Una oportunidad para Bilal Oudaj: de la vida «horrible» en la fábrica okupada de Herrera a la inclusión de Aukerak
El marroquí Bilal Oudaj agradece el itinerario de inclusión del Ayuntamiento de Donostia, que le ha permitido contar por fin con un hogar
Diario Vasco, , 17-06-2026Bilal Oudaj se desprende de su sudadera negra y muestra una camiseta de la Real Sociedad con su nombre. El aspecto de este joven marroquí de 29 años nada tiene que ver con el que ofrecía hace tan solo unos meses. Su ojo ha mejorado. Sus problemas dermatológicos van remitiendo y su sonrisa delata un bienestar creciente. La charla tiene lugar en el albergue La Sirena de Igeldo, recurso reconvertido por el Ayuntamiento de Donostia en centro de acogida y de inserción social para afrontar la emergencia habitacional derivada de los desalojos de jóvenes okupas. «Llegué aquí en enero, tras el primer desalojo de la fábrica de Herrera donde la vida era tan horrible», asegura.
Como había ocurrido un mes antes en el viejo instituto de Martutene, un amplio dispositivo policial ejecutó por aquel entonces –el pasado 26 de enero– la orden judicial sin saber muy bien Bilal qué iba a ser de su vida. Fue Garazi Montuschi, técnica y activista destacada en la Red de Acogida Ciudadana de Donostia, quien le informó sobre la posibilidad de acudir al edificio de Ondarreta. «Antes de nada quiero dar las gracias a Aitana», dice mirando a la responsable del centro. «Es muy buena gente. La vida es muy diferente cuando puedes hacer uso de recursos como este: la ropa, la alimentación, pedir una cita médica o con la trabajadora del SMUS… son cuestiones cotidianas que cuando estás en la calle se complican muchísimo», asegura el joven.
Bastan unos minutos de conversación para descubrir en él a una persona abierta y cercana. Un marroquí que ha atravesado diferentes dificultades y momentos complejos. Aitana Carretero, coordinadora del centro La Sirena, subraya que pese a todo Bilal se ha mantenido fiel al compromiso con el proceso de inclusión que le ha ofrecido el Ayuntamiento de Donostia a través del Programa Aukerak, que ofrece plazas de alojamiento y acompañamiento a personas sin hogar bajo un estricto modelo que combina humanismo y exigencia.
«Para mí ha sido una oportunidad que he querido aprovechar. Es horrible cuando te ves obligado a buscar comida, a veces en la propia basura. Hay quien llega a hacer cosas malas por conseguirla. En nuestro caso, cuando vivía en la calle, solíamos esperar a que sacaran la comida caducada que retiraban del supermercado. Así estuve cerca un año», cuenta Oudaj, que hace gala de una particular filosofía de vida: dejar a un lado «la gente mala», y centrarse en aprender el idioma.
Ahora sonríe, pero no siempre ha sido así. Cuando accedió al recurso se encontraba «bastante bajito de ánimo», recuerda Carretero. El desgaste de la vida de calle era evidente. Pero mostraba una buena actitud y un fiel cumplimiento de las normas. «Cuando llegan aquí les pedimos una formación mínima dentro de las posibilidades de cada uno, porque cada persona es un mundo. Deben seguir una normas básicas y mostrar un respeto por la convivencia», subraya la coordinadora del centro La Sirena – Aukerak.
Al encuentro con este periódico también acude José María Larrañaga, presidente de la Asociación Arrats. Esta entidad gestiona diversos programas y centros de atención a colectivos desfavorecidos, entre los que figura el inmueble de La Sirena. «Conocemos a mucha gente como Bilal que tienen claro que no quieren delinquir, pero es difícil no caer en ello cuando una persona se ve obligada a estar varios años en la calle».
Una oportunidad como la de La Sirena supone, a ojos de Larrañaga, «un empujón que les permite salir rápido de la compleja situación en la que se encuentran». Tanto es así, que el marroquí ya no está en el albergue. Después de una estancia de tres meses en el recurso ha encontrado en Legazpi un piso de alquiler que comparte con varios amigos. «Viendo que estaba haciendo un buen proceso, que el curso le iba bien y que todo iba bien, veíamos que el hecho de continuar en La Sirena le iba a frenar su itinerario y hacerle sentir peor», explica la coordinadora del centro. A partir de ahí, Arrats se puso en contacto con Cáritas para explorar la posibilidad de adelantarle el dinero del alquiler del primer mes. El paso adelante que dieron está sujeto a un acuerdo que compromete a Bilal a devolver esa cuantía «una vez que cobre la ayuda que le corresponde, hasta regularizar su situación y comenzar a trabajar».
Poner en orden sus papeles es un trámite que están llevando a cabo desde La Sirena. Reconoce Larrañaga que la regularización extraordinaria de inmigrantes ha generado un proceso de espera tenso y lleno de dudas. Bilal tiene intención de trabajar como cocinero o camarero. Admite que su paso por el centro ha sido poco menos que un golpe de suerte ya que la vida no es sencilla con un diagnóstico de exclusión residencial grave como el que tiene, según han determinado desde el servicio de valoración de la Diputación. Se trata de un diagnóstico que no todos en la misma situación pueden acreditar porque no se les ha hecho esa valoración. «Es uno de los problemas que nos estamos encontrando. Hay personas que llevan mucho tiempo en calle y debido a la falta de recursos suficientes no se les ha podido atender como precisan», observa la coordinadora del centro La Sirena – Aukerak.
«Nos hemos reunido para hablar sobre esta cuestión con técnicos del Ayuntamiento y entidades que dan formación», corrobora Larrañaga. «Abrir La Sirena ha sido una decisión política que adoptó el Consistorio tras el desalojo de Martutene, pero la realidad es que el Servicio Municipal de Urgencias Sociales, SMUS, está atendiendo a muchísima gente que se encuentra en la calle y que está esperando un recurso. El Ayuntamiento decidió dar esta salida a través de La Sirena, ’pero hay que recordar que hay personas que llevan años esperando en la calle. Gipuzkoa se tiene que implicar más porque Donostia no llega a todo», admite Larrañaga.
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