Una oportunidad

Diario Vasco, Cartas al director, 23-06-2026

Hablamos de la inmigración como si fuera un problema, pero pocas veces nos paramos a pensar en todo lo que estas personas pueden aportar si se les da una oportunidad de verdad. La mayoría viene con ganas de trabajar, de salir adelante y de construirse una vida mejor, como haríamos cualquiera en su situación. Por eso, iniciativas como el programa Aukerak, del Ayuntamiento de Donostia, son tan importantes. Demuestran que, con un poco de apoyo y confianza, la gente responde, como Bilal Oudaj, que ha pasado de ser okupa a intentar regularizar su situación y buscar trabajo. No se trata de regalar nada, sino de abrir puertas para que puedan valerse por sí mismos y formar parte de la sociedad. Al final, dar una oportunidad a alguien no nos quita nada, pero puede cambiarlo todo para esa persona… y también para nosotros como sociedad. Mikel Urkia EIBAR

La toga está de moda: declaraciones, investigaciones, imputaciones, autos, sentencias, recursos, etc., se han convertido en términos cotidianos para el ciudadano de a pie, lego en derecho. Tratamos a los jueces como a los árbitros de fútbol; si sus decisiones y sentencias favorecen a nuestro equipo, asentimos con placer, mas, si van en su contra, nos acordamos de su árbol genealógico y les mostramos una tarjeta roja. No debemos temer a los jueces, sino a las consecuencias si quebrantamos la ley o aparecen serios indicios que así lo sugieren. El refranero nos recuerda que ‘el juez debe tener una oreja para el demandante, y la otra para la otra parte’ y así lo hacen; los togados deben trabajar sin presiones, coacciones o amenazas para poder desempeñar una tarea tan difícil como es juzgar y dictar una sentencia, ya que absolver a un culpable o condenar a un inocente suponen su propia condenación. No nos convirtamos en abogados de sequero o secano, opinando de lo que no sabemos y tratando de sentar cátedra; no olvidemos la famosa máxima: Dura lex sed lex. Francisco Javier Sáenz MartínezLASARTE – ORIA.

Los robots domésticos y asistentes virtuales han cambiado la vida cotidiana: nos recuerdan tareas, gestionan agendas y hasta conversan. Pero esta compañía digital puede ser un arma de doble filo. Dependemos cada vez más de máquinas para organizar, decidir o socializar, y la línea entre ayuda y sustitución se difumina. La tecnología facilita la vida, pero no debemos reemplazar relaciones humanas ni autonomía personal. Aprender a usarla sin depender de ella es el verdadero reto de esta era de la inteligencia artificial. Julia Abad

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