Ousman Umar: «Pasé de comer basura a tener un sueldo de 940 euros y ya me sentía millonario»
El escritor y divulgador se interpreta a sí mismo en la adaptación al cine de su 'Viaje al país de los blancos', su travesía desde Ghana hasta Barcelona
Diario Vasco, , 19-06-2026En África, en un pueblo llamado Fiaso, en Ghana, un grupo de niños corre hasta una carretera polvorienta para intentar ver pasar a un hombre blanco que supervisa unas obras cerca de su aldea. Uno de los niños es Ousman Umar, nacido un martes de 1988, que creía que el mundo terminaba donde acababa su pueblo. Ahora, aquel niño que soñaba con viajar al país de los blancos se ha convertido en escritor y conferenciante, ha fundado la ONG Nasco Feeding Minds y es actor protagonista de su propia historia.
Tras haber publicado sus memorias, Umar ha decidido revivir su travesía y llevarla a la gran pantalla. Dani Sancho ha dirigido ‘Viaje al país de los blancos’, la película llegará a los cines el próximo viernes, pero Donostia ya la ha estrenado en un pase en los Príncipe el pasado jueves. Su viaje hacia Europa fue una odisea de cinco años atravesando varios países africanos hasta alcanzar las costas españolas en patera. Tenía 17 cuando llegó a Canarias, tras haber cruzado el Sáhara y haber sobrevivido a redes de tráfico y condiciones extremas.
Su vida dio un giro decisivo cuando, al ser menor de edad, le destinaron a Barcelona. Se encontró con Montse y Armand, que le abrieron las puertas de su casa y le ofrecieron la posibilidad de estudiar. Umar inició entonces un proceso de aprendizaje acelerado que le llevó, en apenas seis años, a acceder a la universidad. Su historia es la de un superviviente que tuvo que aprender a convivir con la duda de por qué él llegó cuando tantos otros se quedaron por el camino.
– Cuando era niño imaginaba Europa como una especie de paraíso. ¿Le desilusionó lo que vio?
– No quiero decir que me decepcionase, ni mucho menos. Pero sí es verdad que la idea que tenía del paraíso y lo que me encontré después eran cosas bastante diferentes.
– ¿Considera que ha tenido suerte?
– He tenido muchísima suerte. He encontrado un gran país que me acogió, que me integró, personas que me abrieron las puertas de sus casas. Solo puedo dar las gracias.
– La película habla mucho de la imaginación, de cómo un niño puede construir un mundo entero sin haberlo visto nunca.
– Era exactamente así. Nosotros no teníamos acceso a la información. Lo único que conocíamos de los blancos era que estaban construyendo un puente cerca de la aldea y corríamos como locos para intentar llegar a la carretera antes que los demás y ver al hombre blanco que venía a supervisar la obra. Nos matábamos por llegar los primeros. No teníamos acceso a nada más, porque en mi pueblo no había ni siquiera colegio. El más cercano estaba a unos siete kilómetros. Además, solo pude estudiar dos años. Lo tuve que dejar para trabajar.
– ¿Para ayudar a la familia?
– Para comer, porque comíamos lo que cultivábamos. Todo lo que sabíamos del mundo venía de lo que contaban los mayores.
– Pero usted sentía la necesidad de ir más allá.
– Muchos de mis compañeros se quedaron en la aldea y estaban conformes con la vida que tenían. Yo tenía una curiosidad enorme. Tenía ganas de saber, de conocer. Creo que esa curiosidad era algo muy personal. La mía era querer entender qué había más allá de lo que conocíamos.
– Su yo infantil comenta en la película que «los blancos son blancos porque toman naranjas».
– En mi tribu pensábamos que los blancos eran blancos porque comían comida cruda. Cosa que nosotros no porque lo cocinamos todo en exceso. Cuando llegué a Barcelona y Montse me acogió en su casa, la primera comida que me pusieron delante fue gazpacho. Recuerdo que pensé ‘es verdad’. Intenté comerlo, pero no podía tragarlo. Ahora me hace gracia, pero en aquel momento era una prueba más de lo diferente que era todo.
– Pese a la dureza de la película, su odisea fue toda una aventura.
– Pero fíjate en una cosa. Las grandes películas de aventuras que hemos visto históricamente suelen contar historias de europeos que iban a descubrir América o África. ¿Cuántas películas existen sobre africanos que emprendieron una aventura para cambiar sus vidas? Muy pocas. Pero no quiero criticar nada. Creo que las críticas son una pérdida de energía. Prefiero construir. Me siento afortunado de que hayamos podido llevar esta historia al cine para que llegue a muchísimas personas.
– ¿Por qué sintió que era necesaria esta película?
– Porque una imagen habla más que mil palabras. Mi misión siempre ha sido ser la voz de mis compañeros y trabajar para salvar vidas. Por eso nació la fundación. Yo entendí que el cine era una herramienta capaz de llegar a muchísima más gente. El libro ya tuvo un recorrido maravilloso. Yo no me considero escritor. Simplemente, estaba contando la realidad de lo que había vivido. Pero el cine tiene una fuerza enorme para hacer visibles historias que muchas veces permanecen ocultas.
– ¿Recuerda cómo se acercó al cine cuando llegó a España?
– Pues mira, me llevé una decepción enorme cuando descubrí que las películas no eran reales y que aquello era ficción. Me llevé un disgusto terrible. Me costaba muchísimo entenderlo. Mi padre me ponía muchas películas mudas porque eran las únicas que me hacían reír sin necesidad de comprender el idioma.
– Ahora usted es el protagonista de su propia historia. ¿Qué tal ha ido la experiencia?
– Mucha gente me pregunta si he descubierto que era actor. Y la verdad es que no porque no soy actor. Lo único que tuve que hacer fue perder el miedo a volver a mirar de cerca a los ojos del niño que fui. Volver a ponerme en su piel. Volver a sentir su frío. Volver a sentir los miedos que sintió. Eso ha sido lo más duro. Probablemente, una de las cosas más difíciles que he hecho a nivel emocional.
– ¿Más difícil que escribir el libro?
– Sí. Mucho más. Escribir fue una experiencia intensa. Recuerdo que cuando terminé el manuscrito el editor me dijo que ya estaba listo y que solo faltaba una última lectura antes de enviarlo a imprenta, pero no fui capaz. No pude terminarlo. Había demasiado dolor ahí dentro. Lo que ocurrió con la película es que ese momento tuve que vivirlo constantemente. En cada escena. En cada secuencia. Durante todo el rodaje.
– ¿Ha descubierto algo nuevo sobre sí mismo al remover su historia?
– No diría que algo nuevo. Más bien fue un proceso en construcción, un trabajo que aún continúa. Lo que sí ocurrió es que volví a conectar con emociones que estaban ahí. Y entendí que había un bien mayor por encima de mis intereses personales. Que merecía la pena asumir ese coste emocional para poder dar voz a quienes ya no la tienen. Y también para recordar que somos humanos.
– Llegó en 2005 sin saber leer ni escribir. Seis años después estaba estudiando Químicas en la universidad.
– Era analfabeto. No sabía leer ni escribir. Y en 2011 entré en la Facultad de Química. En esos años aprendí catalán, castellano, a leer y escribir, hice el graduado escolar, bachillerato y selectividad. Y mientras trabajaba cuarenta horas a la semana arreglando bicicletas. El talento no tiene color. Lo que hace falta es una oportunidad.
– ¿Se ha preguntado alguna vez por qué sobrevivió usted y no otros?
– Esa fue exactamente la pregunta que me hice el primer día que dormí en casa de Montse y Armand. Lloré durante toda la noche. Y no dejaba de preguntarme una y otra vez: «¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?». Por qué yo había llegado y era yo quien seguía vivo y por qué no otros. Hasta que a la mañana siguiente entendí que la pregunta no era por qué, si no para qué. Fue para dar voz a las personas que ya no están para contar su historia. Yo soy la voz de todas esas personas.
– La película llega además en un momento especialmente duro para el debate migratorio.
– Es muy triste ver algunas cosas. Escuchamos decir que se regulariza a personas migrantes para conseguir votos cuando cualquiera que conozca mínimamente la legislación española sabe que una persona con residencia no vota. Yo llevo casi veinte años viviendo en España. ¿Sabes cuántas veces he votado? Ninguna.
– Estos días hemos escuchado en el Congreso que incluso «el problema de la vivienda se soluciona con menos inmigración».
– Y yo me pregunto cómo podemos responsabilizar a los más vulnerables de problemas tan complejos. Creo que muchas veces lo que se está vendiendo es miedo barato. Porque cuando consigues que la gente tenga miedo del diferente, después resulta muy fácil vender seguridad. Y eso es muy preocupante. Sobre todo porque vivimos en una época con acceso a la educación y, aun así, sigue existiendo mucha ignorancia.
– ¿Qué le está diciendo la gente que ya ha visto la película?
– Ayer mismo, una chica se acercó llorando y me dio las gracias por visibilizar lo normalmente invisible. Y creo que es precisamente la función de esta película: arrojar un poco de luz en la oscuridad. Porque hay miles de personas viviendo historias parecidas o incluso peores y muchas veces no somos conscientes de ello. La historia de la migración es la historia de la humanidad. No se puede entender el mundo sin entender la migración.
– En su discurso aparece con frecuencia la educación como respuesta.
– Porque estoy convencido de que la solución está ahí. La solución pasa por alimentar las mentes de los jóvenes para que puedan liderar cambios. Por eso existe la fundación. Por eso trabajamos en Ghana. Y por eso sigo defendiendo que la educación es la herramienta más poderosa que existe para transformar una vida.
– Con el tiempo regresó a Ghana, ¿por qué?
– Porque después de todo lo que viví, de llegar a España, encontrar una familia y tener oportunidades, entendí que me había tocado la gran lotería de la humanidad. Y cuando te toca una lotería tan grande, al menos en mi opinión, lo mínimo que puedes hacer es compartirla. Pasé de no tener dinero para comprar comida, de comer de la basura, a tener mi primer sueldo que eran 940 euros y ya me sentía millonario. Y en mi pueblo me enseñaron que cuando te toca la lotería hay que compartirla. Eso es exactamente lo que intento hacer cada día.
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