de ser encarcelados y deportados, ya que, sin el TPS, el Gobierno de Trump los considera inmigrantes en situación irregular. Tampoco tienen muchas otras opciones donde buscar refugio: el pasaporte haitiano permite entrar sin visado en apenas doce países. El español, en 121.
Aunque el fin del TPS es una catástrofe para los haitianos, también lo es para EE UU. Un tercio de los haitianos con TPS trabaja en el sector sanitario estadounidense. Son médicos y enfermeros; auxiliares de farmacia y de enfermería; son quienes cuidan de los ancianos y de las personas con discapacidad. Deportarlos dejará al sistema sanitario nacional con un déficit grave de más de 100.000 trabajadores. En un momento en que no parece existir interés alguno por parte de la ciudadanía estadounidense en desempeñar estas labores, cabe preguntarse quién se encargará de compensar esa falta. Al final, el Tribunal Supremo parece haber pasado por encima de la razón. Al igual que los propios haitianos, Trump tendrá que esperar un milagro.
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