El sueño de la calor produce monstruos
No consigo hacerme de ultraderecha cuando conozco las historias de inmigrantes capaces de trabajar en condiciones durísimas
El País, , 29-06-2026Hice un reportaje en Prato, cerca de Florencia, sobre las fábricas textiles donde trabajan miles de inmigrantes medio esclavizados y recuerdo un paquistaní al que le pregunté cómo había llegado a Italia. “Andando”, me dijo. Pensé que había entendido mal, pero no. Entonces saqué el móvil, puse el mapa y le pedí que me señalara la ruta. Fue con el dedo en la pantalla a Gujrat, en Pakistán, y siguió por Afganistán, Irán, Turquía, Grecia, Serbia, Hungría, Austria, hasta Italia. Tardó un año y ocho meses en llegar. Me evitó quedar como un panoli, pues justo le iba a preguntar si el cuartucho donde dormía con 10 personas no quedaba muy lejos de su fábrica. A este hombre lo conocí en una protesta donde exigían salarios atrasados. La gran novedad en su vida y en la de sus compañeros había sido la aparición de un sindicato, descubrir que tenía derechos. Su integración en los valores europeos empezó así, hasta entonces no sabía lo que eran. Se ve que no están tan claros a primera vista.
Esta semana he leído una entrevista a otro paquistaní que reparte comida en Italia. Le preguntaban si no era un infierno hacer 80 kilómetros al día con la bici a 40 grados y él respondía: “Al calor estoy acostumbrado, el verdadero problema es el salario”. Ahorraba y estudiaba para sacar el carné de camiones, sector donde buscan conductores desesperadamente. Recuerdo que en un viaje vi a uno con una camiseta que ponía: “Soy camionero español”. Como ya son pocos, si había otro español por ahí cuando hacía una parada así se reconocían rápido y echaban un pitillo.
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No sé si se dan cuenta de que podemos estar ante una raza de superhombres que camina miles de kilómetros para trabajar en condiciones insoportables para el ser humano medio. Creo que esta combinación de virtudes los hace idóneos para la ultraderecha. La ola de calor que estamos viviendo —a mí me ha dado una lipotimia mientras escribía esto y quizá eso explique mis delirios— es buen momento para revisar prioridades. Un debate político crucial que no estamos teniendo es: ¿cómo será el verano dentro de 10 años y qué hacemos al respecto? No me digan que semejantes currantes no pueden ser parte de la solución. Incluso puedes seguir negando el cambio climático. Y ya si tuvieran un sueldo decente, pagando sus impuestos, mucho mejor para el país.
Quizá les parezca que fuerzo las cosas, pero es que no consigo hacerme de ultraderecha cuando conozco las historias de esta gente, y lo estoy intentando para adaptarme a los tiempos que se avecinan. Un día se irá Pedro Sánchez y la derecha se quedará sin programa. Como casi se reduce a un punto, echarlo, luego no sé quién podrá tener la culpa de todo lo malo de este mundo. Viendo a la ultraderecha de otros países, el enemigo será el extranjero, y aquí tengo una propuesta. Hay extranjeros con los que sí me estoy volviendo un poco nazi, lo confieso. Solo les cuento lo que vi el otro día. Bar del barrio, nueve de la mañana, dos guiris se piden un spritz y un maritozzo con nata (un bollo que se ha puesto de moda). Se lo ponen, pero no lo tocan y hacen un vídeo y una sesión de fotos. Después se van con prisa tras ventilarse el spritz de un trago y zamparse el bollo de un bocado, que pensé que los sacaban en ambulancia. No sé si se puede permitir la entrada a los inmigrantes que necesitamos y parar en la frontera, aplicando la prioridad nacional, a los turistas que destruyen la identidad de nuestras ciudades y reemplazan étnicamente a los vecinos que se van por el precio de los pisos. O al menos que les requisen los móviles para que no hagan fotos. Quizá con eso ya piensen que no merece la pena el viaje.
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