Náufragos en Tierra Firme
La verdadera ilegalidad debería ser el abandono institucional y la falta de voluntad política para ofrecer soluciones reales. Al fin y al cabo, la migración es necesaria y siempre lo ha sido
Canarias 7, , 10-06-2026La crisis migratoria en Canarias no es nueva, pero se ha convertido en una tragedia que exige una acción inmediata. Durante años, estas islas han sido la última esperanza para miles de africanos que, empujados por la desesperación, se lanzan al Atlántico en un viaje mortal. Sin embargo, lo que encuentran al llegar no es una nueva oportunidad, sino un territorio desbordado, una administración paralizada y una Europa que observa desde lejos. La promesa de derechos humanos y dignidad se ahoga en mares sembrados de cadáveres y costas plagadas de indiferencia.
Canarias está asfixiada. Los recursos para gestionar el flujo constante de migrantes son insuficientes, y el peso de esta situación recae sobre una comunidad que, aunque solidaria, no puede suplir las carencias estructurales impuestas por el abandono del gobierno central y de Europa. La burocracia se convierte en una trampa mortal donde las vidas quedan suspendidas. Y es ahí, en esa espera interminable, donde la dignidad empieza a resquebrajarse y donde migrar se convierte en una sentencia de muerte cada año para cientos de personas que buscan lo que nosotros damos por sentado: un futuro con dignidad.
El lenguaje, además, delata nuestra complicidad. Se habla de ‘ilegales’, como si existir fuera un delito. Estas etiquetas deshumanizan y perpetúan el rechazo hacia quienes llegan desde otras realidades con los sueños rotos. Pero la verdadera ilegalidad debería ser el abandono institucional y la falta de voluntad política para ofrecer soluciones reales. Al fin y al cabo, la migración es necesaria y siempre lo ha sido. Lo que no debería ser necesario es que el mar se convierta en una fosa común de ilusiones.
Y es que detrás de las etiquetas, de las cifras y de los titulares, hay nombres propios. Nombres como el de Sana, un joven senegalés de veinticinco años. No vino huyendo de ninguna guerra, sino de una pobreza tan profunda que había devorado toda posibilidad de futuro. Estudiante de letras y Ciencias Humanas en Dakar, vio cómo sus horizontes se cerraban poco a poco hasta que solo quedó una opción: el mar.
Como la mayoría de quienes se embarcan, Sana no sabía nadar. Pero el veintiocho de octubre de 2024 subió a una patera, consciente de que el Atlántico podría ser su fin. Durante varios meses trabajó en lo que pudo, ahorrando poco a poco para pagar su travesía. Seis días después, el tres de noviembre, Sana y otras cincuenta y nueve vidas más, llegaron a la isla de El Hierro. Contra todo pronóstico, todos sobrevivieron. «Todo depende de Dios», dijo Sana con una calma que solo quienes han desafiado lo imposible pueden tener.
Atrás quedaron su esposa y su hija recién nacida, Fatou, a quien apenas pudo sostener durante doce días. En su mirada solo hay una dignidad férrea y una determinación inquebrantable, porque cruzar ese mar era la única vía posible para encontrar una oportunidad de trabajo y enviar «dinero limpio» a su familia.
Pero la historia de Sana no es una excepción. Son muchos los jóvenes y no tan jóvenes que deambulan durante meses entre la incertidumbre y el aislamiento. De hecho, sus manos, agrietadas por el frío del campamento de Las Raíces, son también un reflejo de la realidad que, como él, muchos atraviesan en tierra firme.
Porque sí, allí, en Las Raíces, los vigilantes que controlan las entradas y salidas exhiben, con gestos de desconfianza y miradas de desprecio, una falta de respeto constante hacia ellos. La incomodidad es palpable cuando periodistas o personas ajenas al sistema nos acercamos para ayudar y contar, de alguna manera, esa realidad.
Es evidente que la presencia de quienes estamos dispuestos a escuchar y abrazar esas vidas parece molestar. Es como si el silencio fuera una condición indispensable para mantener esta tragedia oculta. Pero basta con escuchar para entender que esos nombres fueron los nuestros hace tres o cuatro generaciones.
Y es precisamente cuando olvidamos e ignoramos nuestra propia historia de migración cuando seguimos fallando.
Europa, en lugar de levantar muros, debería promover políticas que ayuden a estos países del Sur Global a desarrollarse con dignidad. No se trata solo de gestionar flujos migratorios; se trata de garantizar que el derecho a migrar no dependa de sobrevivir al mar. Y esa es la verdadera tragedia: que para miles de personas el derecho a buscar una vida mejor comienza con la posibilidad real de perderla.
Canarias no es una simple barrera de contención. Es una herida abierta que sangra por la negligencia del gobierno central y la indiferencia de Europa. Es un recordatorio incómodo de que mientras unos viven en ‘la cara buena del mundo’, otros mueren intentando llegar a ella.
Creer que el derecho a una vida digna es un privilegio reservado solo para unos pocos es una hipocresía que nos condena como sociedad. Y yo me pregunto: ¿puede una sociedad llamarse justa mientras convierte el mar en una fosa común y el derecho a soñar en un privilegio?
Si la respuesta es no, entonces, quizá debamos empezar a cuestionar algo más que nuestras fronteras, porque permitir que la dignidad humana dependa del lugar en el que nace una persona y no de la empatía revela el fracaso de una sociedad que prioriza muros sobre vidas. La verdadera crisis no esta en la migración, sino en nuestra incapacidad para reconocer a los demás como iguales.
No sé, igual como dijo Sana, «todo depende de Dios». Pero quizás, solo quizás, esta vez también dependa de nosotros.
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