Tribuna libre

Geografía de la amnesia

¿Cuánta periferia necesitamos para seguir llamándonos civilizados? ¿Cuánta distancia hace falta para dejar de reconocernos en la desgracia ajena? Esta claro que, para Europa, el dolor sí tiene fronteras

Canarias 7, Beatriz Bgangu, 26-06-2026

Llevo varios días intentando digerir la vergüenza. Sí, vergüenza. No encuentro otra palabra que defina mejor el nuevo reglamento europeo que habilita la detención de personas migrantes en situación irregular —que no ilegal, porque existir, les recuerdo, no es un delito—. Y aunque a veces una llegue a pensar que quienes redactan, promueven, defienden y aplauden este tipo de normas son quienes sobran, enseguida recuerda que el problema nunca ha sido existir.

Pero, ¿sabes qué es lo peor? Que ni siquiera han intentado disimularlo. Lo han llamado Reglamento de Retornos. Así, sin más. Como quien pone nombre a una directiva sobre residuos o a una normativa sobre el etiquetado de huevos.
Y vaya huevos

No sé, quizás soy yo, que llevo varios días tragándome una vergüenza que todavía no sé muy bien donde colocar. Reconozco que esperaba algo más. No humanidad, no. A estas alturas tampoco vamos a pedir milagros. Pero sí un poco más de pudor. Un poco más de imaginación. Algo más sofisticado, no sé, algo que, al menos, obligara a detenerse un momento antes de asumir que no estamos hablando de cuántos huevos hacen falta para hacer una tortilla de papas.

Pero no. Lo han llamado Reglamento de Retornos.

Y no sé qué me da más vergüenza. Si el reglamento en sí o la tranquilidad con la que somos capaces de pronunciarlo. Porque una acaba preguntándose: ¿en qué momento dejamos de hablar de personas? ¿Cuándo la vida de alguien pasó a resumirse en un expediente? ¿Cuándo dejamos de escandalizarnos? Y la pregunta más incómoda de todas: ¿cuándo dejamos de sentir vergüenza?

Porque, por si entre tanto ruido y tanto eufemismo todavía no tienes claro de qué estamos hablando, te lo traduzco:

Imagina. Sé que es difícil, pero imagina. Imagina que un día el mundo —tu mundo— cambia tan deprisa que ni si quiera te da tiempo a cerrar la puerta de tu casa. Que, de repente, todo aquello que dabas por sentado deja de existir. Que las noticias ya no ocurren lejos. Que las bombas, la guerra, la persecución, la pobreza extrema o, simplemente, la necesidad de sobrevivir dejan de ser algo que les pasa a otros y se convierten en tu única realidad.

Imagínate que te toca migrar. Imagínate que ese mundo tuyo ya no es una opción para nada ni para ti. Imagínate que huir es la única forma de seguir sobreviviendo. E imagínate también que, entre el miedo, la incertidumbre y el dolor de dejar atrás una vida entera, sigues adelante.

Imagínate que sobrevives: al mar, al desierto, al frío o al calor extremo, a la selva, a las mafias, a violaciones, a ser prostituida, a que maten a tu hijo o tu madre por respirar cuando tenía que haber aguantado el aire. Imagínatelo.

Y luego, imagínate que sobrevives. Que consigues llegar. Que, a pesar de todo, todavía queda algo de esperanza, porque mientras haya esperanza, todavía existe una oportunidad.

Y entonces, Europa.

Esa Europa que no se cansa de pronunciar palabras como dignidad, derechos humanos o libertad. Esa Europa que presume de memoria y de democracia. Esa Europa que convirtió las heridas de su propia historia en una promesa.

Esa Europa.

La misma Europa que hoy olvida por qué existe.

Y, sin embargo, aquí estamos, debatiendo cómo poner más kilómetros entre la dignidad y la periferia. Porque eso es, en el fondo —y también en la superficie—, el llamado Reglamento de Retornos. La posibilidad de ampliar los periodos de detención y de enviar a personas migrantes rechazadas a terceros países. Terceros. Ni si quiera los suyos.

Y cuanto más lo pienso, más me pregunto si de verdad estamos entendiendo la dimensión de todo esto. Porque una pensaría que lo más difícil es llegar. Atravesar el miedo. Dejar atrás una vida entera. Pero quizás lo verdaderamente complicado empiece después. Porque una cosa es mantenerse con vida y otra muy distinta es aprender a vivir en tierra firme.

Y eso es lo que más me inquieta de todo esto. Porque el Reglamento de Retornos no habla únicamente de expulsiones a terceros países. Habla de la facilidad con la que una sociedad es capaz de convertir la incertidumbre ajena en un problema administrativo y la dignidad humana en algo que puede medirse en kilómetros.

Y entonces una acaba preguntándose: ¿cuánta periferia necesitamos para seguir llamándonos civilizados? ¿Cuánta distancia hace falta para dejar de reconocernos en la desgracia ajena?

Esta claro que, para Europa, el dolor sí tiene fronteras.

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