Los MAGA y su obsesión por enterrar los derechos de las mujeres: «No deberían votar»

Airados con la «laxitud» del presidente de EE UU, los republicanos más ultras proponen el voto por unidad familiar y que elija el marido

Diario Vasco, Alin Blanco, 21-06-2026

«¿Qué derechos les quitarías a las mujeres?», pregunta el podcaster estadounidense Jack Neel a Nick Fuentes, comentarista político vinculado a la extrema derecha. «Bueno, retiraría el derecho de voto a muchísima gente; a las mujeres, desde luego», responde. El vídeo acumula 1,2 millones de visualizaciones solo en la cuenta oficial del youtuber –que reúne cerca de 3,5 millones de seguidores–, aunque el fragmento se ha reproducido decenas de millones de veces a través de distintas plataformas. En Estados Unidos son cada vez más las voces que piden que se elimine el sufragio femenino, un derecho que en el país de la libertad se aprobó hace más de un siglo, cuando en 1920 se ratificó la Decimonovena Enmienda.

«Sinceramente, como mujer cristiana, estaría dispuesta a renunciar a mi derecho a votar», afirmaba ante la cadena canadiense CBC una de las asistentes a un acto organizado en Texas por Erika Kirk, viuda del influencer ultraconservador Charlie Kirk. «Aceptaría que mi hija no participara en las elecciones porque sé que se casará con un hombre guiado por principios bíblicos», asegura otra participante. «Cedería mi voto si eso implicara la prohibición del aborto», añade una tercera.

Como alternativa a la democracia y el sufragio universal, los más ultras de entre los ultraconservadores proponen el voto familiar. Es decir, una única papeleta por hogar, cuya decisión recaería en el marido. Esa es la idea que predica el pastor Douglas Wilson, cofundador de la Comunión de Iglesias Evangélicas Reformadas. Durante más de cinco décadas ha levantado en Idaho una amplia estructura dedicada a promover una visión teocrática del país. Cuenta con una escuela, una universidad de artes liberales y hasta una plataforma audiovisual propia. Su organización agrupa alrededor de 170 iglesias y cuenta entre sus fieles con el secretario de Defensa, Pete Hegseth. Wilson presidió un servicio religioso en el Pentágono el pasado febrero. Por eso, cuando plantea privar del derecho a voto a la mitad de la población de Estados Unidos, la gente escucha.

Las ideas más extremas que antes circulaban en los márgenes de internet alcanzan ya las altas esferas políticas. Hegseth no es el único aliado de Donald Trump que ha insinuado que las decisiones electorales deberían quedar en manos de personas «preparadas», una categoría exclusivamente aplica a los hombres, y preferiblemente blancos y heterosexuales. John McEntee, principal asesor del ‘Proyecto 2025’ y antiguo director de la Oficina de Personal Presidencial, así como Paul Ingrassia, responsable de la Oficina del Asesor Especial comparten esta propuesta.

También el pastor Dale Partridge, uno de los portavoces más radicales del movimiento cristiano ultraconservador, defiende tanto desde el púlpito como en sus redes sociales, la sumisión voluntaria de la esposa al marido. En febrero escribió en Instagram que las mujeres votan movidas por las emociones, que la política estadounidense se ha feminizado y que la Decimonovena Enmienda debería desaparecer. Incluso vaticinó que esa garantía constitucional dejará de existir dentro de una década.

Los republicanos promueven desde 2024 la ley SAVE Act (Safeguard American Voter Eligibility Act), un proyecto que complica el registro de los votantes y que afecta desproporcionadamente a las mujeres casadas o divorciadas ya que muchas adquieren el apellido del marido. El partido de Trump logró sacar adelante la propuesta en la Cámara de Representantes, pero a principios de este mes fracasó en el Senado después de que cuatro legisladores republicanos se sumaran al bloque demócrata para rechazarla.

Sin embargo, ni siquiera hace falta que se ponga en práctica el voto por unidad familiar para generar retrocesos sociales. El simple hecho de que el derecho de las mujeres a votar vuelva a ponerse en cuestión es suficiente para modificar el escenario político. Estas ideas arcaicas cambian la percepción de la ciudadanía y mueven los límites de lo que se considera socialmente aceptable. Las ideas que ahora parecen extremas calan y con el tiempo se normalizan. Lo que ahora parece un movimiento marginal, adquiere cada vez más fuerza.

La ultraderecha más a la derecha que Trump está desencantada con las «promesas incumplidas» del presidente. Figuras como Nick Fuentes canalizan ese descontento y se popularizan en la denominada ‘machosfera’, un espacio que, pese a su nombre, no está compuesto únicamente por hombres. La editora Helen Andrews publicó hace unos meses un ensayo sobre los riesgos de lo que denomina la gran feminización institucional, una tesis que vincula el feminismo con el universo ideológico ‘woke’. En la misma línea se sitúa la influencer estadounidense Savan Faith Stone, conocida por promover el modelo de «esposa tradicional» (o tradwife), centrado en el cuidado del hogar y el matrimonio devoto.

Este rechazo tan abierto y cada vez más explícito al voto femenino surge en un contexto en el que los círculos ultraconservadores responsabilizan a las mujeres de la precariedad económica, del avance de políticas progresistas, de las leyes favorables al aborto, e incluso del supuesto colapso de la civilización occidental. Señalan que el electorado femenino suele inclinarse en mayor medida por los candidatos demócratas.

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