Un Mundial en el que lo primero es el negocio, lo último el deporte, y no todos pueden participar
Gara, , 14-06-2026El fútbol tiene una raíz y un componente popular que hacen imposible una crítica simplista y despectiva sobre ese juego que emociona a millones de personas. El esnobismo es un mal principio si se quiere entender a la gente y transformar las sociedades. Ahora bien, el devenir del negocio del fútbol, cuyo exponente más esperpéntico es el Mundial que tiene lugar estos días en México, EEUU y Canadá, obliga a reflexionar de manera crítica sobre este deporte y sus derivas.
Desde la geopolítica hasta la vida cotidiana de las familias, el inmenso poder que tiene esta actividad humana, que primariamente es un juego, debe ser analizada y criticada sin complejos.
Once contra once, y uno contra el mundo
Este campeonato es un despropósito se mire por donde se mire. También desde el punto de vista deportivo. Repartido por primera vez entre tres países con realidades muy desiguales; con 16 equipos más de lo habitual; jugándose 78 de los partidos en EEUU, frente a 13 en México y otros tantos en Canadá; con las entradas más caras de la historia… los números reflejan el descontrol y los intereses inconfesables.
Once años después del «FIFA Gate», las estructuras internacionales del fútbol no solo no se han regenerado, sino que bajo el mando de Gianni Infantino su gobernanza se ha pervertido aún más. El vasallaje de Infantino respecto a Donald Trump, resumido en el Premio FIFA de la Paz otorgado al oligarca, va a provocar escenas vergonzosas estos días.
El carácter neoliberal del campeonato lo mancha todo. En medio de una emergencia climática, este será el Mundial más contaminante e inviable ecológicamente hablando. Cada vez es más evidente que estos eventos no generan riqueza en los lugares donde se desarrollan. Por el contrario, conllevan expolios y dejan hipotecas. La fiscalidad especial que exige la FIFA es inaceptable. Los precios astronómicos de las entradas condicionan el carácter popular del juego, puesto que está destinado a unas élites y resulta inalcanzable para los seguidores. La visión misógina y testosterónica del fútbol merecería un capítulo aparte.
En clave geopolítica, la Copa del Mundo se lee como una extensión de la agenda de Trump. La cita llega en un contexto de alta tensión. En el plano diplomático, quebradas las normas, en medio de varias guerras abiertas y con vías negociadoras en marcha, puede pasar de todo. La presión sobre el combinado iraní, por ejemplo, supone un factor incontrolable.
Canadá y México aparecen totalmente subordinados. La relación de Trump con sus vecinos está siendo beligerante y abusiva, como se ha visto en el tema de los aranceles. En el caso de México, las amenazas de intervención a cuenta del narcotráfico imposibilitan una relación normalizada y paritaria, por mucho que Claudia Sheinbaum haya demostrado mano izquierda a la hora de gestionar esas presiones.
En el frente interno, la deriva autoritaria y racista de la Administración Trump quedará expuesta ante el mundo. Dicen que «puede haber protestas» por la política migratoria, pero lo que se prevé es que puede haber una represión inaudita.
«Fair play», pero no en la cuestión nacional
El Mundial no deja de ser una competición entre naciones, y la vasca está vetada. La imposibilidad de participar con normalidad en torneos internacionales debido al veto español y francés obliga a la hinchada vasca a elegir otros equipos.
Cuando alguien defienda su derecho a apoyar a La Roja o a Les Bleus, tendrá que aceptar que ese derecho se basa en que, para empezar, los jugadores vascos no puedan elegir qué colores quieren defender. Se puede ser español o españolista sin ser cobarde ni victimista. Sin milongas, que bastante ventaja tienen.
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