El debate migratorio reabre viejas heridas en Irlanda del Norte

Los disturbios de Belfast tras el apuñalamiento de Stephen Ogilvie vuelven a poner el foco sobre la integración, la identidad y el legado de los Troubles en una sociedad que sigue dividida

Canarias 7, Ivannia Salazar-Saborío Enviada especial. Belfast, 14-06-2026

La primera vez que uno ve cerrarse las puertas de los llamados muros de paz en Belfast comprende que el conflicto norirlandés pertenece al pasado mucho menos de lo que sugieren los libros de Historia. Más de un cuarto de siglo después del Acuerdo de Viernes Santo, los accesos que separan algunos barrios históricamente enfrentados continúan clausurándose en un recordatorio silencioso de que la paz llegó antes que la confianza y de que las cicatrices de los Troubles siguen formando parte de la vida cotidiana de Irlanda del Norte.

Durante los disturbios que han sacudido Belfast y otras localidades esta semana tras el apuñalamiento de Stephen Ogilvie por parte de un ciudadano sudanés, esas viejas barreras parecen adquirir un significado renovado. Los ataques contra viviendas, comercios y alojamientos vinculados a migrantes y solicitantes de asilo han vuelto a colocar la inmigración en el centro del debate público.
Sin embargo, cuanto más tiempo pasa uno recorriendo las calles de Belfast y hablando con vecinos, comerciantes, trabajadores extranjeros y residentes de toda la vida, más evidente resulta que esta historia no trata únicamente de inmigración. También trata de identidad, de memoria y de una sociedad que nunca terminó de desprenderse completamente de las lógicas del sangriento conflicto. «Todo lo que hizo falta fue una chispa», resume el profesor Liam Kennedy, de la Queen’s University, «pero las tensiones ya estaban ahí».

Mezcla de banderas
Durante un recorrido por la ciudad resulta imposible no fijarse en las banderas. En algunos barrios de tradición unionista predominan las británicas y también las israelíes; en zonas de tradición nacionalista son habituales las irlandesas y las palestinas. Los símbolos no están distribuidos al azar. Delimitan territorios, identidades y memorias colectivas que se mezclan incluso con otras más allá de las fronteras.

Lo llamativo es que estas desaparecen en los distritos más ricos o socialmente mixtos. «Si ves muchas banderas, normalmente estás en un barrio obrero», comenta un taxista. Durante décadas, la gran fractura de Irlanda del Norte fue la que separó a la comunidad unionista, mayoritariamente protestante y partidaria de seguir formando parte del Reino Unido, de la comunidad nacionalista o republicana, mayoritariamente católica y favorable a una Irlanda unificada.

«Contrariamente a la creencia popular, Irlanda del Norte tiene una larga historia tanto de inmigración como de xenofobia y racismo»

Jack Crangle

Historiador

La mayoría del electorado nacionalista apoyó además la permanencia en la Unión Europea durante el referéndum del Brexit, mientras que buena parte del voto unionista respaldó la salida del Reino Unido del bloque comunitario. En Irlanda del Norte la división histórica no es solo religiosa. También es constitucional, identitaria y, desde el Brexit, en buena medida europea.

Tras los disturbios registrados en Ballymena el año pasado, el historiador Jack Crangle, autor de uno de los primeros trabajos académicos dedicados a reconstruir la historia de las comunidades migrantes en la región, publicó un artículo en el que apunta que «contrariamente a la creencia popular, Irlanda del Norte tiene una larga historia tanto de inmigración como de xenofobia y racismo». «La idea de que el racismo llegó con la inmigración reciente no encaja con la evidencia histórica», sostiene.

En su investigación, Crangle recuerda que musulmanes vivían en Irlanda del Norte desde finales de la década de 1920 y que miles de inmigrantes chinos y sudasiáticos permanecieron en la región incluso durante los años más duros de los Troubles. Entre los episodios documentados figura uno ocurrido en Belfast en 1936 y que hoy resulta inquietantemente familiar. Mohammed Din, uno de los primeros árabes establecidos en la ciudad, vio cómo una multitud rodeaba la vivienda donde se encontraba después de que circularan rumores sobre una relación con una mujer blanca. La prensa local describió entonces una concentración de unas 150 personas.
La idea de que Irlanda del Norte estuvo históricamente libre de racismo también forma parte de una narrativa que los investigadores llevan tiempo cuestionando. Durante décadas predominó la creencia de que una sociedad tan absorbida por sus divisiones sectarias apenas tenía espacio para desarrollar otras formas de prejuicio. Crangle sostiene precisamente lo contrario. «El sectarismo está basado en el miedo, la desconfianza y la hostilidad hacia un ’otro’». Tradicionalmente ese «otro» era la comunidad rival. En una sociedad cada vez más diversa, parte de esa lógica puede dirigirse ahora hacia nuevos grupos. «Las categorías cambian, pero los mecanismos sociales pueden ser sorprendentemente similares».

Los datos ayudan a comprender el contexto. Irlanda del Norte continúa siendo la región menos diversa del Reino Unido. En 2001, apenas el 1,8% de la población había nacido fuera del Reino Unido o Irlanda. Dos décadas después, esa proporción se había más que triplicado, aunque sigue muy lejos de ciudades como Londres, donde más del 40% de sus residentes nació en el extranjero y más del 60% de los niños tiene un progenitor de otro país. No se trata tanto de una inmigración masiva como de una transformación en una sociedad acostumbrada durante generaciones a dividirse según otras líneas.

La transformación tampoco se ha distribuido de forma uniforme. Varias de las personas que conversaron con este medio en Belfast señalan que muchas minorías étnicas prefieren asentarse en barrios nacionalistas o católicos, donde consideran que encontraron una acogida más abierta que en otras zonas de la ciudad. «Aquí nunca me preguntaron de dónde soy ni qué religión tengo o de dónde es mi acento», afirma un repartidor rumano residente en el oeste de la urbe desde hace más de una década, pero reconoce que «en algunas comunidades, como la rumana o la árabe, tendemos a cerrarnos sobre nosotras mismas y eso hace difícil la integración».

1,8% de la población de Irlanda del Norte había nacido fuera de Irlanda o del Reino Unido en 2001. Esa cifra es hoy el triple, aunque se encuentra aún alejada de lo que ocurre en ciudades como Londres, donde cuatro de cada diez residentes proceden del extranjero.

Las encuestas apoyan esta realidad compleja. Según la Northern Ireland Life and Times Survey, uno de las principales estudios de la opinión pública de la región, las actitudes hacia la inmigración se habían vuelto progresivamente más favorables durante las dos últimas décadas. En 2023, cerca de tres cuartas partes de los encuestados consideraban que los trabajadores migrantes son positivos para la economía y una proporción similar opinaba que contribuyen a hacer de Irlanda del Norte una sociedad más abierta, aunque las investigadoras Paula Devine y Katy Hayward apuntan a que ese mismo año pudo marcar un punto de inflexión en un contexto condicionado por el Brexit, el auge de discursos antiinmigración y las crecientes tensiones en torno al control de las fronteras.

Dependencia de los migrantes
Pero la dependencia de trabajadores extranjeros resulta especialmente visible en sectores como la sanidad. Durante los años de la pandemia, el Reino Unido intensificó la contratación internacional para cubrir vacantes esenciales. Esa contradicción aparece constantemente en las conversaciones. Una enfermera filipina que llegó en 2021 recuerda que siempre se sintió bienvenida. Hasta ahora. Estos disturbios «me han hecho preguntarme si mis vecinos me ven realmente como parte de esta sociedad».

Un pasajero británico con el que este medio charló durante el vuelo de Londres a Belfast, y que trabaja en una multinacional, defendió la necesidad de una inmigración legal y ordenada mientras expresó su preocupación por la integración y el control de fronteras, sobre todo por el hecho de que en la isla de Irlanda no hay una frontera dura. Y además apuntó que «en algunos barrios donde la gente vive de las prestaciones sociales, no quieren a los inmigrantes porque temen que también quieran vivir de ellas y que no alcance para todos, los ven como una amenaza a sus intereses».

La complejidad se percibe también cuando la conversación se desplaza hacia cuestiones que, en apariencia, tienen poco que ver con la inmigración. Cerca de una de las zonas afectadas por los disturbios, un comerciante de origen ghanés que pide mantenerse en el anonimato asegura que «algunos negocios pagan a los paramilitares por protección». Este medio no ha podido verificar de manera independiente su testimonio, aunque la persistencia de redes de ese tipo surgidas durante los Troubles ha sido ampliamente documentada por investigadores, organismos públicos y la Policía.

El Reino Unido intensificó la contratación internacional durante la pandemia para cubrir vacantes esenciales, sobre todo en sanidad

Cuanto más hablan los residentes de Belfast, menos parece que la discusión trate únicamente de inmigración y extrema derecha. Las banderas ayudan a entender esa complejidad. «Para algunos representan tradición y pertenencia», explica Cormac, un profesor jubilado de 83 años que vive en un barrio acomodado. «Para otros son marcadores territoriales». Y también «una forma de hablar en un lugar donde seguimos callando muchas cosas para no alterar la paz».

Así, parece que la inmigración no ha sustituido las viejas fracturas de Irlanda del Norte. Los muros permanecen en pie, las verjas continúan cerrándose cada noche y la gente sigue poniendo banderas en sus casas y calles.

Los precedentes de 2024 y 2025
Los disturbios registrados esta semana son el tercer episodio consecutivo de tensión en Irlanda del Norte con la inmigración en el centro del debate. En el verano de 2024, Belfast fue una de las ciudades británicas alcanzada por la ola de protestas y altercados después de que Axel Rudakubana, nacido en Cardiff de padres ruandeses, asesinara a tres niñas en Southport.

En junio de 2025, la localidad de Ballymena fue el epicentro de los disturbios después de que dos adolescentes comparecieran ante la Justicia acusados de agredir sexualmente a una menor.

Los incidentes de 2026 vuelven a tener como detonante un ataque violento, en este caso el apuñalamiento de Stephen Ogilvie, por parte de Hadi Alodid, un refugiado sudanés de 30 años que ha sido acusado de intento de asesinato. La víctima ha perdido un ojo y se encuentra en coma inducido.

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