Canarias despide a León XIV con el Atlántico como altar
Tras llenar el Estadio de Gran Canaria y conmover en Arguineguín, el Papa cierra en la dársena de Santa Cruz de Tenerife la primera visita pontificia al Archipiélago
La Razón, , 13-06-2026Gran Canaria
amaneció el jueves consciente de que estaba viviendo una jornada que quedará escrita en la historia del Archipiélago. La llegada de
León XIV
convirtió a la isla en el centro de atención internacional y transformó durante unas horas la rutina de una tierra acostumbrada a recibir millones de visitantes cada año, pero nunca antes a un
Papa.
La imagen de la comitiva papal recorriendo las carreteras grancanarias, las calles abarrotadas en algunos puntos estratégicos y el
Estadio de Gran Canaria
convertido en un gran templo al aire libre forman ya parte de la memoria colectiva de una generación de canarios que jamás había presenciado algo semejante. La visita, marcada por un fuerte mensaje de solidaridad hacia las
personas migrantes
, situó además a
Canarias
en el corazón del debate humanitario europeo.
Pero más allá de los actos oficiales, de las homilías y de los encuentros institucionales, la presencia del Pontífice dejó una estampa singular: la
convivencia entre peregrinos, curiosos, vecinos y miles de turistas
que observaban sorprendidos cómo el destino que habían elegido para pasar unos días de descanso se convertía, de repente, en escenario de un acontecimiento histórico.
Desde primera hora de la mañana, en las zonas turísticas del sur de la isla, muchos visitantes preguntaban en recepciones hoteleras por los horarios y recorridos del Papa. Las reservas para asistir a algunos de los actos ya habían provocado un incremento de desplazamientos hacia Canarias en los días previos, especialmente entre grupos religiosos llegados desde distintos puntos de España.
En
Playa del Inglés, Maspalomas o Meloneras
, numerosos turistas extranjeros seguían la jornada a través de los teléfonos móviles o de las pantallas instaladas en establecimientos hoteleros. Algunos se acercaron incluso a
Las Palmas de Gran Canari
a para intentar contemplar el paso del vehículo papal o participar en la misa multitudinaria celebrada en el estadio.
La reacción de los visitantes fue tan diversa como las nacionalidades que cada año llegan al Archipiélago. Para muchos británicos, alemanes o nórdicos – mercados tradicionales del turismo canario – resultaba difícil comprender la magnitud emocional que el acontecimiento tenía para parte de la población local. Sin embargo, la mayoría coincidía en señalar que se trataba de una oportunidad única para vivir un episodio irrepetible durante sus vacaciones.
Mientras tanto, los residentes vivían la jornada desde perspectivas muy distintas. Para los creyentes, la visita representó el cumplimiento de un sueño largamente esperado. Desde hace semanas, parroquias de todas las islas habían organizado desplazamientos para acudir a Gran Canaria. Algunos grupos procedentes de La Palma, El Hierro, La Gomera o Lanzarote emprendieron viajes de ida y vuelta en el mismo día para poder asistir a la misa y regresar a sus hogares al finalizar la celebración.
En las inmediaciones del Estadio de Gran Canaria podían verse familias enteras, personas mayores que nunca imaginaron contemplar a un Papa en Canarias y jóvenes que acudían atraídos tanto por la dimensión religiosa como por la trascendencia histórica del acontecimiento.
Otros ciudadanos, sin embargo, siguieron la visita desde una óptica más pragmática. Los dispositivos de seguridad, los cortes de tráfico y las alteraciones en la movilidad generaron algunas molestias inevitables en una isla que mantuvo buena parte de su actividad habitual mientras acogía un evento sin precedentes.
Aun así, el ambiente general estuvo marcado por la normalidad. No se registraron incidentes destacados y la organización logró coordinar un complejo despliegue logístico que movilizó a cientos de profesionales de emergencias, seguridad y voluntariado.
Uno de los momentos más emotivos de la jornada tuvo lugar en el
puerto de Arguineguín. Allí, frente a uno de los símbolos más reconocibles de la crisis migratoria en la ruta atlántica, León XIV quiso poner rostro a una realidad que durante años ha definido la actualidad canaria. Su mensaje de respeto a la dignidad humana y de solidaridad con quienes arriesgan la vida en el mar resonó con fuerza en una comunidad que conoce de primera mano el fenómeno migratorio.
Al caer la noche, cuando las luces del estadio se apagaron y la comitiva papal se retiró para preparar su
viaje a Tenerife
, comenzó a instalarse entre muchos grancanarios una sensación compartida: la de haber asistido a algo excepcional.
Quizá dentro de unos años las imágenes de León XIV recorriendo Arguineguín, saludando a miles de personas o pronunciando su mensaje desde Gran Canaria formen parte de los libros de historia. Pero para quienes estuvieron allí – vecinos, voluntarios, peregrinos o turistas sorprendidos por el azar – la visita quedará asociada a algo más sencillo: el recuerdo de un día en el que una isla acostumbrada a recibir al mundo entero sintió que, por unas horas, el mundo entero la estaba mirando a ella.
Un testigo que recogió su vecina
Tenerife
recogió el viernes el testigo que dejaba Gran Canaria con el mismo recogimiento. La isla amaneció pendiente del cielo, con la misma bruma que se posa sobre Los Rodeos y que, una vez más, redujo la visibilidad a primera hora para sembrar cierta inquietud entre los organizadores. Pero el avión papal, que había despegado de la base área de Gando pasadas las 08:30 horas, tomó tierra en el Aeropuerto Tenerife Norte – Ciudad de La Laguna poco después de las 09:00. Al pie de escalerilla aguardaban, entre otros, la ministra de Inclusión, Elma Saiz; el presidente de Canarias, Fernando Clavijo; la presidenta del Cabildo de Tenerife, Rosa Dávila; y la presidenta del Parlamento regional, Astrid Pérez.
Si Arguineguín fue el corazón simbólico de la jornada grancanaria,
Las Raíces
lo fue de la tinerfeña. La primera parada del Pontífice le llevó hasta el centro de acogida, donde residen actualmente alrededor de
medio millar de migrantes. León XIV recorrió las instalaciones, se detuvo en algunas carpas habilitadas con literas y conversó con jóvenes llegados en cayuco por la ruta atlántica. Fue allí donde pronunció una de las frases que marcaran el recuerdo de esta visita: advirtió del “
naufragio silencioso
” que muchos migrantes afrontan después de alcanzar tierra y calificó la indiferencia del mundo ante las muertes en el mar como un fracaso de toda la familia humana.
En los alrededores del campamento, decenas de personas esperaban desde primera hora. Entre ellas, jóvenes africanos acogidos en las islas que quisieron aprovechar la presencia del Papa para lanzar su oportuno mensaje. Uno de ellos, un senegalés llamado
Baqué
, condensó el sentir de muchos de los que allí residen al pedir que el mundo no olvide que “
detrás de cada migrante hay un sueño, una madre y una persona que merece una oportunidad
”. La mayoría de quienes aguardaban profesan la fe musulmana, un pormenor que ninguno consideró relevante: lo importante, repetían, es que “la visita ayude a poner el foco sobre su situación”.
La mañana, que no dio un respiro a León XIV, continuó en la Plaza del Cristo de La Laguna, donde el Pontífice se reunión con asociaciones y organizaciones que trabajan en la integración de personas migrantes. Allí escuchó testimonios que helaron el ambiente durante algunos minutos. Un
joven marroquí relató su travesía en patera
en 2020, en la que perdieron la vida una veintena de personas, y el abrazo entre lágrimas de un padre que había soñado con la muerte de su hijo. También tomó la palabra el párroco de La Restinga, en
El Hierro
, cuyo pequeño puerto se ha convertido en epicentro de la última gran
crisis migratoria
de la ruta canaria.
Después llegó el momento de Santa Cruz. León recorrió las calles de la capital tinerfeña entre miles de personas y recibió, de manos del alcalde, José Manuel Bermúdez, la
cruz fundacional
de la capital, un gesto histórico para una urbe que debe su propio nombre a aquel madero plantado en 1494. En los alrededores, miles de personas llegadas desde diversos puntos de España para poder ver al Santo Padre desde cerca.
El gran
acto de despedida
tuvo como escenario la dársena del puerto, convertida para la ocasión en un enorme templo frente al océano. Decenas de miles de fieles – las estimaciones superaban las 40.000 personas – abarrotaron una explanada en la que se habían instalado más de 20.000 sillas. Junto al altar, levantados de cara al mar,
tres cayucos
, de los que han llegado a las costas canarias, presidieron la eucaristía como reminiscencia muda de quienes se juegan la vida en el Atlántico. Un himno compuesto expresamente para la visita, interpretado por corales tinerfeñas y la Banda Insular, puso música a una celebración que será difícil de olvidar para quienes la vivieron.
Tenerife, mientras tanto, se adaptó – como rara vez ocurre – sin voces discrepantes a la excepcionalidad. La
suspensión de las clases, la recomendación del teletrabajo y los cortes de tráfico
desde la madrugada en La Laguna y en el entorno portuario alteraron la rutina de miles de tinerfeños, que asumieron con conformismo lleno de orgullo una visita que puso al territorio insular en los ojos del mundo como nunca antes.
Ya entrada la tarde, la comitiva papal puso rumbo de nuevo a Los Rodeos, donde el Rey Felipe VI presidió la ceremonia oficial de despedida de un
viaje apostólico que ha llevado a León XIV por Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife
a lo largo de una semana. Desde la pista del aeropuerto norte, el avión despegó con destino Roma, cerrando con lágrimas aún en los ojos de muchos fieles, la primera visita de un papa a las Islas Canarias.
Cuando el aparato se perdió en el cielo, el Archipiélago empezó a digerir lo vivido. Dos días, ambas islas, y la mirada puesta en quienes cruzan el mar buscando una vida mejor. Si Gran Canaria sintió el jueves que el mundo entero lo abrazaba, Tenerife lo despidió el viernes con la certeza de que esa mirada noble, al menos por una vez, no se ha posado sobre sus costas, sino sobre su gente.
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