¿Y si ‘Alf’ el extraterrestre es la inspiración de la fantasía racista contra los migrantes que comían mascotas?

El ser peludo de aquella serie de los años ochenta tenía un defecto: intentaba comerse el gato de la familia humana que lo escondía de la Alien Task Force que pretendía detenerlo. Entonces esa fuerza militar sonaba exagerada; hoy está en cada ciudad estadounidense, escribe el ensayista mexicano Jorge Volpi en su libro ‘Invasión alienígena’, del que ‘Ideas’ adelanta un extracto

El País, Jorge Volpi, 10-06-2026

En la película de Ridley Scott de 1979, el alien que se infiltra en la nave espacial Nostromo fue diseñado por el artista suizo H. R. Giger: mitad humano, mitad bestia, con cierto carácter de insecto, reptil y máquina, posee una larga cola en punta, ágiles garras y un rugoso exoesqueleto, así como una gigantesca cabeza fálica, desprovista de ojos, y una mandíbula de la que surge una probóscide dentada. El gran acierto del director británico consistió en mostrar su cuerpo de forma intermitente, acentuando el suspense y animando al público a proyectar sus propios temores sobre el espectro.

Los aliens dibujados por los nacionalpopulistas apenas son distintos: también se ocultan en las tinieblas y utilizan cualquier descuido para aprovecharse de nosotros; su instinto es asesino y su fiebre sexual, incontenible; los ciega el odio y nada frena su hambre, sea para devorar a nuestras mujeres o consumir hasta el último de nuestros recursos. Igual que Scott, ellos tampoco los exhiben de cuerpo entero: prefieren acentuar sus diferencias físicas, culturales y étnicas –o reiterar los casos excepcionales en que han cometido algún delito grave–, para hacerlos lucir como criaturas sanguinarias, nunca humanas.

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Trump: “¿Por qué aceptamos que esta gente de países de mierda venga aquí?" (2018). “Hay en efecto una emergencia en nuestra frontera sur. Es un movimiento colosal” (2019). “Están llegando a nuestro país, muchos están muy enfermos. Y nos están contagiando esa enfermedad” (2020). “Es una invasión. Es como una invasión militar. Drogas, criminales, pandilleros y terroristas se están infiltrando en nuestro país. Están tomando nuestras ciudades” (2023). “Veinte millones de inmigrantes, muchos de ellos provenientes de cárceles, de prisiones, de asilos mentales. De manicomios, es cosa de El silencio de los corderos” (2023).

Illegal alien. Este es el apelativo usado para referirse a los migrantes que cruzan las fronteras sin visas o permisos de residencia. Solo que las personas ilegales no existen: en todo caso, estas pueden cometer actos contrarios a la ley –al menos en ciertos países que convierten en delito algo tan natural como caminar de un lado a otro–, pero ello no las vuelve ilegales por sí mismas. Odiosa ficción: la idea de que un pedazo de papel te vuelve radicalmente distinto de quienes te lo conceden o te lo niegan. La primera vez que se utilizó el término illegal alien fue en un artículo del New York Times del 14 de agosto de 1926 que contaba cómo un irlandés había cruzado la frontera en bicicleta sin permiso. Poco antes, la ley Johnson-Reed, del 26 de mayo de 1924, había intentado regular la migración por medio de cuotas que favorecían a los europeos del norte, limitaban a los del sur –así como a los eslavos y a los judíos– y prohibían el ingreso de los asiáticos. Asimismo, introducía las visas o visados, reforzaba la recién creada Patrulla Fronteriza y dictaba que quien traspasara la frontera sin papeles debía ser considerado ilegal. Todo ello a partir del mismo parámetro: frenar el ingreso de las razas inferiores.

El alien no solo es un extranjero o un extraño, sino el receptáculo de tus más profundos miedos: un fantasma en el que cabe aquello que más odias de ti mismo y de los tuyos. Convertir a los migrantes, acaso los seres humanos más indefensos y desprotegidos del planeta en medio del frenesí del capitalismo tardío –justo aquellos que nada tienen y han dejado atrás patrias, hogares y familias–, en esos monstruos supone una obscena inversión moral.

Trump: “No son personas, son animales” (2018). “Son animales salvajes, predadores. Entran en tu cocina, te cortan la garganta, atrapan a nuestras muchachas y las cortan en cachitos enfrente de sus padres” (2023). “Están envenenando la sangre de nuestro pueblo” (2023). “No sé si puedes llamarlos personas” (2024). “Se están comiendo a los perros. Se están comiendo a los gatos. Se están comiendo a las mascotas de la gente que vive allí” (2024). “Han introducido demasiados genes malvados en nuestro país” (2024).

El simpático extraterrestre peludo de la serie ALF (1986-1990) –cuyo nombre es acrónimo de Alien Life Form– tenía un solo defecto: al menor descuido intentaba comerse a Lucky, el gato de Brian, el hijo de la familia humana que lo escondía de la Alien Task Force que pretendía detenerlo. ¿Será posible que esta inocente ficción haya inspirado la fantasía racista contra los migrantes haitianos de Springfield, Ohio, divulgada por Trump y sus secuaces? Si acaso en esos años esa fuerza militar dedicada a identificar y atrapar aliens sonaba exagerada, hoy está justo allí, en cada ciudad estadounidense –Minneapolis y Saint Paul solo son su paroxismo–, cumpliendo con su tarea.

Acaso la ficción que mejor muestra la identificación entre los aliens y los aliens –es decir, entre los extraterrestres y los extranjeros sin papeles– sea Distrito 9, de Neill Blomkamp (2009). En 1982, una nave espacial llena de hambrientos y desesperados alienígenas con rasgos artrópodos –una patera intergaláctica– aterriza en Sudáfrica, donde el gobierno los confina en un campo de concentración. Veinte años más tarde, este se ha convertido en un enorme y miserable gueto que el gobierno necesita reubicar para construir un conjunto residencial humano. Apodados “gambas” o “camarones”, a estos aliens también se les acusa de ser sucios, insidiosos y violentos, así como de aprovecharse del esfuerzo de los humanos. Si bien Blomkamp se inspiró en el apartheid y la expulsión de las comunidades negras del Distrito 9 de Ciudad del Cabo entre 1959 y 1970, hoy refleja a la perfección lo que ocurre en Estados Unidos o Europa con los aliens que cruzan el mar o el desierto en busca de una vida mejor y con los políticos que amenazan con expulsarlos. En un brillante giro argumental, el protagonista del filme, Wikus van der Merwe, uno de los responsables de la deportación, se contamina con una sustancia extraterrestre y empieza a transmutarse en “camarón”. Si le conviene, el poder es capaz de convertir a cualquiera en alien.

Nada como un elusivo y siniestro enemigo común para unir al pueblo en torno al líder: la receta es tan antigua que apenas sorprende su eficacia presente. Cada tirano la ha puesto en práctica: elegir un chivo expiatorio y adjudicarle las calamidades que él mismo ha provocado o los problemas que no ha sabido o querido resolver. A partir de ahora, ellos serán el blanco del encono ciudadano. La solución: animalizarlos, señalarlos o marcarlos, amenazarlos y acosarlos, detenerlos, humillarlos y separarlos de sus familias –incluso de sus hijos pequeños, como ha dictado Stephen Miller, el asesor en materia migratoria de Trump–, y al cabo expulsarlos. O, valiéndose de estos atroces eufemismos, obligarlos a “autodeportarse” o “remigrar”.

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