«Hemos llegado a trabajar todos en casa, pero el dinero solo nos alcanzaba para subsistir»
Milton Mosquera, Luis del Castillo y Nubia Mejía describen el temor que acecha cuando el salario no alcanza
Diario Vasco, , 19-06-2026Para sobrevivir al invierno, las hormigas se preparan reduciendo su metabolismo. Milton Mosquera no ha llegado a tal extremo pero sabe que hace falta vivir con luces largas. No quiere perder de vista lo que deparará la época más dura del año. «Ahora con el buen tiempo todo el mundo se acuerda de la bicicleta. Quien no entra por un pinchazo viene a la puesta a punto. Es tiempo de hacer caja, porque después vendrá lo peor. ¿Sabes quiénes entran aquí en invierno? Los de Glovo y poco más. Ellos son los únicos que no dejan la bicicleta, haga frío o llueva». Este colombiano de 36 años, al frente de un negocio familiar de reparación de bicicletas, describe una paradójica situación.
Cuando el negocio atraviesa su particular vía crucis económico encuentra precisamente en un sector precarizado como el de mensajeros en bicicleta el único sustento. Dos gremios que se retroalimentan compartiendo dificultades para llegar a fin de mes. Tener un empleo ha sido considerado, tradicionalmente, una de las principales garantías con las que contamos para gozar de una vida en unas condiciones económicas y sociales adecuadas. La historia reciente demuestra, no obstante, que la realidad es bien distinta.
Algo sabe de ello Mosquera. Conoce lo que es marcharse a casa como un alma en pena sin que nadie haya cruzado el umbral del establecimiento en todo el día. El colombiano mira el cuaderno donde escribe sus anotaciones. «Mira, ayer por ejemplo, entraron dos personas, y mi salario es proporcional a los ingresos. De media se puede decir que puedo cobrar unos 1.000 euros, pero hay meses que son 800; otros quizá algo más». Las cifras son las que son. Revelan que, con suerte, el colombiano aspira a acercarse al Salario Mínimo Interprofesional –1.080 euros–, frente a unos gastos que no dan tregua, como sabe el 15,9% de las familias vascas con trabajo remunerado en situación laboral de pobreza.
La familia de Milton paga por el alquiler del local 650 euros. En verano cubrir ese gasto no genera mayor problema, pero el invierno es otra historia. «Por eso es tan importante aprovechar ahora la temporada alta», confiesa el mecánico, justo en el instante en que entra una cliente preguntando por una bicicleta eléctrica que ha visto en el escaparate.
– ¿Como se llama?
Él le detalla el modelo, sin caer en la cuenta de que en realidad le está preguntando por su precio. «Ah, son mil euros». La clienta se marcha. «Esa bici por la que acaba de preguntar lleva en el escaparate tres años», reconoce con cierto pesar. Poco después entra otro cliente, que le pide una apuesta a punto. Él toma nota y le despide asegurando que su bici estará lista para primera hora de la tarde. En el establecimiento Bizikleta Berdea, en el barrio donostiarra de Herrera, tratan de dispensar un trato exquisito. Sabe Milton que su futuro económico pasa por fidelizar con ese mismo cliente que se acaba de marchar. «Como ves, ahora hay otra alegría, nada que ver con los días de invierno en los que no entra nadie». Jornadas amargas que conviene tener en mente porque aunque escaseen los ingresos a final de mes seguirá pagando los 650 euros que abona por una vivienda de alquiler de Errenteria.
El negocio cumple ya cinco años, y se va desprendiendo del mal recuerdo de sus primeros compases. «Al principio fue duro, casi cerramos. Me dedicaba más a tareas de limpieza para generar ingresos. Hemos llegado a trabajar todos en casa, cada uno en lo que podía, y el dinero solo alcanzaba para subsistir». Para escapar de todo ello combinar dos empleos se ha convertido en una estrategia de supervivencia habitual para muchos trabajadores pobres. La precariedad, los bajos salarios y la parcialidad obligan a acumular trabajos para intentar llegar a fin de mes
La familia de Milton se ha visto obligada a ello en distintas épocas. «Mi esposa trabaja ahora en un supermercado. Le pagan entre 1.200 y 1.300 euros, vamos tirando, y siempre con optimismo», dice este hombre para quien «no hay negocio malo» si uno va por la vida con ganas de mejorar cada día y aprender.
Su hija Isabela, de 22 años, ya se ha independizado. Trabaja como camarera en un bar de la Parte Vieja. Para su familia, el síndrome del nido vacío se compensa con el desahogo que supone un gasto menos. «Sabrá seguir adelante. Es una niña metelona, una persona berraca para el trabajo», dice con una jerga habitual en su tierra, la que describe a esas personas que han aprendido que no queda otra que remangarse para subsistir.
De una tierra que también conoce bien la lucha diaria por la subsistencia es Luis del Castillo. «No corren buenos tiempos», confiesa a modo de presentación. «En este negocio la verdad es que se hace mucho de psicólogo», dice este peluquero de 55 años nacido en Santiago de Cuba. El hombre atiende a este periódico a primera hora de la mañana, mientras levanta la persiana de su establecimiento, en el barrio donostiarra de Herrera. Despacha con vecinos. Tiene don de gentes. Le gusta su oficio, que también ha vivido horas bajas. «Está cambiando mucho la vida, y la era digital ha afectado a los negocios. También a éste. No hay más que ir a un colegio hoy en día: ves a todos con el mismo corte de pelo. En las redes sociales todos los chavales son peluqueros».
La apuesta del cubano por mantener a flote el negocio pasa por «el trato cercano con la gente». Y el precio: diez euros «para no andar con cambios ni monedas. Con la pandemia perdí mucha clientela y hay gente que no ha vuelto». La crisis sanitaria y los confinamientos destruyeron empleos, redujeron las horas de trabajo y algunos sectores todavía no se han recuperado. «Yo trabajo supeditado a los encargos que me llegan. No podría combinar este empleo con otra actividad porque no es posible compatibilizar. Tengo amistad con buena parte de mis clientes. Estamos en contacto por WhatsApp, yo me adapto y abro el negocio».
– ¿No hay que retocar la barba?
La entrevista con este periódico se interrumpe por unos instantes. La charla se desarrolla mientras del Castillo continúa trabajando con sus tijeras y máquinas cortapelo. Después de tanta cháchara, el primer cliente del día parece reclamar atención. «Estás bien, lo que pasa es que no estás acostumbrado a verte así», le tranquiliza el cubano que es mucho más que un peluquero para ese cliente que después se marcha. Ambos quedan para tomarse un café poco después.
El mundo digital se caracteriza por una paradoja: mientras la tecnología promete conectar a las personas globalmente, a menudo fomenta la despersonalización «y aquí muchos clientes vienen a desahogarse. Al principio me decían que esto más que una peluquería era poco menos que la ONU», sonríe este profesional mientras le da la bienvenida al siguiente cliente. Lo hace con un semblante similar al que exhibe la nicaragüense Nubia Mejía Martínez. El encuentro tiene lugar en el Boulevard donostiarra, con unos músicos callejeros que interpretan melodías de países del este como telón de fondo. Junto a esta mujer que llegó a Gipuzkoa hace dos décadas, hay una persona mayor sentada en una silla de ruedas. «Trabajo de interna, y aunque actualmente estoy en buenas condiciones, la verdad es que no siempre ha sido así. Tú sabes que cuando uno no tiene papeles la gente se aprovecha».
Si bien la tasa de pobreza laboral se sitúa en el Estado entre el 11% y el 11,7% de la población ocupada, esta cifra se dispara hasta el 29,5% entre las personas migrantes. El impacto es especialmente severo en sectores como el trabajo doméstico, donde casi tres de cada diez empleados sufren exclusión severa pese a tener empleo. «Todos los inicios son duros, pero con el tiempo una aprende a sobrevivir. Con la ayuda de Dios, una aprende a sobrevivir», subraya la que ha sido su ley de vida. «Es duro, es un cambio radical, trabajar y trabajar sin acabar de encontrar una estabilidad. No me imaginaba algo así. Ahora estoy más estable, tanto emocionalmente como desde el punto de vista económico. Pero es algo sobre lo que ha reflexionado mucho durante todos estos años». El objetivo de Nubia es seguir ahorrando, a la espera de que llegue el día en que disponga de una vivienda en la que sea ella la dueña y señora.
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