“La selva del cemento era peor que la selva tropical”
‘Viaje al país de los blancos’, la historia real de Ousman Umar, que llegó desde Ghana al Estado tras cinco años de viaje, se proyectará desde este viernes en las salas comerciales.
Diario de noticias de Gipuzkoa, , 26-06-2026Hay historias que empiezan con una guerra y otras con una tragedia. La de Ousman Umar comenzó mirando al cielo. Antes de convertirse en el protagonista de la película Viaje al país de los blanco, antes de las conferencias, los libros o la fundación que hoy dirige, fue un niño en Ghana que no iba a la escuela y que no sabía leer ni escribir. Su infancia no transcurrió entre pupitres y cuadernos, sino entre trabajo y responsabilidades que llegaron demasiado pronto. Creció en una realidad completamente distinta a la que imaginamos desde Europa y, en medio de esa vida, hubo un instante aparentemente pequeño que terminaría cambiándolo todo: ver un avión cruzando el cielo.
Aquella imagen despertó una pregunta que terminaría guiando los años siguientes de su vida. Quiso saber qué había más allá, qué existía fuera de los límites que conocía, qué era ese lugar del que hablaban los adultos y que parecía pertenecer a otro mundo. Ese lugar era Europa, el llamado “país de los blancos”. Lo que entonces no podía imaginar es que aquella curiosidad infantil acabaría convirtiéndose en uno de los viajes más duros que una persona puede recorrer. Porque nadie mira un avión siendo niño pensando que años después caminará durante días por el desierto, verá morir compañeros a su lado o pasará cinco años atravesando fronteras y sobreviviendo a situaciones extremas para llegar a un lugar que ni siquiera se parecerá a lo que imaginó.
Dificultades desde el comienzo
Pero su historia, en realidad, empieza incluso antes de ese deseo. Empieza en su propio nacimiento, en una tradición que condicionaba su existencia desde el primer segundo. “La tradición es que si mi madre muere, tú también debes morir”, explica al hablar de la tribu Wala, donde sobrevivir no era un derecho automático, sino una excepción. “Si la madre muere es porque el bebé tiene un espíritu demasiado fuerte”, añade, describiendo una lógica que convierte la vida en una especie de conflicto desde el inicio. Y aun así, contra todo pronóstico, sobrevivió. Ousman Umar ha visitado recientemente Donostia para promocionar la película que dirige Dani Sancho Peris y se presta a compartir su historia de supervivencia con este periódico.
Esa supervivencia no vino acompañada de una infancia convencional, sino de trabajo temprano: “En mi infancia en Ghana no estudiaba sino que trabajaba”, resume, y más adelante lo concreta con una marca en la mano que condensa toda una etapa de su vida: “Con 12 años trabajando en Benghazi, Libia, soldando barcos”. Su crecimiento no fue progresivo, fue abrupto; no fue educativo, fue de resistencia.
El largo y terrífico camino
La historia de las personas migrantes suele empezar para la mayoría en el mar. Las imágenes que llegan son las de pateras, chalecos salvavidas o rescates en la costa. Son escenas que aparecen en telediarios y periódicos y que enseñan el último tramo de un recorrido mucho más largo. Sin embargo, antes de ese mar existe otro lugar del que se habla menos y donde también desaparecen miles de personas: el Sáhara. Allí no hay cámaras ni imágenes que documenten lo que ocurre. El desierto borra las huellas y convierte las muertes en silencios. Ousman atravesó ese lugar y explica que, de las 46 personas que iniciaron con él uno de los tramos más extremos de aquella travesía, solo sobrevivieron seis. Detrás de esas cifras había nombres, familias y sueños parecidos al suyo. Eran personas que también habían salido de casa convencidas de que al otro lado encontrarían una oportunidad mejor y que nunca llegaron a verla.
Ese trayecto, que en el imaginario suele reducirse a una línea hacia el norte, para él fue una sucesión de fracturas, de etapas donde el tiempo parecía deformarse. “Es como si hubiera vivido en tres siglos distintos: el XV, el XIX y el XXI”, dice al recordar Libia, Argelia y otros lugares donde la violencia, la explotación y la incertidumbre convivían como norma. Y en medio de todo, una certeza común a todos los que cruzan: “El amor puro, la gratuidad del amor, de la solidaridad, es lo único que nos puede humanizar”, dice, dejando suspendida la idea de que lo verdaderamente importante no fue el viaje, sino lo que ocurrió dentro de él.
Tras cinco años de trayecto, España apareció finalmente como el lugar donde debía comenzar una nueva vida. Durante mucho tiempo había imaginado aquel momento como el final del sufrimiento y el inicio de algo distinto. Había construido una idea de Europa asociada a la acogida, a la tranquilidad y a una vida mejor. “Me imaginaba que me acogerían en brazos, que me darían la bienvenida”, recuerda. Pero lo que encontró al llegar fue algo completamente diferente a lo que había esperado durante años.
Barcelona no fue mucho mejor
La realidad que describe no tiene que ver con la violencia física del viaje, sino con algo más difícil de explicar: la indiferencia. Durante meses vivió en la calle en Barcelona y aprendió a convivir con la sensación de ser invisible. “Nadie me miraba la cara y me regalaba la indiferencia”, explica. En su relato esa experiencia pesa especialmente porque habla de algo que va más allá de la falta de recursos o de la dificultad de encontrar ayuda. Habla de la sensación de dejar de existir para los demás, de pasar por una ciudad llena de personas sin que nadie se detenga a preguntarse quién eres o qué te ha llevado hasta allí.Durante ese tiempo descubrió que aquella ciudad que había imaginado no tenía nada que ver con la que estaba conociendo. Ousman llegó a definir Barcelona como una “selva del cemento”, una expresión con la que trataba de explicar que incluso podía resultar más dura que una selva real. Mientras que en una selva tropical podía haber árboles o frutas para sobrevivir, en aquella otra selva urbana la supervivencia dependía de algo mucho más imprevisible: la capacidad de alguien para mirar y decidir ayudar.
Y fue precisamente entonces cuando apareció Montse. Después de recibir indiferencia una y otra vez, Ousman había dejado prácticamente de pedir ayuda. Había aprendido a no esperar demasiado de nadie. Sin embargo, recuerda que algo ocurrió cuando la vio pasar por la calle. “Me llegó como una confianza, algo que me dijo: Levántate y habla con ella”, explica. La siguió y ella se giró. Lo que ocurrió después parece un gesto sencillo, pero terminó cambiando una vida entera. “En vez de asustarse, me cogió la mano”, recuerda.
El nuevo viaje
Ese momento supuso mucho más que encontrar un lugar donde dormir aquella noche. Significó volver a sentirse visto por alguien, recuperar algo que había perdido durante meses en la calle. Ousman explica que aquella noche, ya bajo un techo y lejos de la incertidumbre de dormir al raso, comenzaron a aparecer todas las preguntas acumuladas durante años. Se preguntó por qué había sufrido tanto, por qué algunos compañeros no habían llegado o por qué él seguía vivo mientras otros se habían quedado por el camino. Sin embargo, en mitad de esa noche decidió cambiar la pregunta que se estaba haciendo. “Entendí que no tenía sentido estar llorando toda la noche y preguntando por qué, sino había que preguntar para qué me iba a servir”.
A partir de ahí, su vida comenzó a reorganizarse desde cero. Aprendió a leer, a escribir, nuevos idiomas, y en apenas seis años pasó de la calle a la universidad. “En solo seis años aprendí catalán, castellano, leer y escribir, graduado escolar, bachillerato y aprobé la selectividad y entré en la Facultad de Química”, cuenta, no como una hazaña individual, sino como una prueba de lo que ocurre cuando existe una oportunidad real. Porque, como él mismo resume, “El talento no tiene color, es cuestión de una oportunidad”.
Pero el cambio más profundo no llegó en las aulas, sino en una noche concreta, en un momento de silencio en el que todo lo vivido empezó a tomar forma. Fue entonces cuando transformó la pregunta que había guiado su dolor. “Entendí cuál era mi propósito de vida: dar voz y evitar que otros no vengan”, explica, marcando el inicio de una nueva etapa que ya no giraría en torno a su supervivencia, sino a la de los demás.
Ayuda en Nasco Foundation
De esa decisión nace la Nasco Foundation, un proyecto que no busca solo ayudar, sino prevenir, intervenir antes del viaje, antes del desierto, antes de la desaparición. “A través de la fundación, damos acceso a escuelas digitales para alimentar la mente de los jóvenes”, explica, insistiendo en la idea de que la educación puede ser una alternativa real a la migración forzada cuando existe acceso y futuro. Su discurso, sin embargo, no se queda en lo personal. También apunta a lo colectivo, a la responsabilidad de mirar de otra forma lo que ocurre alrededor. “Debemos ser un poco más inteligentes y capaces de detectar ese tipo de bulos y mentiras”, advierte, como recordatorio de que las historias no solo se viven, también se interpretan.Viaje al país de los blancos cuenta la historia de Ousman Umar, pero él insiste constantemente en que no quiere que sea únicamente su historia. Quiere que sea también la historia de quienes no llegaron, de quienes quedaron en el desierto, de quienes desaparecieron en el mar y de quienes todavía siguen caminando. Porque detrás de cada cifra hay una persona y detrás de cada viaje hubo antes alguien que un día miró al cielo y quiso saber qué había más allá. Y como él mismo recuerda, incluso después de todo: “Si quieres llegar lejos, tienes que ir acompañado”.
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