«Aita Mari me salvó como una madre salva a su hijo, gracias»
Sylvie Affi Cloley fue rescatada por el Aita Mari, Ahmed Younoussi llegó con nueve años al Estado español en los bajos de un camión y Valentina Castillo creció sin su madre, que migró cuando tenía 15 años. Experiencias de vida de las que hablaron desde «la resiliciencia y la no victimización».
Gara, , 08-06-2026Hay abrazos que no requieren explicaciones ni ser traducidos, que conmueven y hacen difícil poder contener las lágrimas. Abrazos como el que Sylvie Affi Cloley, natural de Costa de Marfil y rescatada en el Mediterráneo por el Aita Mari, dio a Amaia Iguaran, vicepresidenta de Salvamento Marítimo Humanitario (SMH), y a Iñaki Goñi, médico voluntario que participó en su operación de rescate. A ellos les entregó sendas prendas tejidas por ella misma en señal de agradecimiento por «esta segunda vida que me habéis dado y por haberme llevado de la oscuridad a la luz» aquel 14 de febrero de 2023 que ha quedado grabado en su memoria. Lo hizo en el marco de las jornada organizadas por SMH en colaboración con la Diputación de Gipuzkoa en Donostia bajo el título de “Desplazamientos forzados y derechos humanos”.
«Me faltan las palabras para expresar todo mi reconocimiento y agradecimiento al Aita Mari. En el trayecto de Costa de Marfil a Túnez, viví un periodo de inmenso estrés. Ese 14 de febrero mi vida había perdido todo su sentido, así lo sentía. Ese día, en un contexto marcado por el aumento de los discursos hostiles hacia los y las migrantes del África subsahariana, tomé la decisión de irme de Túnez a bordo de una embarcación con 34 personas, entre las que había mujeres y niños», recordó.
Dejaron la costa tunecina a las cinco de la madrugada. Durante diez horas estuvieron a la deriva, «perdidos en la inmensidad del mar. A cada instante, la muerte parecía lista para tragarnos. En un momento en que toda esperanza parecía desvanecerse, apareció el Aita Mari para salvarnos. Jamás dejaré de dar las gracias por este segundo nacimiento y por hacer que aquello que se había hundido en la oscuridad encontrara la luz. El Aita Mari me salvó como una madre salva a su hijo cuando está al borde de la desesperación. Os considero una madre. Gracias infinitas», exclamó en francés dejando a los presentes con un nudo en la garganta. Actualmente, vive en Roma con estatus de refugiada.
Escondido en los bajos de un camión
Ahmed Younoussi, reconocido actor de series como “El Príncipe” o “La Unidad”, y activista de origen marroquí, llegó al Estado español con nueve años oculto en los bajos de camión tras siete intentos fallidos.
«Yo soy un inmigrante, fui un inmigrante ilegal. Lo intenté muchas veces, hasta que lo conseguí. Cuando nací, nunca pensé que llegaría a ser un inmigrante o que tendría que huir de mi país. Como inmigrante, he vivido mucho en el rechazo, sé que es generar miedo a tu alrededor solo por ir mal vestido o por oler mal. Esa imagen por sí misma genera miedo y rechazo. Sin preguntarte nada, mucha gente te juzga únicamente por tu apariencia», señaló.
Younoussi pasó por muchos centros de menores en los tuvo que ver «situaciones muy desagradables y que ningún niño debería de vivir. Pienso en todos los niños que están intentando venir y en los que ahora mismo están viviendo en la calle, tanto en Marruecos como en España o en otros lugares del mundo. Por ellos estoy aquí. Ningún niño se merece vivir esas experiencias. Un niño es un ser indefenso», remarcó.
Cuando se bajó del camión no sabía ni dónde estaba. Supo que no era Marruecos por el tipo de asfalto. Subrayó que, pese a todo, tuvo «mucha suerte. Un día vi a un amigo subirse a los bajos de un autobús y cómo empezó a gotear sangre cuando, al arrancar, se bajaron las suspensiones. Yo estoy vivo para contarlo y he tenido muchas oportunidades. Mucha gente me ha ayudado sin pedirme nada a cambio».
Las primeras personas que le ayudaron fueron «Ana, una monja que nos daba ropa y natillas con galleta en las calles de Ceuta, o las tres chicas que me recogieron en su coche cuando bajé del camión en una gasolinera de Barbarte. Me llevaron a su casa, donde me ducharon y me dieron ropa; de estar en un camión a estar en una bañera. Como adulto, no me gustaría que ningún otro niño tuviera que pasar por todo esto».
Se siente afortunado porque ha tenido «la oportunidad de entender todo lo que me ha pasado, de ir a terapia. He tenido educadores que me han ayudado muchísimo, tanto que incluso uno de ellos, Borja, me acogió; de vivir en un centro de menores compartiendo habitación pasé a hacerlo en una casa, a tener un cuarto propio y, sobre todo, a estar bajo el cuidado de una persona de referencia que me llevaba al colegio. Todo esto me daba una normalidad dentro de mi mente; me hacía sentir un niño más, un niño normal», relató Younoussi.
«Para un niño de la calle que nunca ha recibido amor o un abrazo, el simple hecho de que te digan ‘puedes llevar a casa a un amigo’, te hace sentir muy bien. Yo no fui yo mismo hasta que conocí a Borja. Me dio unos derechos que me hicieron sentir integrado en la sociedad. A pesar de todo el racismo que he podido sentir como inmigrante, no pierdo la esperanza de que esto vaya cambiando», destacó.
Celebró que «haya personas que cada noche se acercan a las playas para ayudar a quienes llegan en cayucos en medio de la oscuridad».
Ese niño que un día se escondió en los bajos de un camión, hoy es un rostro reconocido de la televisión y se ha volcado en el activismo porque desea «devolver todo aquello que se me dio a cambio de nada y sin condiciones. Quiero aprovechar todos estos espacios en los que se nos da la voz como inmigrantes. Eso es muy importante».
Tras dar las gracias a «todos los educadores que han pasado por mi vida; no me gusta olvidarme del pasado, me gusta ser consciente de quién soy y de cómo he llegado hasta aquí», denunció los discursos de odio contra los menores no acompañados promovidos por «ciertos partidos políticos como Vox».
A este respecto, remarcó que «si entiendes no juzgas. Los prejuicios muchas veces vienen de la ignorancia y la única manera de atacarla es a través de la comprensión y del entendimiento».
El testimonio de Younoussi estuvo acompañado por el visionado de una emotiva entrevista que le realizó el productor José Luis Tirado siendo niño, a pocas horas después de haber llegado.
Ansiedad silenciosa de los hijos de migrantes
No menos conmovedor fue el relato como hija de madre migrante de la colombiana Laura Valentina Castillo, sicóloga de Haurralde Fundazioa, entidad donostiarra que trabaja con mujeres migrantes y en situación de vulnerabilidad para la prevención de violencias y el empoderamiento desde un enfoque de derechos humanos y feminista.
Castillo llegó a Euskal Herria hace apenas seis meses. Su madre migró cuando ella tenía 15 años. «Durante siete años no pudimos abrazarnos, ni compartir una comida, ni acompañarnos en los momentos difíciles. Crecí viéndola a través de una pantalla, escuchándola por llamada o audios, aprendiendo a extrañarla mientras intentábamos sobrevivir. Hace solo seis meses pudimos reencontrarnos. Fue ahí cuando entendí una realidad de la que casi no se habla, porque cuando hablamos de migración lo hacemos de fronteras, papeles, empleo, racismo, pobreza o de violencia institucional. Está bien hacerlo, pero hoy quiero hablar de una parte de la migración que apenas se nombra; de los hijos e hijas que se quedan, porque detrás de muchas mujeres migrantes hay generaciones de niños creciendo con miedo, incertidumbre y una sensación constante de espera; que mamá consiga trabajo, papeles, un alquiler o pueda llevarnos con ella», rememoró.
Esa espera e incertidumbre se traduce en «una ansiedad silenciosa que nadie nombra; vivir pendiente del teléfono, con miedo a que le pase algo a tu madre, a que sea deportada o enferme estando sola. Los hijos e hijas intentamos ser perfectos para no dar preocupaciones. Nos decimos ‘estudia, compórtate’. Crecimos creyendo que teníamos que merecernos el ‘reencuentro’».
Educar a través de una videollamada
Castillo incidió en que «el mundo se sostiene sobre el sacrificio emocional de las mujeres migrantes porque no solo migran las madres, también lo hacen los afectos, las infancias y las maternidades. Es muy duro tener que educar a través un teléfono móvil. Muchas madres atienden situaciones gravísimas a miles de kilómetros de distancia; casos de bullying, de violencia, de abandono escolar, de depresión adolescente. Están intentando sostenerlo todo a través de un audio de WhatsApp después jornadas agotadoras limpiando casas, cuidando a personas mayores o trabajando en empleos profundamente precarizados. ¿Cómo se pone un límite desde otro continente? ¿Cómo se acompaña un duelo adolescente desde una videollamada? ¿Cómo se calma el miedo de un hijo o de una hija cuando la propia madre está tratando de sobrevivir?», se preguntó.
Denunció que las políticas migratorias «fragmentan familias, rompen tiempos afectivos y convierten el derecho a vivir juntas en un privilegio burocrático».
Cuando finalmente se produce el anhelado reencuentro, continuó, «no siempre significa recuperar el tiempo perdido. A veces significa convivir con una madre a la que amas profundamente, pero a quien apenas conoces después de años de separación. También puede significar migrar siendo adolescente, cambiar de idioma, de escuela, de identidad, todo de golpe. Muchas hijos e hijas vivimos entre dos duelos; el duelo por el país que dejamos y por la infancia que vivimos sin nuestros padres».
Por ello, pidió hablar más de las infancias transnacionales: «Necesitamos políticas públicas que entiendan que la reunificación familiar no es un trámite administrativo. Es salud mental, es protección emocional, es derecho al cuidado y es infancia digna».
«Y también necesitamos –concluyó– una mirada feminista que deje de romantizar el sacrificio de las mujeres migrantes porque ninguna madre tendría que elegir entre alimentar o abrazar a sus hijos. La migración no solo mueve cuerpos, también reorganiza miedos, afectos y formas de crecer. Crecimos esperando y aprendimos a hacernos fuertes antes de tiempo».
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