Derechos de las adolescentes y miedo al discurso xenófobo: el debate que divide el Raval

La denuncia de los educadores sobre las restricciones que sufren las adolescentes de origen migrante ha abierto un debate sobre cómo proteger sus derechos sin estigmatizarlas

El País, Bárbara Ayuso, 29-06-2026

“Si algún día estoy sola te llamo por teléfono, pero casi nunca lo estoy”, escribe Riya, y borra el Whatsapp. Tiene 17 años, nació en la India y vive en Barcelona desde los tres. No recuerda cuándo empezó a jugar al ping pong con sus compañeros del centro comunitario, pero sí cuando dejó de hacerlo: al venirle la menstruación. “Les dijeron a mis padres que me habían visto jugar con chicos y mi padre dijo que la gente hablaría de mí y me lo prohibió. Mi madre me dejaba, pero al final tuvo que explicarme que es mejor no ir a jugar y ya”, escribe. Y borra. Riya no es su nombre real y Nusrat tampoco se llama Nusrat. Nació en Bangladesh pero se ha criado en las calles del Raval. Cantaba en el coro, tocaba instrumentos, tenía amigos chicos, iba a las colonias del barrio. “Empezó a cambiar cuando llegué a la ESO. Me lo prohibieron todo”, explica, con un hilo de voz al otro lado del teléfono. “Me aislaron. No me dejaban quedar con nadie fuera del instituto y veía cómo mis amigos hacían planes, quedaban por las tardes. En media hora del recreo no te da tiempo a mantener una amistad”. Karima nació en Marruecos y le arrebataron el fútbol al llegar a la pubertad. Hace dos años, su hermano la agredió y la encerró en casa: “Al final, vinieron los Mossos”.

¿Son sus casos representativos de la realidad de las jóvenes de origen migrante en El Raval? ¿Cuántas viven este tipo de situaciones? ¿Les beneficia que se conozcan sus historias o las estigmatiza más? Es un debate complejo, pero en 2023 casos como el de Nusrat, Karima y Riya llamaron la atención de los educadores del Raval, al notar que niñas provenientes de familias originarias Bangladesh, Pakistán y Marruecos desaparecían de las actividades al llegar a la adolescencia. “Solo pueden salir de casa para ir al instituto. En lo que más se nota es en las actividades de piscina, el ratio era de cinco chicas por cada quince chicos”, explica Cristina Baldoví, una de esas educadoras. Llevaron el asunto a la Mesa Joven del Raval, que coordina a las asociaciones y técnicos municipales, y descubrieron que todos tenían casos parecidos. No había datos para dimensionar el problema, así que se pusieron a categorizarlos: “Abrimos un Excel y en menos de un mes teníamos trescientos casos, situaciones que habíamos visto en primera persona”, explica Lluís Morales, psicólogo y educador desde hace veinte años en el Raval. Despliega el documento y en cada celda, una prohibición sin nombre: “Progenitor no deja ir de colonias a su hija, pero sí al hermano mayor”, “Muchacha de 14 años tiene asumido que su familia le elegirá marido a partir de los 18”.

En el documento sí aparece el centro que registra cada caso. “Nos dijeron que era racismo, que era subjetivo, así que en la siguiente reunión de la Mesa se dejaron de anotar, y ya íbamos por novecientos. Pensamos en cómo hacer algo objetivo con lo que estaba pasando, porque miras los registros por género de las actividades y es apabullante la desaparición de las chicas”, explica Morales. Tanto él como Baldoví denuncian “presiones” para que dejaran el tema. Siguieron. El pasado octubre todo cristalizó en Per Elles, un colectivo para luchar contra esta exclusión, y las farolas del barrio amanecieron con carteles que rezaban: “¿Tú también has querido salir con tus amigas o has querido aprender a nadar y tu familia te ha dicho que no? Escríbenos”. A la presentación acudió la escritora Najat El Hachmi, para la que ese Excel era más que un listado de prohibiciones. Eran sus recuerdos: “Lo que están viviendo es muy traumático; yo también lo viví. Mi hermano mellizo podía ir a las colonias y yo no, por ejemplo. Estas chicas viven como en un régimen de libertad vigilada muy estricta”, dice. El Hachmi ahonda en las contradicciones y conflictos de identidad que esto les genera, porque sienten que “el resto de chicas pueden hacer cosas que a ti te prohíben, y te lo lo prohíben a ti por el origen que tienes”.

Mercè Amor, presidenta de Diàlegs de Dona, asociación de acogida para mujeres migrantes en el barrio del Raval fotografiada en la sede de la asociación.
Albert Garcia
Precisamente el miedo a la estigmatización de estos colectivos, y el pavor a que las vivencias de estas adolescentes fomenten aún más los discursos xenófobos, ha provocado que la iniciativa de Per elles despierte más que recelos. “Para mí, es como ver una fotografía de un bosque quemado. Tú puedes mirar esos árboles y empezar a hablar de los incendios, pero si abres la panorámica, ves que solo es un trocito de todo el bosque. No es la realidad de todo lo que está pasando”, explica Mercè Amor. Lleva más de dos décadas como integradora y educadora social en el Raval y su labor con mujeres migrantes y refugiadas en Diàlegs de Dona le ha valido la Medalla de honor de Barcelona. “Esos casos son reales, por supuesto que hay chicas que sufren ese control, pero eso es coger todo lo escandaloso de las comunidades y magnificarlo”, denuncia. Amor pone como ejemplo más representativo el proyecto Prometeus, que acompaña a adolescentes a seguir estudiando y acudir a la universidad, en el que dos de cada tres son mujeres, muchas de origen migrante. Chayma Rachdi trabaja en él y comparte con ellas los orígenes de su familia, pero describe su entorno como mucho menos conservador. Y como Amor, considera que los casos de estas chicas no son la norma. Ella misma no vivió esas prohibiciones, pudo estudiar y ahora se dedica también a la divulgación antirracista: “Por supuesto que hay que visibilizar esta problemática porque está afectando a los derechos vulnerados de las niñas, pero sin criminalizar aún más a la comunidad musulmana o las comunidades migrantes”, dice.

Rachdi y Amor coinciden en que las soluciones tienen que venir por mediar con las familias de las adolescentes y hacerlo de forma adecuada. “Hay que intervenir cuando se producen esas situaciones, pero respetando mucho a la familia para que no se cierren en banda. Explicarles que le están haciendo ningún bien a esa niña que le prohíben la natación, y esa mediación la tiene que hacer gente muy preparada”, dice Amor. Detalla varios casos “de éxito” que ha vivido en la asociación. Rachdi, además apunta a la necesidad de que esas intervenciones las realicen profesionales de las propias comunidades: “Muchas personas racializadas no se sienten cómodas en el psicólogo porque consideran que no van a entender su contexto. Por ejemplo, trabajamos en institutos donde hay muchas chicas racializadas de origen diverso, y el hecho de que yo esté en el equipo les ayuda”, explica.

La familia de Nusrat pasó por una mediación hace unos años. Porque después de prohibirle casi cualquier actividad, todo fue a peor. Estaba en 2º de la ESO. “Yo no quería desperdiciar mi juventud e esa forma, yo ansiaba, necesitaba esa libertad. Me rebelaba, así que los abusos dejaron de ser solo psicológicos. Me golpeaban”, cuenta. Ayudada por Cristina, denunció a Servicios Sociales y sus padres empezaron a ir a una trabajadora social semanalmente. “Después todo mejoró bastante. Dejaron de golpearme y empezaron a dejarme salir de casa y quedar con amigas, ir a los casales de verano. No hablábamos de lo que pasaba en esa mediación, pero es verdad que después de las reuniones me sentí bastante aliviada”, explica. Aún así, Nusrat confiesa que sigue sin sentirse “segura” en casa.

Cecilia Eseverri es socióloga y lleva un año haciendo etnografía en el Raval, conoce bien a las familias de estas chicas: “Ese control familiar nace en muchas ocasiones del miedo. Los jóvenes se adaptan naturalmente a Barcelona, adoptan nuevas pautas culturales, pero las madres y los padres quedan aislados en ese proceso. Y lo que perciben es una sociedad sin reglas en cuanto a las relaciones sexuales, la homosexualidad, la transexualidad… No comprenden”. Eseverri ha documentado casos en los que las mediaciones de trabajadores sociales y psicólogos con los padres han logrado revertir el aislamiento de las chicas. “La sociedad de acogida debe también acercarse a ellos. Necesitan mediadores que les traduzcan la realidad. El problema es que en España este tipo de intervención directa en las familias es aún escasa”, dice.

Cuando nació Per elles y las historias de estas chicas salieron a la luz, el Síndic de Greuges abrió una investigación de oficio hace nueve meses, pero a preguntas de este diario explican que aún están recopilando datos y no prevén tener una solución “en breve”. El Ayuntamiento apunta a la dificultad de dimensionar cuántas adolescentes se encuentran en esta situación para realizar una evaluación. “Todo está en una parálisis, no hay voluntad política de hacer nada. Y mientras se discute si esto fomenta más los discursos de la ultraderecha, las chicas siguen desapareciendo de las actividades”, denuncia Lluis Morales. Todo está igual que cuando Nusrat jugaba al ping pong, Karima al fútbol y Riya cantaba en el coro. Pero ya no juegan.

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