Cáritas gestiona nueve pisos para evitar que haya familias viviendo en la calle
El programa Luscofusco dispone de más de medio centenar de plazas, en las que tienen preferencia los menores
La Voz de Galicia, , 28-06-2026Nueve viviendas, hasta 52 plazas y un acompañamiento social integral para evitar que familias y personas vulnerables acaben malviviendo en la calle. Ese es el objetivo de Luscofusco, el programa de vivienda temporal de Cáritas Ourense que va mucho más allá de ofrecer un techo bajo el que cobijarse y para el que cada vez hay una lista de espera más larga. Por los pisos que la entidad destina a este proyecto —que se ha convertido en una de las principales herramientas de la entidad para combatir la exclusión residencial en la ciudad— pasaron a lo largo del pasado año 65 personas. En estos momentos hay 47.
Las nueve viviendas tienen una capacidad total de entre 46 y 52 plazas. La cifra varía en función de la composición de los grupos familiares. Aunque los pisos suelen ser compartidos por más de una familia, cada una dispone de espacios propios y se respetan ciertas condiciones de habitabilidad para que esa convivencia se mantenga en parámetros de dignidad y confortabilidad. Esa es la razón por la que existen variaciones a lo largo del año en esa horquilla de plazas ocupadas. «Aunque tenemos parejas o personas solas, damos preferencia a familias con menores y eso es un factor importante a tener en cuenta a la hora de integrar a quienes van a compartir esa vivienda», explica el educador social Ricardo Alfaya. Este técnico explica que las situaciones de origen que llevan a estas personas al programa son diversas. Hay desde quien ha tenido que dejar su hogar porque no puede asumir el coste del alquiler debido a circunstancias sobrevenidas a otros que llegan de inmuebles que no reúnen condiciones mínimas de habitabilidad y que ponen en riesgo su salud o su seguridad.
Pero el programa Luscofusco es más que un techo. Alfaya explica que proporcionar una vivienda es determinante para muchas cosas. «Pasar de estar en la calle o de vivir con la incertidumbre de no saber dónde vas a dormir mañana a tener estabilidad residencial ya supone un avance muy importante, también para la salud mental, pero el grueso del programa es la intervención integral que se hace con los acogidos para que ese recurso residencial sea temporal», matiza. Se trata de que las personas puedan salir de la situación de emergencia social en la que se encuentran proporcionándoles herramientas que les permitan recuperar su autonomía y reconstruir un proyecto de vida propio y volver a ser autónomos.
Los técnicos diseñan con cada familia un itinerario personalizado en el que se establecen objetivos relacionados con el empleo, la formación, la regularización administrativa e incluso la salud, con la vista puesta en que pueda estabilizar su situación. El acompañamiento se adapta constantemente a los cambios que van surgiendo durante el proceso. El equipo está formado por tres profesionales: Alba Huete, responsable del programa; Fanny Pérez y el propio Ricardo Alfaya. Además cuentan con apoyo de otro grupo de personas que dan cobertura a cualquier emergencia o incidencia que pueda surgir las 24 horas.
Más en La Voz
España se reencontrará con Austria en un Mundial 48 años después
Desde dentro de Alcohólicos Anónimos: «Lo primero que hice al salir de un centro de rehabilitación fue cruzar la acera y meterme en un bar a beber»
Estancias de más de un año
La permanencia media en Luscofusco es de un año y cuatro meses, aunque existen grandes diferencias según las circunstancias de cada caso. Las personas solas o las parejas suelen completar itinerarios más breves, mientras que las familias con menores requieren procesos más largos debido a cuestiones como la conciliación, la escolarización o lo que se demoren los trámites de regularización administrativa. Durante la estancia, Cáritas cubre las necesidades básicas de los participantes, incluyendo alimentación, suministros o medicación. A medida que avanza el proceso y las familias mejoran su situación económica, algunas de estas responsabilidades se transfieren progresivamente a los propios usuarios con el objetivo de favorecer su autonomía y prepararlos para la salida del recurso.
Formación y empleo
Los resultados del 2025 reflejan la importancia que tiene la inserción sociolaboral dentro del programa. Las personas participantes completaron un total de 30 acciones formativas y se lograron diez inserciones laborales con contrato. Además, diez familias consiguieron acceder a una vivienda o mejorar su situación residencial y finalizar su paso por Luscofusco. Aunque encontrar un empleo es uno de los principales ejes de la intervención, no es el único. En algunos casos, las personas ya llegan con trabajo, pero las condiciones son tan precarias que resultan insuficientes para garantizar el mantenimiento de una vivienda, así que los esfuerzos se centran en mejorar su formación con cursos de temática variable que les permitan abrir sus opciones de empleabilidad.
El perfil de los participantes es variable. Actualmente predominan las personas procedentes de Venezuela, Colombia y Perú, aunque también los hay de Guinea Ecuatorial o Senegal. Pero pese a la presencia significativa de población migrante, Luscofusco también tiene acogidos de nacionalidad española. «Hay personas que estaban plenamente arraigadas en la ciudad y que, tras una pérdida de empleo, una ruptura familiar o cualquier otra circunstancia sobrevenida, se ven abocadas a una situación de vulnerabilidad», dice Ricardo Alfaya.
La creciente dificultad para acceder a una vivienda debido a la escalada de los precios está provocando un aumento de la lista de espera para incorporarse a este programa. «Cada vez son más familias las que necesitan apoyo y las plazas del programa son las que son, así que muchas veces, sobre todo en las situaciones más delicadas, en Cáritas les ayudamos a través de otros programas a buscar otras alternativas residenciales o incluso les prestamos apoyo económico para que pueda afrontar los recibos de servicios, por ejemplo, para evitar que una situación puntual acabe en un problema de exclusión más grave», matiza el educador social.
«Siendo migrante y madre piensan que me convertiré en okupa»
Cuando María Magdalena Mangué llegó a España hace algo más de dos años lo hizo en avión, con visado, una maleta y la esperanza de un nuevo comienzo. Sin embargo, nada salió como esperaba. La familia que debía recibirla en Asturias no apareció y se encontró sola con su hija de tres años y sin un lugar de referencia para acogerse.
Esta mujer de 32 años, con experiencia laboral como recepcionista de hotel —habla varios idiomas— compaginó en su país natal, Guinea Ecuatorial, el trabajo por cuenta ajena con la gerencia de un negocio propio de restauración. «Me encanta cocinar», dice. La ruptura de su matrimonio la empujó a buscar un nuevo comienzo en España. «Quería trabajar, seguir formándose y ofrecer un futuro mejor a mi hija», relata. Tras no encontrar esa red familiar que esperaba, la incertidumbre se cernió sobre ella. «Llamé a mi familia en Guinea y avisaron a unos viejos conocidos que vivían en Ourense», cuenta. Ellos fueron quienes la acogieron en un primer momento y le recomendaron acudir a Cáritas. En pocos días estaba en el programa de vivienda temporal Luscofusco. Durante año y medio dispuso, además del alojamiento, de apoyo para gestionar documentación, obtener la tarjeta sanitaria, escolarizar a la pequeña, participar en acciones formativas como cursos de informática, manipulador de alimentos y otro de cocina, y en la búsqueda de empleo.
«También me ayudaron con apoyo psicológico. Uno viene con una idea en la cabeza y cuando las cosas no salen como esperabas te deprimes. Es mucha incertidumbre. Hay días que te dan ganas de hacer las maletas y regresar», cuenta. «A todas estas personas que trabajan en Cáritas les debo mucho. Nunca me he sentido sola y cuando los he necesitado, siempre han estado ahí. Incluso ahora, para cualquier consulta», explica. Y es que María ya no está en el recurso residencial del programa. Después de varios meses trabajando, primero como cuidadora de mayores y luego en hostelería, decidió avanzar hacia su autonomía.
«Aún no he encontrado un piso solo para nosotras, estoy en uno compartido pagando una habitación, pero pensé que había llegado el momento de dar el paso. Ellos ya me han dado mucho: un techo, comida, apoyo psicológico y ayuda para arrancar. Era el momento de dar la oportunidad a quienes vienen detrás», añade.
A pesar de contar con experiencia laboral y documentación en regla, asegura que encontrar un piso de alquiler resulta complicado. «Siendo una persona migrante y madre de una niña, piensan que me convertiré en okupa y me gustaría decir que la mayoría de los que venimos lo hacemos para trabajar, no a invadir casas ajenas. Lo que queremos es una oportunidad para poder pagar nuestro piso y vivir tranquilos», afirma
En este momento María se encuentra buscando empleo, con el objetivo de lograr una mayor estabilidad económica que le permita acceder finalmente a una vivienda propia para ella y su hija.
(Puede haber caducado)