La diáspora venezolana tiende sus redes de ayuda por el terremoto

Las donaciones de particulares radicados en el exterior llegan antes que las enviadas por grandes organizaciones

El País, Marcy Alejandra Rangel, 03-07-2026

Los venezolanos están acostumbrados a bailar al son que les toquen. A resolver todo con sus propias manos: emigrar a pie, decidir su propia tasa de cambio, rescatar vidas e, incluso, están dispuestos a frisar las grietas de un país entero. Por eso, desde la mismísima noche del doblete sísmico, el miércoles pasado, la migración de 9,1 millones de venezolanos se organizó para atender desde fuera las urgencias ante la ausencia de un plan estatal.

Astrid García vive en Washington desde hace 10 años, pero antes de eso fue vecina del barrio popular La Vega, en Caracas, afectado por una vaguada en 2010 producto de las lluvias en La Guaira. Siempre La Guaira. Al quedarse sin casa, vivió en un refugio improvisado en la avenida Urdaneta, durante un año. Mientras dormía en literas junto a desconocidos, Astrid terminaba su carrera como comunicadora en la universidad privada y preparaba su inglés. Luego, le fue asignado un apartamento del Estado en una Misión Vivienda a dos horas de la ciudad y, poco tiempo después, emigró a Estados Unidos. Con su experiencia, sabe que la ayuda grande llega, pero tarda semanas y hasta meses.

“El terremoto sucedió a las 6.00 y a las 10.00 ya estaba recolectando dinero, porque me quedó mucho el sentimiento de gratitud de aquel momento. Si una persona no hubiera enviado una colchoneta, una medicina, una comida, yo no hubiese podido seguir estudiando en la universidad y llegado hasta donde estoy”, dice. Gracias a su experiencia, sabe cuáles son las necesidades y puede administrar mejor la ayuda. “Tengo amigos que confían plenamente en mí a los que podía pedirles dinero; y tengo amigos en Caracas que están bien y a sus casas no les pasó nada. Entonces, puedo movilizar su emoción en acción y ser un puente directo entre ellos”, asegura.

Médicos trabajan en La Guaira, el 29 de junio.
Nayeli Cruz
En una semana, Astrid ha recibido cerca de 9.000 dólares en donaciones que ha traducido en 460 comidas, 108 carpas, insumos para hospitales y médicos en Caracas y La Guaira y productos de aseo personal.

Francis Peña y su pareja, Wendy Racines, viven en Caracas. El día del terremoto buscaron dentro de sus clósets qué donar. Cuando lo compartieron en Instagram, más personas quisieron sumarse. Han recibido 5.000 dólares y repartido la ayuda directamente en los refugios. “Hay temor de lo que se lee desde afuera: muchos entes quedándose con las ayudas o botando la comida. Por eso constatamos de primerísima mano cómo nuestra ayuda llega a las personas que lo necesitan. Hemos visto cómo la comen, cómo usan los zapatos, cómo nos piden la talla de pañales”, afirma Wendy.

No es solo la desconfianza en las instituciones, sino en las organizaciones que anteriormente han sido perseguidas por el régimen. Luis Carlos Díaz, periodista y defensor de derechos humanos, lo explica: “El venezolano no quiere que su ayuda pase por las manos del Gobierno o por exfuncionarios del chavismo que ahora están en organizaciones humanitarias. El que desde afuera puede ayudar a su familia directamente, está ayudando al país y eso es válido”, dice el especialista.

Elías Rodríguez es migrante venezolano en Chile y el terremoto lo encontró de vacaciones en Venezuela con su hijo de 3 años. Es creador de contenidos y, desde hace más de 15 años, cuenta sus viajes montado en su camioneta 4×4. “No sabía cómo ayudar. Entonces pensé: hay una aplicación que uso para cambiar pesos chilenos a bolívares que siempre me ha funcionado muy bien, tengo una comunidad grande en Chile y tengo gente acá en Venezuela que puede entregar las ayudas. Vamos a lanzarnos esta encima”, dice.

Centros de acopio en ciudad de México, el 26 de junio.
Carlo Echegoyen
Elías ha reunido 14.000 dólares con los que ha surtido de combustible y equipos a rescatistas y conductores de 4×4, además de ayudas focalizadas en animales rescatados, niños y albergues.

La venezolana Gaby Arenas, directora de la Fundación TAAP en Colombia, ha enviado en tres vuelos la ayuda de centros de acopio en Bogotá. Lo que había empezado con una web que cruzaba bases de datos de personas afectadas, terminó siendo un engranaje de la ayuda a su país: “Al estar fuera del país, tenemos posibilidades de acceso y contactos de organizaciones internacionales y cooperantes inaccesibles desde hace años en Venezuela. Para un migrante, ser útil es conmovedor”.

Cinco días después del terremoto, Arenas ya había enviado a Venezuela 60 médicos colombianos y nueve toneladas de insumos. “Una cosa abrumadora es entender que no estamos solos. El apoyo que hemos recibido de la gente que tenemos alrededor ha sido impresionante. Es el resultado de esas redes que hemos tejido en estos años fuera”, dice Arenas.

Los defensores de derechos humanos venezolanos piden el apoyo no solo con dinero, sino también con capacidades. El problema es que este sector ha sido perseguido, encarcelado e impedido desde hace años de acceder a financiamiento internacional. Según Fernando Dos Reis, consultor en política venezolana, “cuando el Gobierno entra a controlar y perseguir organizaciones, se entiende que cualquier proceso de gestión de información y de datos se hace poco confiable. Quienes siguen operando solo lo hacen con los datos que emite el Gobierno, que no permite que haya ninguna voz independiente”.

Entrega de ropa donada en La Guaira, el 26 de junio.
Chelo Camacho
La enseñanza está en que, aunque las ayudas particulares no son suficientes para suplir al Estado, sí pueden aliviar con más velocidad las consecuencias de una catástrofe. “Cualquier ciudadano que recaude dinero para ayudar a sus familiares y amigos le está haciendo un favor a la sociedad, porque las respuestas de la cooperación y el gobierno no están hechas para ese nivel de detalle y atención. Esas iniciativas son importantes y logran tener mucho impacto, pero no podemos pretender atajar nosotros toda la emergencia”, advierte Arenas.

Astrid, Wendy, Francis y Elías no saben hasta cuándo van a recaudar fondos, llevar ayudas o si sus iniciativas evolucionarán. Pero, según Arenas, lo que sigue no tiene que ver con dinero, sino con sanación: “Nosotros tenemos que sanar el dolor, porque no hay una sociedad ni una comunidad que pueda reconstruirse si está llena de rabia, desconfianza y miedo. Luego viene la rehabilitación. Ver qué pedazos quedan de organizaciones, empresas e institucionalidad y ayudar a que se fortalezcan. Vamos a tener que construir algo nuevo; esa es la tarea a largo plazo”.

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