La vergüenza de Europa
El endurecimiento de la política migratoria en la UE no sólo expulsa a los migrantes: fabrica una categoría de personas
El País, , 22-06-2026Empezó con un aplauso que fue creciendo hasta que aparecieron los puños en alto, y desde los escaños de la derecha y la extrema derecha del Parlamento Europeo acabó tomando la forma de un cántico: “Send them back!”. Devolvedlos. Se acababa de aprobar una de las reformas migratorias más duras de la historia de la Unión. El cántico no expresaba el alivio de quien resuelve un problema, sino el júbilo de quien al fin ha encontrado un enemigo. Y eso, en una Cámara que nació para desterrar al enemigo de la política europea, es una noticia mucho más grave que la ley misma. Vale la pena detenerse en lo que se aprobó, pues, como siempre, el lenguaje administrativo lo vuelve casi inofensivo. Deportaciones más rápidas, detención ampliada hasta dos años en algunos supuestos, registros domiciliarios asimilables a los métodos del ICE estadounidense, y centros de retorno fuera de la UE, en terceros países a los que enviar a personas sin vínculo alguno con ese lugar. Cada medida, por separado, se presenta como simple gestión, pero juntas dibujan otra cosa: deshumanización.
Conviene reparar en esa desproporción, porque nadie corea una ley. El entusiasmo no se explica por lo que hace la norma, sino por lo que dice: hay un “nosotros” y hay un “ellos”, y el poder acaba de ponerse del lado del “nosotros”. El cántico no celebraba la política migratoria, sino una pertenencia que solo se vuelve gozosa cuando hay alguien a quien apartar. Fue, en el fondo, un acto de identidad disfrazado de medida legislativa. Y para que algo así suceda en un parlamento hace falta que alguien le abra la puerta, y se la abrió el centro. La mayoría que aprobó la ley rompió el pacto tácito sobre el que se sostenía la cámara. El Partido Popular Europeo dejó de buscar el consenso con socialistas y liberales y votó con los conservadores y la extrema derecha. No es la primera vez en materia migratoria, pero ha dejado de ser excepción para volverse método. Al votar y celebrar junto a ellos, el centroderecha no solo sumó escaños: los legitimó.
Bajo el ruido del cántico hay algo que casi nadie nombró. La ley no sólo expulsa: fabrica una categoría de personas. Quien acaba en un centro de retorno, detenido durante meses, sin vínculo con el lugar y sin comunidad que lo reclame, no ha perdido un derecho concreto, sino el suelo desde el cual los derechos son posibles. Es una de las lecciones del siglo XX: la catástrofe del desposeído no es ser tratado injustamente, sino dejar de pertenecer a una comunidad obligada a protegerlo porque es superfluo. Nuestra historia nos enseña con cuánta facilidad se pasa de negarle a alguien todos sus derechos a arrebatarle la existencia. Con todo, lo inédito fue el espectáculo. Europa lleva años excluyendo en silencio, en nuestras fronteras y aguas, pero lo asombroso es que se celebre a la vista de todos. ¿Qué pasa cuando la crueldad ya no se oculta como algo vergonzante y se exhibe como un triunfo? Deja de ser un coste incómodo del que preferiríamos no hablar para convertirse en el mensaje, en seña de identidad y motivo de orgullo. Entramos poco a poco en un mundo donde ya no sirve apelar a la vergüenza. Quien se muestra cruel sin avergonzarse no comete un desliz: enseña los dientes. Las democracias, lo sabemos, no mueren de un golpe sino de costumbre: se insensibilizan, aplauso a aplauso, hasta que la exclusión deja de ser noticia y pasa a ser el clima. Hoy, la única resistencia real es la más modesta y difícil: negarse a acostumbrarse. Que algo así, todavía, nos parezca impensable.
(Puede haber caducado)