Opinión 'Punto de no retorno': los jóvenes ante el auge reaccionario

Público, Por Miquel Ramos, 24-06-2026

Hace tiempo que se ha extendido la idea de que la juventud se ha vuelto reaccionaria. Varias encuestas arrojan datos preocupantes sobre cierto viraje autoritario, antifeminista y racista de una parte de los jóvenes en un momento histórico de auge y normalización de las extremas derechas en todo el mundo. No son los jóvenes sino los adultos quienes asfaltan el terreno de la reacción, quienes no han dado respuesta a los problemas de la clase trabajadora y quienes han dejado un futuro precario e incierto para las nuevas generaciones. Son los adultos quienes han normalizado los discursos de odio. Los jóvenes se han criado en este contexto, y navegan en él como pueden. Unos dejándose llevar, y otros, tratando de remar contracorriente.

El documentalista catalán Raül Gallego ha tratado de mostrar las entrañas de los diferentes movimientos de extrema derecha y de la izquierda radical a través de la mirada de varios jóvenes que militan en diferentes organizaciones de este espectro político. Dos nuevos episodios de su serie documental Punt de no retorn, ganadora en 2024 de un Premio Emmy Internacional en la categoría de Mejor Serie de Formato Corto, que inauguran una nueva temporada que se emite en la televisión pública catalana y que arrojan luz sobre las nuevas generaciones de jóvenes que, o se han sumado a la ola reaccionaria, o se organizan para frenarla.

Son dos reportajes imprescindibles para entender la adscripción política de muchos jóvenes de hoy en día, que no se queda en la caricatura ni en la hipérbole, que no habla de ‘tribus urbanas’ como solía retratarse hasta ahora el asunto, sino que va al corazón de ambas posturas con un rigor periodístico que se echa demasiadas veces en falta en gran parte del periodismo actual. Los reportajes, además, no se centran exclusivamente en el contexto español, sino que amplía su mirada a otros países de Europa, donde operan los mismos códigos y las mismas tensiones entre lo reaccionario y lo revolucionario, entre la extrema derecha y el antifascismo. Y un mismo telón de fondo: un capitalismo voraz que condena a la clase trabajadora a la miseria, e impulsa a la extrema derecha para derribar los consensos en materia de derechos y libertades, promocionar el individualismo, impedir la lucha de clases e imponer medidas cada vez más autoritarias.

Esto no es nada nuevo y ha existido desde hace décadas, antes incluso de que las extremas derechas llegasen a tocar poder y gozar de la normalidad y la aceptación que hoy tienen. Cuando todavía eran marginales, muy poca gente les prestaba atención, y mucha menos las confrontaba. Hoy nos encontramos con las consecuencias de esa deserción general ante un problema que interpelaba a toda la sociedad pero que muy pocos atendían. Y con un capitalismo cada vez más desatado y cruel, dispuesto a servirse de los ultras para preservar las jerarquías sociales y deshacerse de cualquier disidencia.

Aunque sus discursos sean los mismos de siempre, su capacidad de incidencia es mayor gracias a múltiples factores, pero sus resistencias siguen siendo tímidas, sectoriales y, a menudo, inocuas. Porque no basta con desmontar sus falsedades, sino que hay que atender a esos problemas existentes que ellos transforman y explican con odios y miedos, ofreciendo espacios seguros donde muchos jóvenes llegan buscando respuestas. Y demasiadas veces, porque las alternativas al facherío no han gozado de la misma publicidad y atención que los dé a conocer.

Viendo el documental se confirma lo que muchos venimos denunciando desde hace tiempo: que el foco mediático del que goza últimamente la extrema derecha en cada una de sus performances no se corresponde con su capacidad de movilización. La mayoría de los medios de comunicación, muy aficionados últimamente a informar sobre cualquier acto de los ultras, omiten las numerosas y mucho más concurridas actividades de las organizaciones de jóvenes de izquierdas. La espectacularización que atraviesa hoy gran parte de la información es parte del problema. Vende más en televisión sacar a veinte nazis encapuchados clamando contra la inmigración que a doscientos jóvenes parando un desahucio. Y esto, por mucho que se quiera denunciar el auge neofascista y su impunidad, no ayuda, tan solo espanta. Y hace cada vez más grandes a los ultras, mientras se invisibiliza la alternativa.

No se trata del manido debate sobre si hay que hablar o no de la extrema derecha a riesgo de hacerles publicidad, sino de cómo y cuándo se informa, y qué más ofreces para explicar la situación. Esto es algo que el documental de Raül Gallego ha logrado con creces: habla de la seducción ultra de una parte de la juventud, muestra sus actos, sus sedes, incluso les da voz, pero contextualiza, matiza, confronta y desmonta datos y consignas y, sobre todo, muestra la alternativa.

Para realizar un diagnóstico adecuado de cómo las extremas derechas están ganando terreno en una parte del sentido común era importante hablar con los jóvenes y ver por qué grietas se cuela la chatarra reaccionaria, pero también mostrar las resistencias. Y aquí nos encontramos con un problema que persiste desde hace décadas, y que, habiendo participado en la producción del documental, debo exponerlo para invitar a la reflexión: ha costado mucho encontrar a militantes de izquierdas dispuestos a hablar, a explicar los motivos de su militancia o el trabajo que realizan desde sus colectivos. Mientras neonazis y fascistas abren sus sedes de par en par y están encantados de tener una cámara delante, muchos colectivos de izquierdas siguen teniendo reticencias, por miedo o por prudencia, a salir explicando lo que hacen y por qué.

Esto no es nuevo, y quienes hayan militado o participado en movimientos sociales saben que es un debate eterno y no siempre resuelto. La experiencia en la participación de algunos reportajes en tiempos pasados no ha sido positiva, sometidos demasiadas veces al relato de ‘los dos extremos’ o de una radicalidad infantil e innecesaria, a pesar de advertir lo que estaba por venir, y que el tiempo les acabó dando la razón. La criminalización, la persecución y la manipulación mediática que colaboró con lo anterior pesan todavía sobre el antifascismo y los movimientos de la izquierda radical, que han preferido a menudo crear sus propios medios y dejar de confiar en los relatos equidistantes del mainstream. Hoy, los tiempos han cambiado, y exigen que colectivos e iniciativas populares tengan una estrategia de comunicación más allá de sus redes sociales o sus órganos de expresión propios o afines.

Estos documentales recién estrenados (disponibles en catalán, castellano e inglés) ofrecen la posibilidad de adentrarse en dos mundos contrapuestos, sin caricaturas ni estridencias, y entender las preocupaciones, las prioridades, las estrategias y la incidencia de cada uno. Y aportan, además, una mirada amplia de la juventud, de la que es imposible no tener esperanza, viendo cómo se organiza y cómo toma partido ante los problemas que nos afectan a todos y ante una extrema derecha bien dotada económica y bien protegida por el sistema. Y viendo, además, como las organizaciones de izquierdas suman a mucha más gente, a pesar de no contar con los padrinos ni los patrocinadores de los que gozan los ultras. Porque lo que cuesta el alquiler de la sede de un grupo nazi marginal como el que aparece retratado en el reportaje no se paga con cuotas de militantes ni vendiendo boletos de una rifa.

Vean los reportajes, analicen los discursos, las luchas y los objetivos de cada uno, su utilidad para resolver los problemas que acechan y las dificultades a las que se enfrentan. Urge que el periodismo huya de titulares sensacionalistas, de meter a toda la juventud en un mismo saco y tratar el asunto sin condescendencias. Hay que entender la visión del mundo que tienen hoy los jóvenes y dónde encuentran espacios de militancia para implicarse. Y hacerse muchas preguntas sobre el papel que estamos teniendo los medios, y, sobre todo, los adultos en todo esto.

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