El cumpleaños de Trump como nueva fiesta nacional

Diario Vasco, Roberto R. Aramayo, 14-06-2026

En julio la independencia estadounidense cumplirá un cuarto de siglo, pero se diría que Trump quiere convertir su octogésimo cumpleaños en el nuevo 4 de julio, adelantándolo así al 14 de junio. Hace tiempo me dio por decir que podría poner su rostro en los dólares, pero esa fantasía parece poder hacerse realidad y están estudiando emitir un billete de doscientos cincuenta dólares para conmemorar la efeméride nacional. Se habían suprimido los billetes de mil y quinientos dólares, dejando el de cien como máximo valor, y tampoco se permite que alguien vivo salga en los billetes, pero el actual presidente se caracteriza por saltarse las leyes a la torera y a buen seguro que conseguirá poner su foto. También aventuré que le podría tentar unir su nombre al de Washington para rebautizar a la capital y ahora no lo descartaría en absoluto.

El inquilino de La Casa Blanca se siente propietario del país y confunde sus intereses privados con los públicos, haciendo cuanto está en su mano para enriquecer a sus familiares más próximos y dejando una fastuosa deuda pública que gravitará sobre varias generaciones. Hillary Clinton ha dicho irónicamente que los nuevos billetes podrían servir para pagar un galón de gasolina, si el petróleo sigue subiendo por sus frustradas aventuras bélicas. Por mucho que cambie la nomenclatura del golfo de México y pinte la bandera de EE UU sobre mapas de Venezuela, Cuba, Canadá o Groenlandia como si fueran simbólicamente nuevos Estados de la Unión, lo cierto es que su política internacional está dando los frutos contrarios a la promesa de ‘hacer América más grande’.

Deja hacer a Netanyahu lo que le da la gana en unos territorios limítrofes cruentamente colonizados y le da un balón de oxígeno a Putin al desembargar su comercio petrolífero, para paliar el cierre del estrecho de Ormuz, donde señorea como nunca el régimen iraní de los ayatolas, que parece salir fortalecido de una guerra congelada por resultar muy costosa. El copioso arsenal norteamericano se ha visto desabastecido y eso hace que Trump se postre ante China, retirando su respaldo a Taiwán, porque ni siquiera entendió el sofisticado planteamiento de Xi Jinping al hablar del ‘dilema de Tucídides’. Ha puesto el mundo patas arriba y Estados Unidos ha dejado de ser el referente del modelo democrático. Su desprecio por la cultura le saldrá muy caro al país a medio plazo, como le sucedió a la Alemania nazi, y también acusará las consecuencias de perseguir a los inmigrantes que sostienen la economía cotidiana, mientras reparte dinero a miembros de la turba que asaltó el Capitolio que ya fueron indultados para compensarles por la persecución recibida.

Trump se identifica con los delincuentes por motivos obvios y presume de no haber pagado impuestos en su vida, pese a lo cual ahora dispone arbitrariamente del dinero público para sus caprichosas obras faraónicas en una residencia oficial que nadie había osado renovar como si fuera su casa. Recorta gastos en agencias clave para liderar políticas nacionales e internacionales dirigidas a la ciudadanía, elevando al mismo tiempo los gastos militares para un departamento que ahora se llama ‘de la guerra’ y dirige un inepto que despide a los cuadros más cualificados del ejercito por llevarle la contraria. Dos ciudadanos estadounidenses fueron tiroteados por la policía migratoria simplemente por supervisar sus abusos. A cualquiera que haya intentado fiscalizar sus desmanes en uno u otro momento se le trata como sospechoso de alta traición y se demoniza cuanto tenga relación con una visión progresista.

Lo malo es que su estilo, el trumpismo, resulta muy contagioso, está haciendo fortuna y va expandiéndose por doquier, como bien sabemos en Europa. Los bastiones de la socialdemocracia y el Estado del bienestar caen como un castillo de naipes en un efecto dominó, viéndose reemplazados por gobiernos conservadores que pactan con fuerzas extremistas de ultraderecha, prohijando los discursos del odio propios del fascismo y que tanto nos recuerdan al auge del nazismo en el siglo pasado.

El malestar social no se palia con recetas mágicas, pero sí puede malversarse para imponer una mentalidad insolidaria que repudie a los más desfavorecidos, propiciando un holocausto eugenésico liderado por la plutocracia del tecno – neofascismo anarcocapitalista. Ya no hay palabras para describir esta ‘ilustración oscura’ que vuelve del revés los valores enarbolados por la Revolución Francesa gracias a pensadores reformistas como Montesquieu, Diderot, Rousseau o Kant.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)