América Latina gira a la derecha
La inseguridad, el parón económico y la creciente desconfianza hacia el sistema impulsan a partidos ultras en la región
Diario Vasco, , 15-06-2026Cuando la población de un país está harta de los problemas que aquejan a su sociedad y siente que sus mandatarios son incapaces de darles solución se suele producir un fenómeno político pendular. Es lo que la mayoría de los analistas considera que está sucediendo en Latinoamérica. Por eso, después de una etapa inusualmente progresista en países como Chile y Colombia, las últimas elecciones celebradas en la región apuntan hacia un giro a la derecha.
No en vano, después de la era de Gabriel Boric, la presidencia chilena vuelve a estar en manos de un conservador, José Antonio Kast, y algo parecido se prevé que suceda también en la cúpula del poder colombiano, donde Gustavo Petro ha sido el primer gobernante de izquierda del país: tras la victoria contra pronóstico en la primera ronda de las presidenciales, el ultraderechista Abelardo de la Espriella se perfila ahora como favorito para la votación en la que se decidirá el cargo el próximo día 21.
En poco más de un año, cinco países han confirmado el giro a la derecha o lo han ratificado: el primero fue Ecuador en abril de 2025, cuando decidió dejar el poder de nuevo en manos de Daniel Noboa; en Bolivia, el pasado mes de octubre la ciudadanía puso fin a dos décadas de Movimiento al Socialismo, el partido de Evo Morales, el primer presidente indígena de la historia del país; pocos días después, Argentina consolidó el poder de Javier Milei en las elecciones de medio mandato, y al mes siguiente fue en Honduras donde otro candidato conservador, Nasry Asfura, resultó victorioso frente al candidato de la izquierda; este año, en febrero, Costa Rica otorgó en primera ronda el mando a la derechista Laura Fernández Delgado, quien obtuvo un 48% de los sufragios y avanzó que «los cambios serán profundos e irreversibles».
Además del último asalto para acceder a la presidencia de Colombia, y tras el empate técnico en Perú –a falta de que haya resultados oficiales, la conservadora Keiko Fujimori mantiene una mínima ventaja sobre el progresista Roberto Sánchez–, este año aún se debe determinar quién cogerá el timón en Haití y, sobre todo, en Brasil. Con el octogenario presidente Lula da Silva en busca de su cuarto mandato, la izquierda brasileña esgrime los buenos datos de empleo y la reducción de la pobreza para mantenerse como el bastión –junto a México– del progresismo latinoamericano. «Puede estar seguro de que tengo la misma energía que cuando tenía 30 años», afirmó el dirigente que podría romper el récord de mandatos y también de longevidad en el cargo, ya que concluiría la legislatura con 85 años. Con una oposición fragmentada y la ultraderecha aún lamiéndose las heridas de la sentencia contra Jair Bolsonaro, parece que Lula logrará su objetivo. «En lo que dependa de mí, la ultraderecha nunca volverá a gobernar este país», sentenció el presidente.
Pero en el resto del continente es evidente que, a pesar de las peculiaridades de cada país, se extiende la sensación de que es necesaria mano dura para combatir la inseguridad crónica y medidas neoliberales para impulsar el crecimiento económico. «La desilusión con la izquierda y las crisis gubernamentales autoinfligidas han desencadenado un profundo cambio político. Las fuerzas conservadoras, libertarias y populistas de derecha están ganando cada vez más elecciones al enfatizar la seguridad, la reforma económica y una confrontación con las élites», escribe Henning Suhr, responsable del Programa Regional de Diálogo entre Partidos y Democracia en América Latina de Fundación Konrad Adenauer.
Coincide Alexandre Marc, investigador sénior del Institut Montaigne, quien subraya que el giro no se debe a razones ideológicas: «Si bien las cuestiones culturales y el conservadurismo moral siempre han influido en las elecciones del continente, en esta ocasión lo que ha marcado la diferencia son, sobre todo, las frustraciones relacionadas con la economía y la inseguridad. Tras las decepciones sufridas por Venezuela, Argentina bajo el gobierno de Kirchner, Bolivia y Ecuador durante la presidencia de Correa, los votantes parecen estar considerando políticas más liberales para impulsar la economía y confían claramente más en la derecha para afrontar los desafíos de seguridad».
En este escenario pesan dos nombres. Por un lado, a Nayib Bukele se le aplaude por su éxito en la reducción de la criminalidad a base de campañas de encarcelamientos masivos, y se ha convertido en un ejemplo para la ultraderecha latinoamericana. Por otro, Donald Trump, que se ha inmiscuido prácticamente en todas las elecciones desde que ha regresado a la presidencia, ha logrado que aliados como Kast, Asfura o Milei dirijan los países de lo que considera su patio trasero. Para todos ellos ha creado ‘El Escudo de las Américas’, un club ultra que pretende combatir a cañonazos el narcotráfico y las redes criminales que campan a sus anchas por el continente. «La creencia de que arrimarse a Trump puede dar réditos económicos tiene peso en las urnas», afirma el periodista y escritor argentino Martín Caparrós.
«En este nuevo escenario, la región no necesita campos de concentración para migrantes para comprender que nos dirigimos directos hacia un abismo fascista y que el único antídoto para evitar caer en él es, y siempre será, el progresismo», argumentaba hace un año Ernesto Samper Pizano, presidente de Colombia entre 1994 y 1998, en las páginas del diario ‘The Guardian’, donde también pedía que Latinoamérica se presente «con una sola voz ante el mundo» Cada vez se acerca más a esa unanimidad, pero desde el antónimo del progresismo.
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