Empatía suicida: ¿quién paga la factura del buenismo de las élites?

El profesor Gad Saad triunfa con un ensayo sobre los peligros de poner las necesidades de grupos externos por encima de las de nuestras comunidades

La Razón, Víctor Lenore, 21-06-2026

La portada del ensayo «Empatía suicida: muriendo por ser amable» (Harper Collins), del experto en psicología y mercadotecnia

Gaad Sad

, no puede ser más elocuente. Aparece una oveja sosteniendo un cartel con el lema «Liberad a los lobos». Es la representación pop de nuestro gran barranco existencial: pensar que los derechos de criminales, inmigrantes y minorías sociales deben de tener preferencia sobre los de los propios miembros de la comunidad.

El concepto «empatía suicida» alude a que las formas excesivas, mal dirigidas y patológicas de este sentimiento son destructivas también para quien las manifiesta.

Basta ver cómo las deportistas femeninas de élite fueron perjudicadas por abrir la puerta al colectivo trans. O cómo se han arruinado tantos barrios humildes por las fronteras abiertas, que atraen riadas de macarras sin arraigo. O cómo cualquier tibieza con las bandas criminales –reducir la presión a la mafia pakistaní británica para no parecer racista– se traduce en crisis política nacional.

La portada del ensayo alude a una frase cada vez más usada en círculos de la derecha anglosajona: «La empatía con los lobos es crueldad con las ovejas». Saad señala que hoy consideramos la condición de víctima como una virtud. También se ha impuesto la noción de que castigar es una solución primitiva y cruel. Manejamos una especie de «altruismo irracional» que nos hace sentir bien en el plano personal, pero que tiene consecuencias sociales devastadoras.

El ensayo ya ha alcanzado el primer puesto en la lista de los bestsellers del New York Times.

Toda una hazaña, ya que estamos ante un periódico que fue buque insignia de la fiebre woke y sus paladines. Uno de los mayores devotos del autor es

Elon Musk

, el primer empresario de la historia en poseer un billón de euros (en el sentido europeo, no en el estadounidense de «mil millones»).

El compromiso de Musk con el libro llega al punto de escribir un texto que la editorial ha colocado en la portada: «La civilización occidental está condenada, a no ser que nos quitemos de encima el lastre de la empatía suicida. No será sencillo, pero necesitamos jugar duro para sobrevivir. Gad Saad lo explica de manera articulada en todos sus libros, en especial en éste», destaca. El profesor no pretende haber descubierto la pólvora, solo ha retomado el hilo de algunos grandes historiadores. Por ejemplo, del británico Arnold J. Toynbee, que defendía que «las civilizaciones mueren por suicidio, no por asesinato».

Quien estudie el declive de los grandes imperios comprobará que, en general, entran en decadencia debido a los fracasos autoinfligidos por sus élites.

El filósofo estadounidense James Burnham recogió esa noción en «El suicidio de Occidente» (1984), donde advertía a sus lectores de que «el suicidio es probablemente más frecuente que el asesinato como fase final de una civilización».

También opinaba que «el progresismo es la ideología del suicidio occidental». Saad analiza así las últimas elecciones en Estados Unidos: «Al votar por un candidato político, las personas terminan dejándose llevar principalmente por sus emociones –‘‘Donald Trump me repugna’’– en lugar de por un conjunto coherente de justificaciones cognitivas –‘‘No estoy de acuerdo con las políticas de inmigración y fiscales de Donald Trump por las razones X, Y y Z’’–. La estrategia de campaña de Kamala Harris en 2024 consistió precisamente en apelar al sistema afectivo de la gente (alegría y diversión) en lugar del cognitivo, sabedora de que no destacaba en temas sustanciales.

El electorado no cayó en la trampa afectiva, lo que condujo a una victoria decisiva para Donald Trump.

La empatía suicida es una manifestación de este fallo sistémico, en el que una virtud noble es secuestrada y utilizada para tomar decisiones políticas que se abordan mejor mediante un análisis objetivo basado en nuestra capacidad de razonamiento», advierte. Líderes como Donald Trump, Viktor Orban y Nayib Bukele han sido los primeros en enfrentarse a la empatía suicida en nuestra época. Por eso resultan antipáticos a millones de personas, especialmente entre las rentas altas,

que les ven como candidatos de una plebe primitiva.

Chispazo de sectarismo

Hay que aclarar que Saad no es enemigo de la empatía, solamente de entronizarla como valor absoluto y resistirse a ponerle límites. La empatía resulta esencial para el funcionamiento cooperativo en grupos humanos reducidos, pero suele ser contraproducente en las grandes políticas públicas. Cuando líderes y celebridades como Pedro Sánchez, Keir Starmer, Silvia Intxaurrondo, Richard Gere y Manuel Carrasco hacen defensas cerradas de la inmigración masiva están más pendientes de su imagen que de las consecuencias sociales, consecuencias que además no sufren en sus residencias cercadas y con seguridad privada.

Saad incorpora a su texto las investigaciones de Barbara Oakley sobre «altruismo patológico», entendido como la producción de daño a través de acciones motivadas por el deseo sincero de ayudar.

La biografía de Saad explica muchas de sus teorías. Nacido en Beirut en 1964, su familia judía huyó de la guerra civil y se estableció en la pacífica y tolerante Montreal. El recuerdo de lo rápido que se puede hundir un país le marcó para siempre.

Basta un solo chispazo de sectarismo para que todo se vuelva irrespirable.

Las políticas buenistas de las élites de Canadá, un país donde abundan las subvenciones y los programas socialdemócratas, también marcaron su pensamiento. Interesado por el lado práctico de la realidad, Saad escogió estudiar márketing. La experiencia de haber crecido en un entorno donde la libertad individual peligraba por la violencia sectaria, y donde le hostigaban por ser judío, fue el motor principal detrás de su carácter combativo y su defensa de las libertades que se disfrutan en Occidente y que ahora están más en peligro que nunca.

El libro también viene envuelto en polémica feminista. Saad defiende que las mujeres son particularmente susceptibles a la empatía suicida, una tendencia que podría llevar a que los hombres que intentan protegerlas del daño sean etiquetados como «sexistas» o «personas que sufren de masculinidad tóxica». De hecho, Saad considera al feminismo posmoderno una idea parasitaria –título de otro de sus ensayos– por su oposición a reconocer realidades biológicas. El feminismo radical ama la empatía suicida, hasta el punto de ignorar o minimizar los estragos de las manadas de violadores extranjeros en Occidente. Es algo que les desconecta de la realidad y les perjudica en el plano electoral. Tanto en Francia como en Alemania, tras la reciente fiebre feminista, los partidos con mayor intención de voto femenino son los de extrema derecha contraria a la inmigración masiva, es decir Alternativa por Alemania y el lepenista Agrupación Nacional.

Es el resultado de décadas de empatía suicida, ignorando las dificultades de las mujeres occidentales para cruzar un barrio con alta densidad islámica en París o para disfrutar en paz de una tarde en una piscina pública de Berlín.

El estilo de escritura de Saad ha sido criticado por divagante y pomposo

, con demasiados pasajes dedicados a la autoglorificación personal (un defecto típico de los gurús de la mercadotecnia). Dicho esto, ha sabido cristalizar un concepto clave en un tiempo político convulso, en el que las clases populares están hartas de pagar las consecuencias del buenismo de sus élites, más pendientes de exhibir bondad que de resolver los problemas de las clases trabajadoras occidentales, que ven cómo su mundo de estabilidad se esfuma cada día ante sus ojos.

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