Bruna Ferreira, la excuñada de la portavoz de la Casa Blanca detenida por el ICE: “Nunca quise convertirme en una noticia internacional”
La brasileña, que estuvo comprometida con el hermano de Karoline Leavitt, con quien tuvo un hijo, denuncia en una entrevista con EL PAÍS que ha vivido una “pesadilla” desde que agentes migratorios la arrestaron en noviembre
El País, , 08-06-2026Han pasado casi siete meses y Bruna Ferreira todavía no entiende por qué fue arrestada. Tampoco por qué la Administración de Donald Trump la tildó de “extranjera ilegal criminal” tras su detención. De lo que sí tiene certeza es de que ha vivido una auténtica “pesadilla” desde entonces. Da gracias a Dios una y otra vez porque solo pasó 26 días en un centro de detención antes de ser liberada en vez de deportada, como han sido tantos miles de migrantes atrapados por la maquinaria de expulsiones masivas del presidente de Estados Unidos. Pero su liberación no puso fin a su calvario. Retomar su vida ha resultado difícil debido a la gran repercusión mediática que tuvo su caso. Al fin y al cabo, está emparentada con la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt. Fue pareja de su hermano y es la madre de su hijo.
“Nunca quise convertirme en una noticia internacional”, asegura Ferreira. La brasileña, de 34 años, recibe a EL PAÍS en el despacho de su abogado en la ciudad de Boston. Durante casi dos horas, mantiene la mirada fija y su voz solo se quiebra en una ocasión. En un inglés impecable que da pie a solo unas pocas palabras en portugués, reflejo de que ha vivido prácticamente toda su vida en Estados Unidos, narra cómo llegó a este país siendo niña, su eterna lucha por regularizar su estatus migratorio y su antigua relación sentimental con el hermano de la secretaria de prensa de Trump.
Hay una pregunta que naturalmente se cierne sobre toda la entrevista: ¿tuvo algo que ver en su detención Michael Leavitt, con quien Ferreira mantuvo una agria batalla por la custodia —ahora compartida— de su hijo de 12 años después de que su relación acabara hace una década? Es la misma pregunta que le hicieron otras detenidas en el centro del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en Luisiana, donde estuvo retenida, cuando vieron su caso mencionado en las noticias a través de uno de los televisores en el lugar. Es también la pregunta que le ha hecho su niño en varias ocasiones.
“Simplemente le digo que no le corresponde a él elegir entre su madre y su padre. Dejemos que las cosas sigan su curso y ya veremos, pero no quiero hacer acusaciones infundadas”, señala Ferreira. Sin embargo, tanto ella como su abogado coinciden en que su arresto “parece haber sido selectivo”.
“¿Eres Bruna?”
Ocurrió el 12 de noviembre de 2025. Ferreira es una mujer de fe y espiritualidad, y asegura que no olvida la fecha porque su hijo y ella se escriben por mensaje de texto todos los días a las 11.11 horas para pedir un deseo. Y justo el día antes de su detención fue el día 11 del mes número 11. “Fue como si hubiéramos deseado que algo cambiara. Yo no sabía que iba a ser este tipo de cambio, pero se hizo realidad”, lamenta.
Era miércoles. Ferreira se despertó a las cuatro y media de la mañana para llevar a su hijo al colegio, pues el trayecto desde su vivienda en Revere (Massachusetts, al norte de Boston) hasta la escuela, en New Hampshire, es de más de 50 kilómetros, por lo que les toca madrugar. Después de dejar a su hijo, regresó a casa por un rato, consciente de que tendría que volver a hacer el mismo viaje en la tarde para recogerlo. “Creo que ni siquiera me pude cambiar de ropa”, recuerda. “Comí un poco de sopa de pollo con fideos y salí por la puerta”.
Bruna Ferreira
Bruna Ferreira, en Boston el pasado miércoles.
Jaclyn Licht
Mientras salía en coche del estacionamiento de su edificio de apartamentos rumbo a recoger a su hijo, su vehículo fue rodeado por varios autos sin distintivos. De ellos salieron media decena de agentes federales que, en cuestión de segundos, le pidieron que se bajara del carro, le esposaron las manos y se la llevaron detenida, según se puede constatar en un video de la detención filtrado a la prensa.
“Recuerdo que uno de los agentes me preguntó mi nombre y no se lo dije, porque pensé: ¿cómo pueden detenerme si no tienen una orden de arresto? Ese vehículo no está asegurado a mi nombre. Si revisan la matrícula, no aparece mi nombre. Así que obviamente sabían a quién estaban deteniendo”, recuerda Ferreira. Entonces, uno de los agentes soltó de repente: “¿Eres Bruna?”. La grabación de su arresto difundida en la prensa no incluye audio, pero Ferreira asegura que en ese momento se dio cuenta de que no se trataba de una parada de tráfico aleatoria.
Los agentes la llevaron al cuartel de policía local mientras Ferreira suplicaba que la dejaran hacer una llamada para asegurarse de que alguien recogiera a su hijo. Al no lograr contactar con su exprometido, Michael Leavitt, Ferreira pidió que llamaran a la portavoz de la Casa Blanca directamente: “Cuando se enteraron de que tenía un vínculo familiar con Karoline Leavitt, uno de los agentes cerró la puerta de golpe y dijo: ‘Mierda, ¿qué vamos a hacer ahora? Tenemos que sacarla de aquí”.
De ahí, el ICE la trasladó como si fuera “ganado”, describe, a Vermont, Filadelfia, Texas y, finalmente, a Luisiana. El letrado Todd Pomerleau tomó su caso y así fue como, en torno al pasado Día de Acción de Gracias, que se celebra el último jueves de cada noviembre, la historia de Ferreira y su vínculo con la familia Leavitt se dio a conocer en la prensa nacional. Pronto, su nombre acaparó la atención de todo el país.
“Ilegal” y “criminal”
Inmediatamente, la Administración Trump pasó al ataque. Mientras que Karoline Leavitt, una de las defensoras más feroces de la campaña de deportaciones de Trump, guardó silencio público, el Departamento de Seguridad Nacional calificó a Ferreira de “inmigrante ilegal y delincuente”. Aseguró que la brasileña había sido detenida por agresión y que ingresó a Estados Unidos “con una visa de turista B2, la cual le exigía abandonar el país antes del 6 de junio de 1999”. La Casa Blanca, por su parte, afirmó que Ferreira no había hablado con la secretaria de prensa en años y que nunca había vivido con su hijo.
“Todo es falso”, sostiene Ferreira. “Falso en los hechos y falso en lo legal”, insiste su abogado.
Ferreira llegó a Estados Unidos en 1998 cuando tenía seis años. La trajo su abuela, con quien residía en Brasil, para reunirse con sus padres, que ya se encontraban en el país. Según cuenta, su abuela regresó a Brasil y se suponía que volviese por ella unos meses después cuando expirara la visa de Ferreira, pero la mujer falleció y la pequeña se quedó con sus padres en EE UU.
Según la ley de inmigración de Estados Unidos, una persona no comienza a acumular presencia ilegal en el país hasta que cumple 18 años. Una vez que lo hace, tiene 180 días (aproximadamente seis meses) para ajustar su estatus antes de que se active una prohibición de reingreso de tres años si la persona sale del país por cualquier motivo. Si permanece sin autorización durante un año o más después de cumplir los 18 y luego abandona Estados Unidos, enfrenta una prohibición de 10 años.
Por lo tanto, explica Pomerleau, después de que la visa de Ferreira expirara cuando ella tenía seis años, no se le podía sancionar por permanecer en EE UU sin dicha autorización hasta después de cumplir la mayoría de edad. Y cuando cumplió los 18 años, en 2011, Ferreira se casó con su novio del instituto, un ciudadano estadounidense, y comenzó el proceso para solicitar la residencia permanente, la green card.
Sin embargo, su primer matrimonio eventualmente se desmoronó y esa solicitud nunca llegó a resolverse.
Bruna Ferreira
El abogado Todd Pomerleau y Bruna Ferreira durante una entrevista en Boston.
Jaclyn Licht
En 2012 conoció a Michael Leavitt e iniciaron una relación. Ese mismo año, Ferreira aplicó también a DACA (Programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia), la vía legal que abrió la Administración de Barack Obama para los migrantes indocumentados que llegaron al país siendo menores de edad, que los resguarda de la deportación. Recibió la protección y con ella, un permiso de trabajo.
Durante años, su expediente de inmigración permaneció inactivo, mientras su solicitud de la tarjeta de residencia se encontraba estancada, según su abogado. Pomerleau insiste en que Ferreira nunca ha estado irregularmente en el país porque todo este tiempo ha estado a la espera de que se resuelva esa petición que hizo cuando tenía 18 años.
Pero, tras la vuelta de Donald Trump al poder en 2025, con su promesa de llevar a cabo la mayor deportación de la historia de EE UU, el Gobierno reabrió su expediente. “Y poco después la detuvieron”, señala Pomerleau.
Sobre los señalamientos del Departamento de Seguridad Nacional de que Ferreira tiene antecedentes penales, Pomerleau explica que tampoco es cierto. Según él, el incidente en cuestión ocurrió cuando Ferreira tenía 16 años, en 2008. Fue citada ante un tribunal de menores tras una pelea con otra chica a la salida de un restaurante. Las adolescentes discutieron por un cambio de ocho dólares, pero el suceso no se tornó violento, de acuerdo con el abogado, quien insiste en que la citación no fue un asunto penal, que el caso fue desestimado y que, encima, se suponía que era algo confidencial, como cualquier procedimiento en un tribunal de menores.
“Nunca fue arrestada, así que ¿cómo podría ser una ‘extranjera ilegal criminal’? Solo se considera un delito si eres adulto. Ella no era adulta; ese es precisamente el punto. No se supone que te estigmaticen de por vida cuando tienes 14 o 15 años y pasas por un proceso juvenil”, comenta.
Armados de todos estos hechos, la defensa de Ferreira consiguió que una jueza de inmigración le aprobara la libertad bajo fianza el 8 de diciembre. La magistrada le fijó la fianza mínima requerida, de 1.500 dólares, y, tras 26 días encerrada, Ferreira pudo salir del centro de detención en Luisiana.
Un vocero del Departamento de Seguridad Nacional reiteró en un comunicado enviado a EL PAÍS que Ferreira fue arrestada porque “se encuentra ilegalmente en el país”. “Un juez nombrado por Biden determinó que podía optar a una fianza. Pagó la fianza y fue puesta en libertad mientras continúan los procedimientos de deportación en su contra. Deberá presentarse periódicamente ante agentes del ICE para controles obligatorios, con el fin de garantizar que cumple las condiciones de su liberación”, añadió.
Ferreira todavía recuerda con el corazón adolorido a las mujeres que conoció en detención, que llevaban meses o años tratando de salir de aquel centro, que no hablaban una palabra de inglés y no podían defenderse como ella sí pudo… “Es alucinante verlo con mis propios ojos, porque, según parece, lo que mi cuñada da a entender es que están metiendo entre rejas a los más peligrosos: violadores, asesinos y pandilleros. Pero yo he comprobado de primera mano que eso es lo más alejado de la realidad”.
“Sabía que mi estatus migratorio era mi talón de Aquiles”
Ahora, Ferreira sigue a la espera de que su caso migratorio avance en los tribunales, mientras enfrenta las consecuencias de su arresto. La brasileña asegura que su negocio de limpieza de hogares ha sufrido pérdidas debido a que algunos clientes no la quieren dentro de sus casas. Ha sido atacada en las redes sociales, donde la han tildado desde madre ausente y negligente hasta aprovechada y mentirosa. Su única misión, dice, es proteger a su hijo de todo.
Ferreira no tuvo contacto con su hijo durante el casi mes que estuvo bajo custodia migratoria. Denuncia que el padre del niño nunca le contestó sus llamadas para que ella pudiese hablar con el menor. Tras quedar en libertad, se reencontró con el pequeño y desde entonces continúa viéndolo. “Lo llevé a su primera clase de hot yoga. Acabo de ir a su concierto de la escuela; hacía un solo. Estaba sentada al fondo llorando; fue un momento muy especial para él. Hemos podido pasar tiempo juntos. No tanto como me gustaría, pero él también tiene su propia vida fuera de la escuela, con el béisbol, los deportes y las actividades extracurriculares”, cuenta la madre.
Sobre el resto de la familia Leavitt, dice: “He estado intentando evitar a Mike (el padre de su hijo) y a sus padres”.
Karoline Leavitt
La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, en Washington, el 10 de marzo.
Kylie Cooper (REUTERS)
Ferreira y Michael Leavitt estuvieron juntos hasta abril de 2015. Antes de que la relación se deshiciera, Ferreira describe su trato con la familia Leavitt en aquellos años como “cordial”. Eran solo jóvenes: la pareja enamorada tenía poco más de 20 años y Karoline era una adolescente. El hijo de ambos nació en marzo de 2014, y casi un año después, Ferreira y Leavitt acabaron con su compromiso.
La brasileña afirma que decidió marcharse porque la relación se había deteriorado tras varios “altercados domésticos”. “No era bueno para un niño”, señala sobre el impacto de la relación en su hijo. Según Ferreira, en aquel entonces, Leavitt llegó a amenazarla con intentar que la deportaran: “Sabía que mi estatus migratorio era mi talón de Aquiles”.
Este diario intentó contactar con Michael Leavitt y no obtuvo respuesta, pero en declaraciones a The Washington Post en diciembre dijo que no tuvo nada que ver con el arresto de Ferreira.
La ruptura de la pareja vino seguida de un conflicto por la custodia de su hijo que se prolongó durante años y que finalmente se resolvió mediante un acuerdo de custodia compartida extrajudicial, bajo el cual el pequeño Michael reside principalmente con su padre. Durante el proceso en la corte, reportó The Washington Post en diciembre, Ferreira y Leavitt se acusaron mutuamente de abuso y negligencia. Ambos han negado los señalamientos.
Ferreira asegura que le ha contado todo sobre su situación migratoria a su hijo por si, “Dios no lo quiera”, algún día la deportan. La madre de Ferreira recientemente consiguió la residencia permanente, y sus dos hermanos, nacidos en Estados Unidos, son ciudadanos. Pero ella continúa a la espera. Después de su arresto, asegura la brasileña, la familia Leavitt le dijo a su hermana que Ferreira debería “autodeportarse” e intentar regresar de forma legal.
“Una trampa”, afirma su abogado. Sabe bien, igual que Ferreira, que, bajo la cruzada antiinmigración de la Administración Trump, jamás podría volver.
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