Canarias necesita voz propia frente a los partidos que obedecen a Madrid
¿Por qué el nacionalismo canario vuelve a ser una necesidad democrática en un mundo cada vez más centralizado?
Canarias 7, , 28-06-2026En un mundo marcado por la polarización, la crisis de vivienda, el encarecimiento de la vida, la emergencia climática, la desconfianza hacia los grandes partidos y el regreso de los discursos centralistas, las fuerzas locales y nacionalistas son una herramienta democrática. Sirven para recordar que no todos los territorios viven los mismos problemas, ni necesitan las mismas respuestas, ni pueden aceptar eternamente soluciones pensadas desde un despacho que mira el mapa de España como si fuera plano, uniforme y peninsular. A menos de un año de un nuevo ciclo electoral, Canarias debería hacerse una pregunta incómoda, pero necesaria. Si otros pueblos han entendido que tener voz propia es una forma de proteger su futuro, ¿por qué Canarias debería conformarse con seguir pidiendo permiso?
Durante años se nos ha repetido que el voto útil consistía en apoyar a los grandes partidos estatales. Sin embargo, la experiencia demuestra que ese voto no siempre ha sido útil para Canarias. Puede servir para formar mayorías en Madrid, sostener gobiernos o reforzar bloques ideológicos, pero no necesariamente para defender las necesidades concretas de las Islas.
El problema no es que PP, PSOE y Vox sean iguales, porque no lo son. Tienen formas distintas de entender la política. El problema aparece cuando llega el momento decisivo. Sus prioridades no nacen aquí, sino en sus direcciones estatales, en sus equilibrios internos, en sus estrategias nacionales y en una agenda marcada casi siempre por la lógica peninsular.
El archipiélago lo ha vivido demasiadas veces. Cuando se habla de movilidad, se piensa antes en trenes de cercanías que en guaguas, tranvías, barcos y aviones. Cuando se habla de vivienda, se olvida que las Islas tienen un territorio limitado, tensionado por el turismo y sometido a una presión demográfica muy distinta. Cuando se habla de migración, se apela a la solidaridad canaria, a nuestra humanidad y a nuestro carácter abierto, pero pocas veces se reconoce que ser solidarios no puede significar asumir solos una responsabilidad que corresponde al conjunto del Estado y de Europa.
Canarias debe seguir siendo una tierra humana y solidaria, pero también tiene derecho a proteger su equilibrio social, sus servicios públicos, su territorio y su futuro. Ese es el riesgo de votar a partidos estatales en Canarias. El archipiélago puede volver a quedar subordinado a prioridades que no son las suyas, mientras otros territorios convierten su representación en el Congreso de los Diputados en una herramienta real de negociación. Puede haber buenos representantes canarios dentro de partidos estatales, pero siempre estarán sometidos a una estructura superior que no nace aquí ni rinde cuentas aquí.
El Partido Popular no puede presentarse como una garantía de defensa de Canarias cuando su propia historia reciente demuestra lo contrario. Las prospecciones petrolíferas frente a Lanzarote y Fuerteventura dejaron una herida profunda porque fueron impulsadas en contra de la opinión mayoritaria de la sociedad canaria, que veía en ellas una amenaza para el mar, el turismo, la pesca, el paisaje y el futuro ambiental de las Islas. José Manuel Soria demostró que nacer en Canarias no siempre significa defender Canarias cuando se llega a Madrid. Su salida política tras aparecer vinculado a sociedades offshore en los papeles de Panamá y el caso Faycán en Telde, con una trama de comisiones ilegales y dinero público desviado para reformar la sede local del PP, refuerzan una idea sencilla. Cuando el poder se mezcla con intereses privados, Canarias acaba pagando las consecuencias.
El PSOE tampoco puede presentarse como garantía de defensa de Canarias cuando sigue demostrando que, a la hora de decidir, piensa desde Madrid y no desde las Islas. Lo vemos con el Verano Joven, un programa que vuelve a dejar fuera la realidad canaria porque habla de trenes, alta velocidad e Interrail como si aquí existieran AVE, cercanías o media distancia ferroviaria, cuando un joven canario tiene primero que cruzar el océano en avión o en barco para acceder a esas oportunidades. Resulta intolerable que, año tras año, ningún ministro canario ni ningún socialista de Canarias haya sido capaz de explicarle a Pedro Sánchez que la principal barrera para nuestra juventud no es coger un tren, sino llegar hasta él. Y lo vemos también con la migración. Canarias fue solidaria cuando miles de personas llegaron al muelle de Arguineguín en condiciones indignas, pero el Estado no estuvo a la altura cuando las Islas pidieron ayuda. Ahora, con la visita del papa, Pedro Sánchez sí apareció en ese mismo lugar para la foto histórica. ¿Por qué el presidente viene cuando Canarias sirve de escenario internacional, pero no vino cuando Canarias lo necesitaba?
Vox representa directamente lo contrario de lo que Canarias necesita. Su proyecto centralista reduce la pluralidad territorial a una molestia y cuestiona herramientas fundamentales de autogobierno que han permitido a las Islas defender sus intereses específicos. No entiende la realidad migratoria de Canarias como una responsabilidad compartida entre administraciones, sino como una oportunidad para alimentar el miedo. Su discurso contra las políticas climáticas resulta especialmente preocupante en un territorio limitado y fragmentado, expuesto a los efectos del cambio climático y dependiente de la conservación de su paisaje, sus costas y sus recursos naturales. Además, su rechazo a muchas de las medidas de protección social y su tendencia a simplificar problemas complejos mediante consignas convierten a Vox en una fuerza política incapaz de ofrecer respuestas serias a los desafíos de Canarias.
Votar a partidos de casa no significa rechazar España ni levantar una frontera frente al resto del Estado. Significa entender que Canarias necesita representantes cuya primera obligación sea defender a Canarias. Un partido estatal puede tener buenos diputados canarios, pero siempre responderá a una dirección superior, a una estrategia nacional y a prioridades decididas lejos de las Islas.
Cuando el nacionalismo canario ha sido decisivo, Canarias ha logrado avances concretos. El Régimen Económico y Fiscal, la reforma del Estatuto de Autonomía, el descuento del 75 por ciento para residentes, la gratuidad de guaguas y tranvía, las ayudas a La Palma o la defensa de una Agenda Canaria en Madrid no fueron concesiones gratuitas. Fueron conquistas políticas de una tierra que tuvo voz propia.
El País Vasco y Cataluña han demostrado que una representación fuerte en el Congreso puede marcar la agenda del Estado. Canarias, en cambio, queda fuera de la ecuación cuando llega dividida, debilitada o dependiendo de partidos que miran antes a Madrid que a las Islas. No faltan razones para defender Canarias. Lo que falta muchas veces es poder político suficiente.
Por eso un nacionalismo dividido convierte a Canarias en actor secundario. La unidad debe de entenderse como una herramienta democrática para defender vivienda, territorio, juventud, servicios públicos, cultura, movilidad y autogobierno. Canarias no necesita encerrarse ni enfrentarse a nadie. Necesita una voz propia y fuerte para negociar su futuro desde el respeto, no desde la obediencia.
Un nacionalismo moderno y democrático no es una política de cierre, superioridad o rechazo al otro. Es una forma de poner la realidad de Canarias en el centro de las decisiones. No busca enfrentar pueblos, sino impedir que uno de ellos sea tratado como si no tuviera derecho a decidir sobre su futuro.
Daniel Innerarity ha recordado que las sociedades actuales son demasiado complejas para gobernarse con respuestas simples. Esa idea encaja especialmente con Canarias. No es lo mismo hablar de transporte en Madrid que en unas islas fragmentadas y tampoco es lo mismo hablar de vivienda en un territorio peninsular que en un archipiélago limitado y turistificado.
Cuando se legisla sin entender esas diferencias, no estamos ante simples fallos administrativos. Estamos ante problemas democráticos. Porque una democracia que no escucha la realidad concreta de sus territorios termina convirtiendo la igualdad en normas iguales para todos, aunque las necesidades sean distintas.
Chantal Mouffe recuerda que la democracia no vive del consenso vacío, sino del conflicto legítimo. Canarias necesita precisamente eso. No obediencia silenciosa disfrazada de responsabilidad, sino una posición política capaz de decir no cuando haga falta y de negociar con firmeza cuando el interés de las islas esté en juego. Porque una cosa es cooperar con el Estado y otra aceptar que el Estado se piense siempre desde Madrid. Una cosa es ser solidarios y otra permitir que la solidaridad signifique aguantarlo todo.
Por eso, el nacionalismo canario debe entenderse como una herramienta democrática, no como una política de cierre ni de superioridad. No se trata de decir que Canarias es más que nadie, sino de impedir que otros decidan siempre por ella como si vivir aquí fuera lo mismo que vivir en Madrid, Sevilla o Valencia.
‘Porque un canario no se rinde, se levanta, se sacude y sigue bregando’.
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