No se dan las condiciones para que el Reino Unido vuelva a la UE

Tras una década perdida, es hora de centrarse en el futuro

Diario Vasco, The Economist, 29-06-2026

Diez años y seis primeros ministros después de votar a favor de salir de la Unión Europea, el Reino Unido, por parafrasear a Dean Acheson, ha perdido un continente, pero aún no ha encontrado su lugar. El referéndum del 23 de junio de 2016, en el que los británicos votaron a favor de la salida del bloque por un 52 % frente a un 48 %, los ha dejado más divididos, con menor capacidad de influencia y más pobres de lo que habrían sido de no haberse producido. La promesa de que el Reino Unido «recuperaría el control» acabó siendo una broma de mal gusto. El país se ha visto sacudido por los acontecimientos mundiales. Los partidarios de la salida prometieron que la inmigración disminuiría, pero en el mandato de Boris Johnson se disparó.

Es de esperar que los próximos diez años sean más prometedores, pero primero los británicos deben aceptar la gran lección de su decisión de marcharse: intentar atribuir todos los males del país a una única causa es una forma de pensamiento mágico que solo empeora las cosas. No deben caer en la tentación de cometer el mismo error otra vez imaginando que volver a la UE es la respuesta a todos sus problemas.

La regeneración del país pasa por abordar las numerosas razones que impiden que el Reino Unido desarrolle todo su potencial. La formulación de políticas va a la deriva, el Estado es ineficiente y el sector privado se ve lastrado por los impuestos y la regulación. El país ya ha reunido en otras ocasiones el liderazgo necesario para un nuevo comienzo: en la creación del Estado del bienestar tras 1945 y en la revitalización impulsada por Margaret Thatcher. Debe volver a hacerlo.

Tal y como advirtió este periódico en el momento del referéndum, la salida de la UE fue un error garrafal, pero el Reino Unido no ha sabido aprovechar la flexibilidad que trajo consigo. La visión de un Singapur de libre mercado a orillas del Támesis se ha desvanecido. En lugar de desregular, el Estado se ha vuelto más intrusivo, más propenso a intervenir y, en parte como consecuencia de ello, está en quiebra.

El impacto sobre el PIB ha sido al menos del 2,5 %, probablemente mucho mayor. La distracción también ha tenido su importancia. Los responsables políticos y las empresas han dedicado innumerables horas a discutir acaloradamente entre sí, primero sobre cómo «llevar a cabo la salida de la UE» y luego sobre cómo mitigar sus efectos negativos. En la escena internacional, el prestigio del Reino Unido se ha visto mermado.

Y, lo que es aún peor, continúa la búsqueda de soluciones milagrosas, condenada al fracaso. La derecha populista mantiene su obsesión con la inmigración; la izquierda populista, con combatir los males del capitalismo. Ahora, los centristas están aprovechando los indicios de arrepentimiento —el 57 % de los británicos considera que salir de la UE fue un error y solo el 30 % sigue pensando que fue acertado— para sostener que el Reino Unido debería esforzarse por reincorporarse a la Unión. Esa sería la receta para otra década perdida en disputas sobre Europa.

El Reino Unido debe centrarse en el futuro. El mundo es muy diferente del de hace una década: entre guerras y pandemias, la geopolítica ha vuelto a ocupar un lugar central y la inteligencia artificial parece destinada a trastocarlo prácticamente todo, desde la forma en que trabajamos hasta la manera en que se libran las guerras. Sin embargo, la política pública sigue plagada de los males que han arraigado durante la década perdida del Reino Unido.

La defensa es un buen ejemplo: los aliados de la OTAN estiman que Rusia podría atacar ya en 2030 y, con la mirada puesta en Asia y resentido con Europa, Estados Unidos se muestra cada vez más distante. El Reino Unido tiene el instinto y la experiencia necesarios para asumir un papel de liderazgo en la organización de la defensa europea, del mismo modo que desempeñó un papel vital en el apoyo a Ucrania. Según Ipsos, solo el 8 % de los británicos se opone a la cooperación en materia de defensa con otros europeos, mientras que el 60 % está a favor.

Sir Keir Starmer, el primer ministro, dice todo lo correcto, pero ha sido incapaz de encontrar los recursos necesarios para respaldar su retórica. El 11 de junio, el secretario de defensa, John Healey, dimitió después de que el gobierno incumpliera una vez más su promesa de aumentar el gasto. El Reino Unido parece débil y, por tanto, un objetivo para Rusia. Su vacilación neutraliza uno de los principales atractivos potenciales del país para sus socios al otro lado del Canal de la Mancha.

El gobierno también está desaprovechando las ventajas con las que cuenta el Reino Unido en materia de IA. El país nunca igualará el dominio de Estados Unidos —lo que también repercute en el frente de la seguridad—, pero cuenta con sólidos puntos fuertes en investigación básica, startups innovadoras, talento tecnológico y políticas creativas, elementos que podrían contribuir a impulsar la productividad de una economía moribunda.

Por desgracia, las sumas que las empresas están invirtiendo en infraestructuras e instituciones relacionadas con la IA son insignificantes. Una de las razones es una política de cero emisiones netas que acaba limitando la producción y el consumo de energía, lo cual frena la construcción de centros de datos. Otra es la hostilidad hacia las compañías tecnológicas estadounidenses, incluida Palantir, que pueden colaborar con las fuerzas del orden y el sector sanitario.

Nadie dijo que resolver estos problemas fuera sencillo. Por desgracia, en un contexto marcado por la Covid – 19 y las guerras, la situación no ha hecho más que complicarse: la deuda como porcentaje del PIB se sitúa en el 94 %, un nivel que no se veía desde la década de 1960, el déficit presupuestario es del 4,3 % y la deuda pública británica es la más costosa de atender de todo el G7.

Unas relaciones más estrechas con la UE, el principal socio comercial del Reino Unido, podrían ayudar a mejorar la situación. El gobierno ha acertado al tratar de eliminar barreras al comercio de alimentos, con el objetivo de armonizar las normas y mostrar disposición a asumir un coste para participar en ciertos sistemas atractivos de la UE, como el programa de intercambio de estudiantes Erasmus. Esto implica una negociación permanente con la UE, como ocurre desde hace años con Suiza.

No obstante, la relación no debe convertirse en una distracción que monopolice toda la agenda. Aún no se dan las condiciones para que el Reino Unido vuelva a la UE. Nigel Farage, euroescéptico acérrimo, podría ser primer ministro dentro de unos años y la Unión se mostraría recelosa ante un país que carece de una mayoría consolidada a favor de la pertenencia. El Reino Unido debe arreglárselas fuera del bloque, como ya ha hecho en ámbitos como el financiero o el agrícola, uno de los pocos éxitos atribuibles a su salida de la UE.

Las políticas favorables al crecimiento que necesita el Reino Unido no son ningún misterio: más británicos, especialmente los jóvenes, deben dejar de depender de las prestaciones sociales e incorporarse al mercado laboral, el mercado de trabajo está excesivamente regulado, la energía debe ser más barata, las decisiones del gobierno están sujetas a demasiados puntos de veto —especialmente, en materia de planificación—, hay que transferir competencias desde Westminster, y así un largo etcétera. Sin embargo, cada una de estas políticas implica que alguien, en algún lugar, renuncie a algo.

La salida de la UE alimentó la ilusión de que los votantes podían eludir las decisiones difíciles: serían otros quienes sufrirían las consecuencias, ya fueran los extranjeros o los superricos, mientras los británicos se llevarían todas las ventajas. Ese mundo nunca existió y, pese a diez años difíciles, los británicos siguen sin aceptar la realidad. Cada vez parece más probable que necesiten una sacudida al estilo Thatcher para despertar.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)