¿Adónde migran los africanos?

La migración africana es ante todo regional, mal medida y mucho menos europea de lo que presupone el debate público

La Razón, Alfonso Masoliver, 20-06-2026

Cada vez que se habla de migración africana en un plató europeo se da por sentado que

el destino del africano es automáticamente Europa. Esta es la premisa que sostiene casi todo el debate público, de izquierda y derecha, de arriba y de abajo. Y

es una premisa falsa.

Tomemos las últimas cifras ofrecidas por Naciones Unidas (que deberían ser las más fiables, aunque caben detalles de los que hablaremos más adelante) que contabilizan a las personas nacidas en África que residen fuera de su país de origen. De los treinta primeros destinos, la mayoría,

algo más de diecinueve millones, en torno al 52%

, vive en otro país africano.

A Europa llegan unos nueve millones del total, lo que no alcanza el 25%; a Asia, cinco millones y medio; a América, menos de tres millones; a Oceanía, medio millón. Esto deja patente una primera realidad que choca directamente con el discurso popular: que el primer destino de un africano que emigra no es París ni Madrid,

sino el país que se ubique más cerca del suyo.

Conviene grabarse este dato a fuego. Y hará falta repetir que la migración africana es, ante todo, un fenómeno interno. Lo segundo que llama la atención de este conteo general es

el peso de Asia, que rara vez aparece en la conversación europea

y, sin embargo, recibe una cantidad considerable. Aunque los mecanismos de acogida no necesariamente son los mismos, por ejemplo, en Arabia Saudita, de lo que son en Francia.

Los que salen del continente

Miremos el golfo.

Arabia Saudí aparece como tercer destino mundial

en los datos ofrecidos por la ONU, por delante incluso de Sudáfrica. Pero ese puesto esconde una lógica que no tiene nada que ver con la europea. Para empezar, debe considerarse que el sistema kafala funcionó allí durante décadas. Consistía en que el trabajador migrante quedaba atado a un “patrón” que era quien controlaba su visado y su residencia, y su vida en general, hasta que

Riad anunció su abolición

en junio de 2025 y lo sustituyó por un modelo contractual.

Este nuevo modelo mantiene la misma naturaleza de fondo que la kafala porque se basa en la migración circular de mano de obra contratada en origen y por tiempo limitado. El africano que hoy figura en las estadísticas puede no estar dentro de cinco años. Es decir, que

Arabia Saudí puede tener en diez años

el doble (o la mitad) de africanos en su territorio, según convenga a su economía.

El modelo francés, definiéndolo con suavidad, da vértigo. Francia encabeza con holgura la lista mundial de destino de migrantes africanos, con más de cuatro millones de nacidos en África según Naciones Unidas,

más del triple que el segundo país europeo. Que, por cierto, ese sería España. La disparidad de las cifras cuando se apunta a Francia permite repensar hasta qué punto puede el país asimilar los números que maneja, porque el modelo francés es el opuesto al saudí: instalación permanente, reagrupación familiar, arraigo. Donde el Golfo alquila mano de obra, Francia incorpora directamente nueva población.

Ambos modelos coexisten y se intercalan a la hora de mirar adónde migran los africanos, y en qué condiciones. En algunos casos europeos también se busca un equilibrio frágil entre la incorporación de la población y

la contratación temporal de mano de obra

, aunque los medios que aseguren que esa mano de obra regresará a sus países de origen encuentran un nuevo impedimento. Son de sobra conocidos los centros de internamiento de inmigrantes en Arabia Saudita y sus durísimas condiciones de vida, que algunas organizaciones denuncian que vulneran los derechos básicos de los afectados.

Los que se quedan en África

Buena parte de los diecinueve millones de migrantes africanos que se desplazan dentro de su propio continente

no son migrantes económicos, sino refugiados y desplazados. Uganda acoge cerca de dos millones de refugiados (procedentes sobre todo de Sudán del Sur y la República Democrática del Congo), suponiendo esta la mayor cifra de África y la tercera del mundo. Chad alberga un millón y medio de refugiados, casi todos sudaneses huidos de Darfur en los últimos años. El propio Sudán aguanta

la mayor crisis de desplazamiento interno

del planeta, con nueve millones de personas viviendo fuera de sus casas sin haber cruzado siquiera una frontera. La carga de los refugiados africanos la llevan, en su inmensa mayoría, los propios africanos.

Y aquí debe hacerse un reconocimiento que rara vez se hace, que es el esfuerzo que realizan las naciones de acogida, países muy precarios en lo económico que sostienen a millones de extranjeros con una financiación internacional que llega con cuentagotas.

Es de esperar que este esfuerzo no siempre acabe bien. Y aquí entra la parte más incómoda para algunos. Los dos primeros destinos africanos de la lista protagonizan también dos

focos de violencia xenófoba

poco comentada. En Sudáfrica, que malvive con un paro superior al 43% de su población activa, el observatorio Xenowatch registró más de cuatrocientos incidentes y setenta y cinco asesinatos de inmigrantes entre 2022 y 2025; grupos nacionalistas como Operation Dudula llegaron a bloquear el acceso de extranjeros a los hospitales hasta que un tribunal lo prohibió a finales de 2025.

En Costa de Marfil, la ideología de la ivoirité alimentó desde los años noventa una hostilidad contra los inmigrantes de los países vecinos que estalló con el hallazgo de

cincuenta y siete cadáveres

de mayoría burkinesa en Yopougon, en el año 2000. Durante la guerra civil posterior, se acumularon matanzas donde se seleccionaba a las víctimas por ser malienses o burkinesas. La lección que se saca de ambos casos, que no son precisamente marginales, es que toda nación soberana que recibe una inmigración percibida como excesiva o descontrolada tiende a reaccionar con recelo y, a veces, con violencia. No parece un vicio europeo. Parece naturaleza humana. Conviene apuntárselo.

El problema de fondo: nadie cuenta bien

Empezando por la propia ONU. Su recuento usa el lugar de nacimiento cuando el país de origen lo deja registrado; cuando no,

recurre a la nacionalidad como sustituto.

Parece un detalle técnico sin importancia, pero no lo es. Alemania aparece con casi diecisiete millones de inmigrantes en su registro de extranjeros y, a la vez, aparecen prácticamente cero subsaharianos en la matriz: solo contabiliza unos

ciento cincuenta mil norteafricanos.

Esto es absurdo si se considera que Alemania contiene más de un millón de personas de origen africano, pero ocurre porque los africanos naturalizados dejan de contar cuando se usa su nacionalidad alemana, y porque la ONU solo

reevaluó a fondo para su conteo de 2024 sesenta países

, mientras extrapoló el resto desde 2020. Alemania, que en la realidad estaría entre los primeros destinos europeos, sencillamente no aparece entre los treinta primeros del mundo en la lista oficial.

Hay además otra fuga en el método. La ONU cuenta teóricamente a quien nació fuera, tenga papeles o no, así que el irregular debería figurar en las listas; el problema es que dicho irregular no se puede censar a efectos prácticos, y allí es donde queda excluido por definición. La cifra europea, que es la que enciende los ánimos, se come paradójicamente a quien protagoniza el debate, al sin papeles. Y antes de que nadie corra a engordar con ello la columna de Europa, conviene recordar que el mismo agujero se abre, y más ancho, en el conteo africano.

Si la fuente falla en Alemania… puede imaginarse lo que ocurre en el origen. África es la región del mundo con menor disponibilidad de estadísticas vitales fiables. Muchos países no registran de forma sistemática ni nacimientos ni defunciones. El censo, que en teoría debería hacerse cada diez años, tiene más de una década en buena parte del continente. El ejemplo más claro se encuentra en Nigeria, el país más poblado de África, pero

Níger, Senegal, Mauritania, Gambia o Benín

llevan años sin contar bien. Y las veces que se cuenta, aparecen los problemas conocidos: que si los nómadas, que si los habitantes de asentamientos informales y las zonas en guerra, y aquí es donde las cifras las decide el reparto de recursos. Porque contar a cada persona cuesta entre uno y dos dólares; multiplíquese por cientos de millones y se entenderá por qué no se hace tan a menudo como debería.

Entonces, ¿adónde migran los africanos?

A otros países africanos, sobre todo. A Asia más de lo que creemos.

A Europa menos de lo que el debate sugiere,

aunque Francia atraviesa todas las estadísticas como un cohete. Y a los países del Golfo migran de prestado, en un movimiento que va y viene.

Pero la respuesta honesta a la pregunta del título es que no sabemos con exactitud adónde migran los africanos. Tenemos una fotografía borrosa, tomada con cámaras distintas y mal calibradas, de un fenómeno que se mueve más rápido de lo que tardamos en medirlo.

Los porcentajes probablemente aguanten;

las cifras, no tanto. Quien venda en la televisión certezas sobre la migración africana, sea para asustar o para tranquilizar, está vendiendo una realidad falseada que los datos no dan de sí.

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