El pueblo de Galicia que asombró al mundo por su solidaridad con un inmigrante
En Rodeiro, juntaron casi 9.000 euros para repatriar a Samba, un senegalés fallecido con 48 años. Un gesto muy elogiado y comentado en redes, que ellas no entienden: «É o máis normal», alegan
La Voz de Galicia, , 10-06-2026Rodeiro, un concello ubicado en el mismísimo centro de Galicia y perteneciente a esos municipios que encarnan la mejor versión de la Galicia profunda —con verde autóctono, aire fresco y vecinos que nunca serán desconocidos los unos para los otros—, no tenía, en principio, demasiadas papeletas para asombrar al mundo. Ni siquiera a España. ¿Cómo iba a reparar un país tan grande en un sitio tan pequeño, con sus poco más de dos mil habitantes? Pues lo hizo. ¿Por qué? Porque este recunchiño escondido en el mapa de la provincia de Pontevedra, tocando ya con Lugo y Ourense, convirtió una desgracia, la muerte de Samba, un senegalés de 48 años, en un símbolo solidario. Los vecinos recaudaron en cuestión de horas unos 9.000 euros para repatriar su cuerpo a Senegal. Y esto, en un mundo globalizado y tan atacado de xenofobia, asombró. Hasta medios internacionales se hicieron eco de lo ocurrido mientras en Rodeiro se quedaban perplejos. Dicen que lo que hicieron con Samba es «o máis normal do mundo» y hunden sus argumentos en su propia historia, que por cierto es la misma que la de gran parte de Galicia.
Hace no tantos años, en los ochenta y noventa del siglo pasado, en el colegio público de Rodeiro en casi todas las clases había algún niño que tenía a sus padres lejos. Se habían marchado a Suiza o Inglaterra y ellos se habían quedado con los abuelos. En otros casos se habían ido familias enteras a Barcelona o Bilbao. Y algunos andaban más cerca, en Vigo o A Coruña. Pero lejos de la aldea, en todo caso. Eran tiempos de ida hacia España o Europa como los anteriores lo habían sido de emigración hacia América; épocas en las que prosperar significaba echar el cierre a la casa de los abuelos y largarse a la ciudad. Fuese a cual fuese.
Pasó el tiempo. Se vivieron momentos duros para la agricultura y la ganadería, con lo que eso significa en un ayuntamiento donde el sector primario es el pan y la sal. Y un día comenzaron a cambiar las tornas. Rodeiro se fue convirtiendo en un punto neurálgico del sector lácteo con explotaciones potentes y tecnológicas. También se comenzaron a construir granjas de cerdos a una velocidad tan apabullante que pasó a ser el municipio gallego con más gorrinos. Con todo y con eso, en medio del mapa gallego, lejos y cerca de todo a la vez y pudiendo cantar aquella de «vaya, vaya, aquí no hay playa», el censo seguía desangrándose.
Se iban algunos, quizás menos que antes. Pero no llegaban más. Así que las cuentas demográficas seguían sin cuadrar. Hasta que, al fin, fueron llegando otros. ¿Quiénes? Los inmigrantes. Los vecinos hacen memoria y cuentan que entre los primeros en llegar a Rodeiro en esta nueva vuelta de la tortilla estuvieron unos uruguayos, que trajeron a otros, y a otros más… Luego desembarcaron de otros países. De Venezuela a Nicaragua pasando por Senegal y Marruecos. Solo de Colombia hay más de 70 personas en un término que, recordemos, no llega a los tres mil habitantes. Trabajan en las explotaciones, cuidan a los mayores, se baten el cobre en el matadero de conejos más grande de Galicia…
Entre todos esos recién llegados estaba Samba. Era uno más. Pero no un número. Porque en Rodeiro, de momento, nadie lo es. Todo el mundo tiene santo y seña, aunque llegue desde la otra esquina del globo con un nombre imposible de pronunciar. Samba, que trabajaba en una ganadería, era amable y, sobre todo y, ante todo, agradecido. Así que cuando enfermó de cáncer con solo 48 años y con su familia a miles de kilómetros, a algunos vecinos de Rodeiro se les arrugó el alma. No necesitaron hablarlo. Ni debatirlo. No tuvieron dudas. Había que arrimar el hombro. El que podía hacía. Punto. Lo cuentan, sentadas a la misma mesa, agradecidas, pero también cansadas de que un gesto que a ellas les parece «o normal» resulte tan sorprendente, Noelia Neira, Irma López, Diosa Quiroga y Begoña Vázquez. Ellas fueron de las que hicieron; de las que acompañaron a Samba en el hospital; de las que le llevaron comida cuando lo precisó. Y, por supuesto, de las que dijeron que sí o sí su cuerpo volvería a su tierra para respetar su última voluntad y para que los suyos lo despidiesen.
Irma, la farmacéutica del pueblo, es directa. Va al grano y dice: «Vimos que enfermaba unha persoa que estaba soa. A min dáme igual que sexa de Carboentes [aludiendo a una parroquia de Rodeiro] que de Senegal. É unha persoa que está enferma e soa. Que máis se precisa para axudalo?», se pregunta. Noelia, hostelera, asiente con la cabeza mientras agita un papel. Es una carta manuscrita. En ella, una mujer, que puso como dirección simplemente «Noelia-Samba», le muestra la admiración al pueblo de Rodeiro. Noelia, con las lágrimas en los ojos, apunta: «Tiven chamadas e chamadas, xente de todos lados sorprendida polo que fixemos. Eu explicáballes que se cadra isto nunha cidade non se fai, pero aquí si. Os inmigrantes son uns máis de nós. E, aínda que, como en todos lados, hai xente que abusa deles cando non teñen papeis, a maioría é moi consciente de que son persoas que só veñen buscando unha vida mellor».
Diosa la mira y se emociona. Ella sabe de lo que habla. Es colombiana y residente en Rodeiro desde hace ocho años. La historia de Samba, inevitablemente, la hizo mirarse al espejo: «Separarse de la familia es muy duro. Él siempre estaba hablando de sus hijos, nada más que tenía en la boca a sus niños. Quería que estudiasen y le dolía morirse sin ir a su país. Yo, cuando se puso tan malito, sentí que había que hacer hasta lo imposible para que su familia, de la que se despidió por una videoconferencia, tuviese su cuerpo».
Begoña es la última en hablar. Vivió la historia de Samba desde dos vertientes; como vecina y como concejala de Servizos Sociais por el partido socialista. No dudó en ninguno de los casos: «Que faría a xente que se sorprende de que xuntásemos os cartos para que Samba volvera a Senegal, deixar aquí a unha persoa que quería estar cos seus, que morreu sen a súa familia? Non me colle na cabeza», enfatiza.
LO QUE NO SE CALLAN
Pero ni Irma ni tampoco Diosa, Begoña y Noelia son de bañarse en agua bendita, como asumen ellas. Al contrario, el adjetivo bravas se les queda corto. Así que aprovechan para decir algunas cosas que, creen ellas, no pueden callarse. Porque, si lo que trascendió fue el gesto solidario, lo que no se contó fue la «inhumanidade» que toparon en algunas instituciones. En febrero, meses antes de morir Samba, pidieron el visado por razones humanitarias para uno de sus hijos. Era la única opción de que no muriese sin familia. Tocaron a todas las puertas. Hubo correos electrónicos y cartas directas al cónsul. De nada valió. El permiso no llegó a tiempo y Samba murió sin los suyos. Así que ellas reivindican: reclaman que lo que no se hizo antes se acometa ahora para que sus hijos, menores de 21 años, y su mujer cobren la pensión que les corresponde como huérfanos y viuda. Aclaran que no piden caridad. Solo derechos: «Samba, como tantos outros inmigrantes, traballaba e cotizaba en España. Poderíamos dicir que os inmigrantes traballan e cobran coma nós. Pero a realidade é que moitos traballan coma nós e cobran moito menos», espetan ellas al unísono.
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